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RESEÑA

Sinfonía para un solo músico, de Javier Mateo Hidalgo: del temblor necesario al vibrato posible

Luis Ramos de la Torre
lunes 27 de abril de 2026, 06:48h
Sinfonía para un solo músico , de Javier Mateo Hidalgo: del temblor necesario al vibrato posible
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El gran músico Luis de Pablo en palabras escritas en su artículo “La música y el poeta” aclara que: “La música está presente incluso cuando no se la requiere. Fuera de su ámbito, yo creo que en ningún sitio está tan presente como en la poesía, aunque algunos poetas no se den cuenta. A veces, por puro instinto artístico, se produce una simbiosis absolutamente natural”, algo así sucede entre las páginas del último libro de Javier Mateo Hidalgo, Sinfonía para un solo músico, que vamos a comentar.

A veces, y en alguno de esos encuentros esporádicos que se nos ofrecen a lo largo de la vida, uno tiene el honor de coincidir y conocer a ciertas personas que desde sus inquietudes y por su forma de hacer, recorren caminos cercanos de investigación y creación a través de las diferentes artes. Escribía Giordano Bruno en De imaginum signorum et idearum compositione que: “La verdadera filosofía es tanto música o poesía como pintura, la verdadera pintura es tanto música como filosofía, la verdadera poesía -o música- es tanto pintura como una cierta divina sabiduría.”

En este derrotero podríamos ubicar los intereses del autor de este libro, el joven profesor y escritor Javier Mateo Hidalgo, en cuyas publicaciones anteriores he tenido la alegría de aparecer en alguna ocasión, además de haber recibido de su buen hacer varias reseñas certeras sobre alguno de mis libros.

Personalmente, lo conocí en mi tierra, Zamora, en el Teatro Ramos Carrión, el día del estreno de la Opera Hildegart de cuyo libreto es autor, y allí comprendí los nervios de quien se pone de cara al público desde el riesgo de la autoría, al modo en como comienzan los versos del primer poema “Último ensayo en el foso” de este estupendo libro Sinfonía para un solo músico editado por El sastre de Apollinaire y donde realiza una declaración inicial de intereses e intenciones: “Un único intérprete entre bambalinas, / dará cuenta de todo el espectáculo.”

Espectáculo que ofrecido a modo de Sinfonía, y como indicará Daniel Huerta en el Prólogo, tiene una estructura muy relacionada con la Séptima Sinfonía del gran Beethoven, porque una de las grandes preocupaciones de Javier Mateo, como ya nos adelantase en alguno de los versos de su estupendo libro Arquitectura del sueño (2024): “Despertar después, salir fuera. / Caminar hasta que las piernas no respondan. / Viajar donde sea.”. No obstante, esa necesidad de salir y de viajar ha de partir desde una mirada interior hacia la propia vida, así escribía en la contraportada del libro anteriormente citado: “Mira hacia adentro: ese es tu mundo, / aprende a aceptarlo”, y en esa aceptación, aparece lo propio, la vida del autor como un centro de interés poético clave que nos recuerda aquellas palabras de Ortega y Gasset: “Se inicia una nueva forma de cultura —la vida selecta y armoniosa—; despierta un arte nuevo: la vida como arte, el refinado sentir, el saber amar, y desdeñar, y conversar y sonreír… Frente a ese arte sumo, todos los demás, poesía, pintura, música, pasan a ocupar un segundo término, como mero ornato, fondo y aditamento de la vida.

Pero ese sentido estético del vivir que tanto nos importa conquistar exige una educación especial, una técnica y una sabiduría peculiares. No basta para adquirirlo aprender las ciencias o cultivar las artes; es preciso hacerse, más o menos, un especialista en vidas, un dilettante apasionado de modos de vivir.”

No es de extrañar por ello, que la indagación del poeta y el plan de su tarea en esta Sinfonía para un solo músico, sea hacerse cargo de lo vivido alrededor de la música e indagar sobre su diaria construcción al estilo en que nos recuerda Antonio Machado en su Juan de Mairena: “el pensamiento poético que quiere ser creador es esencialmente heterogeneizador”, en esta órbita giran los motivos poéticos de este sugerente libro.

Bien decía nuestro querido Claudio Rodríguez, reflexionando sobre la obra de Pedro Salinas, que “todo gran poeta busca configurar la vida, organizar lo desordenado”; en este sentido, este nuevo libro de Javier plantea su aventura poética a través de la Música, como una forma de configuración vital que estructura a modo de sinfonía su quehacer y su trayectoria, tan cercana en su decisión a aquellas palabras claudianas: “Hay que dejar que corra la aventura, con toda esa belleza de riesgo, de probabilidad, de jugada.”

Así, Javier Mateo se arriesga en este músico solo, que desde la inocencia y la entrega –tal y como hiciera su abuelo, quizá el chico de la portada del libro-, así nos lo recuerda en los versos: “Ya de adolescente, / el padre de mi padre / aprendió a tocar la flauta travesera / sin saber que lo que interpretaba / era La flauta mágica de Mozart. / Lo supo más adelante.”

Riesgo, aventura y entrega poética con consciencia y decisión, que, al igual que Fernando Pessoa, cuando se refiere al poeta como un fingidor en ejercicio, aparecen en los versos: “Soy el violinista que nunca supo hacer un vibrato. / Un fingidor que, a toda costa, / aún sin disponer de herramientas / […] / busca emocionar al público.” Por otra parte este sentido de lo “solo” que aparece en el título de este libro nos recuerda al cine –tan querido por nuestro autor- y a la personalidad del gran cineasta Tarkovsky, para quien “el autoconcimiento ético-moral sigue siendo la experiencia clave de cada persona, una experiencia que tiene que hacer siempre de nuevo solo”.

Vemos, pues, al poeta como un fingidor capaz de avanzar en su entrega, reconociendo este carácter directamente en sus versos al escribir “Aunque la estructura de este poemario / tiende a ser una falsificación / de la séptima beethoveniana, / quiero hablar ahora / de la sexta sinfonía”. En este querer hablar o “dejarse hablar” que tanto defendiera nuestro querido maestro Agustín García Calvo, se nos presenta de forma abierta el poeta sincero y auténtico que pretende ser Javier Mateo Hidalgo, quien entrega su vida, su aventura, la hechura de su viaje y su movimiento vital y artístico a la necesidad de ser partitura, pero partitura ofrecida de forma dinámica a un lector a quien le confiesa desde el principio la intimidad de su iniciación y su formación al modo de una representación musical, de un espectáculo.

Representación que aparece construida a través de los poemas y sus diferentes partes a través de este viaje sonoro esencial, que el autor estructura; pues, como escribiera Stravinsky en su Poética Musical: “Los elementos sonoros —y los poéticos, añadiríamos— no constituyen la música sino al organizarse, y esta organización presupone una acción consciente del hombre”, por supuesto, este hombre no es otro que el poeta/músico; así el propio Stravinsky sigue aclarando: “La música nos hace participar activamente en la operación de un espíritu que ordena, que vivifica y que crea, puesto que en el origen de toda creación se descubre un deseo que no es el de las cosas terrestres. Así es que a los dones de la naturaleza se deben añadir los beneficios del artífice. Tal es la significación general del arte”.

Es muy de agradecer cómo el poeta y el músico inicia su “Sinfonía” desde el riesgo y la inseguridad; él, que se reconoce como un violinista, nunca frustrado sino conocedor consciente de sus carencias, igual que sucede con los momentos del poeta cuando se siente diletante y en proceso de aprendizaje, por eso recordará al “viejo y cansado violín” del tabarés León Felipe, o a sí mismo como violinista incapaz de conseguir el necesario vibrato con su instrumento: “Soy el violinista que nunca supo hacer un vibrato”, pero que se va consolidando como un poeta capaz de reconocer el temblor y la tensión de las palabras, y construir la música de sus versos y pasar de ser: “Un simple transmisor de la voz de la música”, a convertirse en un transmisor de la palabra en la Poesía y a seguir “haciendo sonar este viejo violín / recreando aquellos tiempos perdidos” en el poema “Música nocturna en las calles de Madrid”.

Inseguridad y riesgo en la aventura heterogénea de crear que coincide con las palabras que dirige Rilke a su joven amigo y aprendiz de poeta, cuando le recuerda que: “La mayoría conoce sólo un rincón de su espacio, un hueco de su ventana, una franja, por la que suben y bajan. Así tienen una cierta seguridad. Y sin embargo, es más humana esa peligrosa inseguridad”. Ahí, en esta tensión necesaria, se sustentan los versos que aparecen en los sugerentes poemas del último libro de Javier Mateo Hidalgo.

Por ello, y considerando todo esto que venimos diciendo, no es de extrañar que nuestro autor al final del libro, de forma cíclica y a modo de Coda, escriba: “La vida se había convertido / precisamente en eso: / en una gran sinfonía / que esperaba a ser escrita / y que sería interpretada / por un solo músico. / Todo estaba por hacer, / todo estaba por escribir. // El telón baja.”

Lean y disfruten con estos poemas donde se verifica que todo es mejor cuando se reconocen las deudas, y las nuestras con la Música, con cualquier Música, son esenciales. Bendita Poesía.

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