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RESEÑA

El magisterio de los árboles, de Javier Gilabert: saber escuchar a las plantas para comprender el sentido de la vida

El magisterio de los árboles , de Javier Gilabert: saber escuchar a las plantas para comprender el sentido de la vida
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Javier Mateo Hidalgo
martes 14 de abril de 2026, 09:49h

La calidad en la poesía se define como una suma de originalidad en el modo de entender las cuestiones universales y en la forma en que el volcarlas desde un sentido lírico queda ordenado en una estructura lógica y perfecta. Por todos estos elementos reunidos en su poética, el granadino Javier Gilabert (1973) ha sido merecedor del galardón otorgado desde el XXI Certamen de Letras Hispánicas Rafael de Cózar (Universidad de Sevilla). Su poemario ganador, El magisterio de los árboles, ha sido recientemente publicado por el prestigioso sello Renacimiento en su colección de apariencia clásica y elegante Espuela de plata. La querencia por estas plantas perennes de tallos leñosos en Gilabert es algo que forma parte de su día a día, pues el poeta cuida diariamente de su representación en miniatura: los bonsáis —éstos surgirán dentro del poemario, como veremos—. Es la forma más asequible que tiene de quererlos y respetarlos. Esta admiración espiritual la trasciende a través de la poética, como demuestra el presente volumen, quinto después de los dos escritos en solitario —En los estantes (Esdrújula Ediciones, 2019) y Todavía el asombro (Premio Blas de Otero-Ángela Figuera, El Gallo de Oro Ediciones, 2022)— y de los otros dos en colaboración: Sonetos para el fin del mundo conocido (Esdrújula Ediciones, 2021) —junto a Diego Medina Poveda— y Bajo el signo del cazador (Olé Libros, 2021) —junto a Fernando Jaén—.

El magisterio de los árboles supone la penetración en una flora que, como veremos, es tan variada como homogénea, pues toda ella desde sus múltiples diferencias nos habla de lo mismo: de los secretos del estar aquí y ahora. Para comprenderlos, urge detener nuestro ajetreado ritmo diario para contemplar el misterio que rodea a las plantas, el cual puede llegar a hablarnos con absoluta sinceridad. Dentro de este mensaje hay multitud de temas: la transmisión de ese aprendizaje a través de los hijos, el recuerdo de quienes a su vez nos anteceden y dieron la vida, el respeto y cuidado de los vegetales, el paso de las estaciones o la observación de otras características naturales.

Tras una dedicatoria general y secreta que reza “A mis amigos” —quienes así se consideren sabrán que a ellos va dedicado el libro—, El magisterio de los árboles se inicia con una cita del clásico alemán Herman Hesse perteneciente a su libro El caminante (Wanderung: Aufzeichnungen, 1920) y que da origen al presente poemario. En ella se afirma que “los árboles son santuarios” y que, “quién sabe hablar con ellos, quién sabe escucharlos, aprende la verdad”. Suya es “la ley primitiva de la vida”. Leer en ellos sus verdades silenciosas supone por tanto comprender la propia naturaleza que conforma el mundo y a la que pertenecemos.

El bloque inicial del libro, El primer árbol, se inicia con el breve poema que le da nombre y que se dedica a la figura del progenitor como inicio de todo: “Un padre es como un árbol. A sus ramas / trepamos por primera vez e hicimos / un nido en el que aún nos cobijamos”. Se trata por tanto de una figura protectora, ancestral y casi mítica, deudora de las imágenes totémicas creadas por las primeras sociedades, a fin de entender el mundo. El niño, de algún modo, es también un ser que necesita construir su propia realidad para comprender la exterior, siempre tan compleja.

Del libro de poemas Cuarta poesía vertical (1969) es la siguiente cita del argentino Roberto Juarroz: “La vida dibuja un árbol / y la muerte dibuja otro”. Sus versos nos transmiten la convivencia paradójica entre el existir y su fin, siendo este último una copia o reflejo del primero que debemos aprender a tolerar. De nuevo el poeta regresa a la infancia en Retrospectiva. Aquí Gilabert refiere a su yo primero como compañero de viaje que hace del vivir una experiencia más amable: “Nunca camino a solas por la calle. / Aromas y sonidos y esa voz / amable que me explica lo que veo, / como queriendo hacer de mí quien soy. / Mi infancia me acompaña de la mano”. Lo onírico se presenta en Álamos; es aquí donde esa compañía del infante que fue el autor lo abandona trágicamente mientras los árboles son testigos mudos de la pérdida. Se trata sin duda de la llegada de la etapa adulta y, con ello, de la madurez, así como del miedo a perder la mirada transparente hacia las cosas. De nuevo en esta sala mantiene el aire de sueño del poema anterior, refiriendo a un velatorio donde el rito parece repetirse de forma cíclica, preguntándose el bardo ante un sorprendente final: “apenas soy capaz de distinguir / si acaso no es a mí a quien despiden”. El Thanatos se presenta de forma simbólica, ofreciendo tal vez el significado de una muerte en vida o del dudar de si el paso por el mundo no ha sido un sueño o una ficción, que dirían Calderón o Unamuno. El siguiente poema, El resto de su vida, está dedicado a la madre del poeta, conteniendo a través de su figura la tristeza y soledad a la que son condenados quienes pierden al ser amado —en este caso, al padre del poeta—. Todas estas cosas lleva como compañía un verso del profesor y poeta jienense Tomás Hernández Molina (1946) —poeta a quien Gilabert conoce y admira, dando testimonio también de él a través de sus publicaciones—, el cual nuevamente refiere a la pérdida y a su herida abierta: “Duele decir tu nombre o mencionar tu ausencia”. Gilabert se vale de ella para proseguir su elegía en torno a la poderosa figura paterna —como hemos visto, presente desde el inicio de esta primera parte— que ya no está, iniciándose como una variación o eco del poema reseñado que le precede: “Hoy todas estas cosas / duelen como tu ausencia”. A continuación, remite a los objetos que dejó en vida y que le representan: Las cajas se amontonan, […] / las fotos familiares desde las que sonríes / como si ya supieras / que no sabría qué hacer cuando faltaras”. Tristeza lleva como estandarte un verso de Victoria León, “Qué inútil engañar a la tristeza”, para aludir a la imposibilidad de evitar el duelo por lo que ya no está. Aquí de nuevo la planta surge como metáfora, refiriéndose a cómo “la raíz” de “la tristeza” se apodera de nosotros —se “enreda” en las “entrañas” y en la voz”—. No me olvides se convierte en la voz del padre, que pide al hijo no convertirse en niebla a pesar de la dificultad del vástago por “recrear” en la “memoria” alguna imagen cierta de su “aspecto”: “Si acaso, una intuición, apenas un esbozo / del hombre, de la voz, de la mirada”. También la muerte puede domesticarse si “alcanza” la Costumbre.

De nuevo, en Arraigo, la Naturaleza se hace presente para personificar la infancia: “¿Quién no ha trepado nunca / en busca de algún nido, ni convirtió las hojas / que alfombran el otoño en sus juguetes?” Memoria evidencia cómo el recuerdo “apenas da […] testimonio” de “cuánto nos sucede”. Sin embargo, concluye, “si mancha la memoria, / merece ese borrón que no se limpie”. En Abrir los ojos se anima a saber encontrar cualquier cosa que se busque, pues “nada hay escondido” y “todo está al alcance de la vista”. La cuestión está en “saber ver en las cosas” y dejar de lado “la certeza que disuelve / las nubes, los gorriones o los árboles”. Pater, filii et spiritu se divide en las tres partes en que se compone el título: la primera refiere de nuevo al padre y a la resistencia a olvidarle; la segunda, que se dedica “Con Marcos Díez” —algo que se repite esto de cambiar el “a” inicial por el “con”, haciendo partícipe al dedicatario o introduciéndole como acompañante en el poema—, tiene de nuevo al niño como protagonista, siendo el poeta el infante recordado en un momento concreto de esa etapa: el temor que suscitó en la familia la meningitis que padeció, cómo esa vulnerabilidad le brindó el cariño de los suyos (“los días de cristal y de caprichos”) y de qué modo los más mayores —los abuelos— se volcaban en la fe para pedir y agradecer su recuperación: “el leve tintineo de un rosario / y aquel gracias a Dios que repetían”; también la tercera está dedicada con un “con” a Julen Carreño y remite a la naturaleza de un ser hecho espíritu comparándola con el “asombro” del árbol, “que no muestra raíz, pero la tiene”. Olivo cuenta la historia de una de estas plantas por las que el poeta apostó, recogiéndola de la “basura” cuando nadie creía en su supervivencia. Cuidándola como sus bonsáis, consiguió devolverla a la vida, recordando al milagro del “olmo seco”’ cantado por Machado y al cual “algunas verdes hojas” le salían “con las lluvias de abril y el sol de mayo”. Por ello, esos versos del sevillano preludian el poema.

El segundo de los bloques del libro lleva por título precisamente el del volumen: El magisterio de los árboles. No es de extrañar, tratándose de la parte medular y más extensa del poemario, allí donde localizamos su savia. El primer poema, Magisterio, vuelve en su esencia a la cita de Hesse: “No hay cosa que los árboles no sepan, / ni nada que no enseñen si se atiende, / partiendo del asombro, a su dictado”. Como en la primera parte, tras este poema inicial surge la cita —en este caso dos—; la de Juan Ramón Jiménez —verso perteneciente al poema Árboles hombres incluido en el libro Romances de Coral Gables (1948)— indica cómo aprender de estas plantas, mimetizándose con ellas hasta sentirse una más y prestándoles atención: “Me detuve como un árbol / y oí hablar a los árboles”.

Llegan los bonsáis en Comienzos, donde se nos muestra el modo en que éstos sobreviven durante su primera etapa para llegar a su segunda evolución, una vez superados “los rigores del frío”. Es aquí donde se aprecia el cuidado que les procura el poeta jardinero iniciándose una “educación” mutua: “a fuerza de cariño y de tijera, les muestro qué camino han de seguir y, hoja a hoja, ellos abren el mío”. El floricultor se convierte, con su acción de podar, en escultor que debe saber escuchar al bonsái: “la forma original de cada árbol / tan sólo el árbol puede definirla”. Debe entonces el jardinero “buscarla con paciencia, traducir el lenguaje / que solamente puede ser oído / a golpe de silencio y de tijera”. Además del bonsái, hacen acto de presencia otras plantas como la Higuera, de cuyo cuidado también da cuenta el poeta. Nos relata así la experiencia de un trasplante delicado del mismo de una maceta a otra. Tras llevarla a cabo superando las dudas “sólo queda esperar, pues el trasplante / siempre entraña algún riesgo para el árbol. / Se vuelve más cruel la incertidumbre / si el brillo del futuro nos deslumbra”. Algo similar sucede en Picea, algunas páginas más adelante, donde esta planta es rescatada: “No puedo resistirme a rescatar un árbol / no sé que el abandono es su destino”. “Con Antonio Ríos”, Ochibá nos trae esa “palabra en japonés / que da nombre a las hojas que se caen”. Teniendo presente la atmósfera del haiku, el poeta piensa en esa descripción contenida en el mencionado término nipón una vez lo ha conocido mientras aparta las hojas sobrantes del bonsái y, recordándolo, es “como si aumentara” la belleza de la planta. Estelas habla de cómo el autor, siendo padre, trata de imitar la costumbre de los pájaros, los cuales al volar dejan un reguero en el aire “que atrae levemente al que le sigue”.

La lluvia se convierte en protagonista en buena parte de esta segunda y última parte del libro, iniciándose dicha temática con un resurgimiento del poema japonés tradicional en Ichi: “De nuevo lluvia / sobre las hojas muertas: / luces de invierno”. Lluvia en los cristales tiene algo de Neruda y de Machado: “La lluvia en los cristales es tristeza / que lenta se derrama esta tarde sin nombre […]. // Todo se manifiesta en lo que callas / y existe como un texto indescifrable”. Misterios de la vida va dedicado al hijo del escritor; remitiendo nuevamente a la pérdida del progenitor, quien escribe vuelve “a ser un niño / que mira al horizonte”. Lo es porque, como el infante, él como adulto sigue sin entender el porqué de muchas cosas, “ni siquiera el milagro de la lluvia”. Sus gotas se convierten en broches en un joyero en Shi. En Tierra mojada, el llover también es capaz de arrancar, de “la seca superficie de la tierra”, “microscópicas burbujas / que estallan a medida que se elevan / e impregnan el ambiente con su olor”. Una fragancia única que hace que cerremos los ojos y pensemos que “el mundo se detiene”. A una gota de lluvia comprende la definición de “algo tan frágil” y que, a la vez, “abarca en su contorno el universo”.

Comprendemos cómo la mención de determinados sucesos meteorológicos va acorde con el suceso de las estaciones. Así, Ni: “Entre las ramas, / un nido de gorriones. / Se va el invierno”. También se nos demuestra que la Naturaleza es capaz de lo inimaginable o milagroso, como en San: “Perseverancia: / con tiempo la raíz / rompe la roca”. Otro ejemplo de estudio natural es el del Granado: “salvaje, casi indómito. / Desafía al espacio con mil ramas / que hiende como agujas en el aire”. El “crecer a su albedrío” obliga al poeta a dedicarle más atenciones. A diferencia del hombre, que “propone”, el árbol “le sugiere aquello que ha de hacer” y concluye: “Hay algo en su tesón que me conmueve”. Con el Enebro, que “no se rinde” y “persevera en vivir”, el autor se “anima a ser testigo de su lucha”. Dignidad nos recuerda al poema dedicado al olivo por esa capacidad de rebrotar de los árboles: “Es lo más parecido a los milagros”. Un Castaño parece dar origen al “idilio con los árboles” mantenido por el poeta y que da sentido a su libro. A sus pies “montábamos la tienda de campaña” afirma enigmáticamente el autor, probablemente refiriéndose a un episodio de la infancia en compañía de su padre. Así, culmina refiriéndose a la ilusión por mantenerse imbricado con esta planta a través de los descendientes de ambos: “Le susurró un deseo / a la luz que tamizan / sus retorcidas ramas: // que un día, / mis hijos con los suyos / renueven mi promesa en este sitio”. Preguntas difíciles vuelve a retomar las cuestiones formuladas por los hijos, así como la dificultad para contestarlas por parte de los padres: “Me pregunta mi hija por la muerte. […] / En la reencarnación hace una pausa, / pero no le convence […]. // Con qué ternura asisto a su discurso, / pero también con miedo / a no saber brindarle una respuesta”. Resurge el haiku en Go, donde el poeta observa el jazmín que posee y asiste a la discusión de “los gorriones” sobre “la primavera”. Será ese Jazmín protagonista de un nuevo poema dedicado a la hija del poeta, también protagonista de sus versos. En ellos, ésta desea que los pájaros aniden en la planta, por lo que coloca entre sus ramas “tres casas de mimbre” y “pan para atraerlos”. El padre añora en su determinación esa parte pura perdida: “Cada vez que la miro me conmuevo: / en ellas me ha dejado su inocencia”. El Ginseng se define a través de su propia “armonía”, que no sigue ningún “canon”: “Su tronco, una madonna de Botero, / sus ramas desiguales, / las hojas tan distintas entre sí”: “Después de eliminar lo que en silencio / me dice que le sobra, / exhibe con orgullo su belleza”. Ficus mantiene presente la idea de “saber mirar” a las plantas como “parte de la escucha”. El verano resulta una estación peligrosa para ellas, como lo demuestran el bonsái o el Naranjo. Con Ailanto se pregunta el poeta si el mismo tiempo que pase por este “esbozo” de árbol que él cuida será igual de cuidadoso con el que transcurra por su vida. Finaliza el libro con La ceniza que seremos, donde se señala cómo el observar las ascuas de la madera arder “infunde en quien las mira / la extraña sensación de estar en paz”. Una sensación espiritual plena que lleva al poeta a concluir: “El árbol que ahora somos / no es más que la ceniza que seremos”.

Atravesar las páginas de El magisterio de los árboles transmite también esa serenidad interior, ayudándonos a profundizar más allá de la corteza de las cosas para comprender su esencia. Ese aprendizaje lo logramos a través de los temas abordados por el autor, sí, pero también mediante las enseñanzas que desde la Naturaleza podemos adquirir. Principalmente serán los distintos tipos de árboles los conductores de ese “magisterio” invisible aunque presente si se sabe ver. Toda una lección sobre la propia existencia a través de estos testigos silenciosos y poderosos del mundo.

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