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LIBROS

La desobediencia de Penélope, de Mariam Medina: una odisea admirable

Javier Mateo Hidalgo
viernes 05 de junio de 2026, 08:45h
La desobediencia de Penélope , de Mariam Medina: una odisea admirable
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En 1969, el cantautor Joan Manuel Serrat daba a conocer uno de sus temas más celebrados: Penélope. En él, se actualizaba a un personaje —nunca mejor dicho— ya mítico, dándole si cabe mayor presencia en el imaginario de la ciudadanía. Ese es uno de los mayores méritos de la música pop: lograr llevar al “pueblo” la alta cultura, aquella de la que proviene nuestra historia.

Casi sesenta años después, la poeta madrileña Mariam Medina (1983) renueva a esta mujer homérica para alzarla en símbolo femenino, modernizándola y haciéndole transgredir los límites que le impuso la época que la vio nacer. Con La desobediencia de Penélope (número 107 de El sastre de Apollinaire), la eterna pareja de Ulises logra abandonar el marco de la escena que la aprisiona en una constante espera, dejando su rol pasivo para tomar conciencia y pasar a la acción. El libro se encuentra bellamente ilustrado en su portada y contraportada por unas imágenes de Daniel de Hevia, quien ha ideado unas siluetas al modo de los personajes femeninos pintados como adorno de ánforas griegas. Éstos representan la fuerza y solidaridad entre mujeres, siendo la principal esa Penélope herida por los avatares de la vida pero superviviente y victoriosa. Mostrando sus grietas o cicatrices, éstas se ofrecen recubiertas de oro, a imagen de la técnica artesanal y filosófica nipona del kintsugi. Así, nuestra protagonista luce más esplendorosa si cabe.

El poema inaugural y previo a los nueve bloques que componen el poemario se titula La consulta al oráculo. Éste presenta a Penélope como “muerta en vida”. Su “esperanza viviente” en Ulises —a quien desea aun habiendo desaparecido”, no pudiéndose tocar— contrasta con el no arrepentimiento de quien la ha abandonado.

El primer bloque del poemario, Silencio, transmite con su título el sentir al que se ve abocada la protagonista, así como la mudez de un entorno hostil. Epitafio describe a la protagonista en su conocida acción de tejer. A través de esta labor, se manifiesta su triste e injusta condición de esposa sufridora del ausente Odiseo, cuyo sentir la “ha transformado / en melancólico capullo de seda”. En los tres primeros y poderosos versos, es ella misma quien ha de bordar sobre su propia mortaja el epitafio “Flentibus haec lacrimans” —fragmento perteneciente a las Metamorfosis de Ovidio que se traduce como “llorando a los que lloraban”—. Ella se erige como plañidera de los sufrientes, no permitiéndose vivir: “He tenido que cubrirme / antes de morir / con mi propio sudario // como costurera de los muertos”. En el siguiente poema, Mortaja, teje “dos bolsillos” donde depositar las monedas que después cubrirán sus ojos, permitiendo su viaje al más allá. También tejerá “las del resto” pero nadie vendrá por ellas (“todos se han ido, se han ido sin mí”). Abandonada a su propia suerte, o muerte —que ella misma tejerá—, Penélope espera en la “orilla salada” que es ahora su hogar, pudiendo solo sumergirse en la “vulnerabilidad” o “negro luctuoso”. En Hades encontramos a nuestra protagonista con la “maleta preparada”, esperando abandonar Ítaca con la llegada del amado. Sin embargo, este regreso nunca termina de completarse. Ante la incapacidad para comprender su situación —ella, última representante de una “estirpe” hecha de amor y lealtad—, Penélope consulta a las ninfas —que son ayuda divina o presencia de la naturaleza sagrada— y recibe su silencio por respuesta. Es una Penélope trágica abandonada a su destino, sin dioses que la acompañen. Como equipaje lleva “mortajas” —óbolo que entregar a Caronte para cruzar el inframundo—, “monedas y epitafios / para los muertos” que no pudo enterrar”. Ella siempre se queda, mientras otros marchan de forma literal o simbólica: “Mi estirpe recorre la vereda / del exilio furtivo. El resto prefirió acortar el / sendero y lanzarse al vacío”.

Coro de mujeres resignadas es el segundo bloque del libro, ofreciendo con su título el triste consuelo a nuestra protagonista de no estar sola en su desgracia. Destiempo muestra el sino femenino en una sociedad patriarcal ejemplificado en la condena de Penélope. Prosigue en El deber, donde ésta debe sacrificarse por “los demás”: “No te sientas desolada por tu destino, / es una suerte esperar / a un Ulises que no llega. // Si él te abandona cien veces, / espéralo ciento una. / Demuestra lo que el mundo te enseñó / y lo que todos esperan de ti: / siempre en silencio, / siempre sonriente, / siempre sola. […] // Aunque por dentro te resquebrajes: // nadie debe saberlo. // Cose tus heridas”. La huida ofrece en su título tanto lo que seguramente hizo Ulises —huir de su esposa para planear “un caballo de Troya / repleto de mujeres / y drogas psicotrópicas— como lo que tal vez Penélope debería hacer, en lugar de “quedarse / a esperar / tejiendo una vida / que ya no existe”.

El tercer bloque, Silencio II, amplía el primero en su concepto, mostrando lo que se oculta tras la aparente conformidad de Penélope. El suelo describe hasta dónde ha llegado ésta en su callar: “Se ha tragado las palabras, que vomita a / escondidas. // Sus lágrimas invertidas / lloran por dentro la pérdida. // El silencio ha conseguido secar sus palabras”. Con ellas soñará “tumbada en el suelo” en una soledad no buscada (“junto a un lecho desierto y una cuna sin hijo”). Ensoñaciones muestra el deseo de Penélope a través de quienes, como ella, sufrieron la injusticia por el hecho de ser mujeres: “Lee el mensaje / que alguien acaba de bordar sobre la / zozobra de sus sábanas: // Los muertos / esperan / que te levantes”. Paredes ofrece la rebelión de Penélope (“Soy la protagonista de una nueva adaptación / de La Odisea”) arañando paredes con la aguja con que teje y pidiendo a Homero cambiar el destino de su historia, ya sea literaria o adaptada a la gran pantalla: “Le suplico / que el oráculo o el director de la película modifiquen / su respuesta / y no tenga que ver pasar mi vida / a través de un proyector / cinematográfico”. Suplica acabar con su “agonía” y “encontrar la salida o la entrada al / inframundo”. En Ausentes, la protagonista cambia su aguja por “el arco y las flechas” plantando batalla a la situación y cicatrizando sus heridas. Para su cambio de actitud ha encontrado motivación en “la identidad de las silentes” y en observar “las bestias en las que se han convertido / los hombres”. Así, busca su “anábasis” como nueva guerrera que marcha hacia su interior, aislada en territorio enemigo. En Flotantes, Penélope se sumerge en el agua del mar como “hábitat equilibrado” donde no existe “sol ni tiempo”. Lágrimas invertidas nos recuerda esa expresión anterior de quien ha guardado demasiado tiempo silencio. Unas lágrimas que acaban disolviéndose, disecándose, evaporándose por “el dolor de lo indisolublemente fragmentado”.

Seguimos con Silencio III, donde continúa fraguándose el cambio de mentalidad en Penélope, su desacato ante quienes la aprisionan: “Por qué debe esperarlo? / ¿Por qué debe ser paciente? También se glosa el catálogo de “buenas maneras” impuestas a las mujeres por los hombres, asegurándose con las “derrotas” de ellas las “victorias” de aquellos. El modelo a seguir: “una gran nación / de futuras mujeres / sacrificadas // y de hombres / egoístas”. El cuestionamiento hacia todo ello continúa surgiendo en la mente de Penélope en Disolución, viendo en su amado a aquel que viene solo “por conveniencia, necesidad o placer”, simplificándola en “anatomía de un cuerpo” y, por tanto, “palacio vacío”, ser no real sino recreado por el deseo masculino: “Sublimación de lo ficticio. / Falsificación de lo verdadero”. Una voz intenta hacerle desistir de sus pensamientos señalándola como Egoísta: “no reclames un protagonismo / que no mereces”. Se le recuerda que es “solo la reina”, quitando importancia a este rol frente al que ostenta el otro, el “rey” (“eso sí es importante. // No le quites protagonismo”). El telar de la penas muestra a Ulises como “narcisista” que “planea sus viajes y excesos sin ella”. Huye amplifica dicha idea, mostrando al “héroe” griego huyendo de Penélope y de sí mismo “egoísta, caprichoso, inmaduro”.

El nuevo apartado dará más presencia a Ulises. En El vacío, éste plantea su situación como pareja a su mujer. Sin renunciar a “ver a más mujeres” y “lugares” sin ella, le promete que, si sigue siendo “la mejor”, volverá: “Tú teje, tú cocina, lleva una vida ejemplar: // debes estar perfecta para mi regreso”. Le pide que haga “una vida de mujer”, sin ver a hombres —“no van a ser mejores que yo”, asegura arrogante—. En definitiva: le conmina a seguir cosiendo “una vida” sin él. En Las otras, el personaje afirma que seguirá sacrificándose por la relación, victimizándose: “Yo haré los excesos / por los dos. // Tengo mis compulsiones, tú no”. Reprocha a su esposa su impaciencia (“eso me aleja de ti, // eso me acerca a otras”). La vida se teje y desteje continúa el monólogo del manipulador, haciendo ver a quien espera que lo que hace no es sino la anulación de todo progreso, al contrario que lo que él hace y que ella nunca podrá realizar: “Teje y desteje, // y a mi regreso // me contarás tus procesos. // Yo te abrumaré con lugares / en los que nunca estarás, // con mujeres a las que nunca verás, // con drogas / que tú no probarás / —porque tú no estás hecha para eso—, / tú debes esperar solícita y paciente”. Pseudoulises, el narcisista prosigue el maltrato a Penélope con ese discurso machista: “Tira tu vida por la borda esperando. / Es imposible tener lo que todos desean. […] // Yo te recordaré probablemente cuando esté en manos de otras, / en boca de otras, / y cuando ellas no sean mejores que tú, / regresaré. // Espérame impaciente”. La despedida cambia a la voz de Penélope, mostrando que finalmente hay un diálogo, otro punto de vista. Como en una obra de teatro, el poema se inicia con una acotación: “(Penélope llora, Ulises resopla)”. Después, se inician los reproches tras tantos dislates: “Te esperaré, / a pesar de tener a mis puertas / a mil pretendientes. […] // Boca cerrada para la excelencia de tu narcisismo. […] // Sé feliz aunque yo me ahogue”.

Silencio IV se inicia con Sola en Ítaca, centrando el discurso nuevamente en el monólogo interior de Penélope. Una vida anclada a Ítaca sin Ulises, rodeada por un mar que nunca surcará a diferencia de él, su condena a la inmovilidad y al duelo: “No puedo hacer nada. // Las lágrimas se pierden / sobre el mar de tu partida”. Ello le convierte en plañidera, como en el título del siguiente poema. En él se pregunta “qué tendrán las otras” para que él no haya venido a contemplar a su esposa ni a su hijo muerto. Su rostro y palabras van borrándose de la mente, del mismo modo que comienza a perder las palabras: “no sé qué decir, ni qué versión contar”. En definitiva: “La convergencia de la humillación y el abandono”. El perro de Ulises, Argos, “araña la puerta” esperando su regreso. La madera del suelo se levanta astillando al can y a la esposa mientras ella profiere que es quien les abandonó “el arañazo”. Tirada a la entrada del hogar sobre la manta que ella misma tejió para arropar a la familia, ve cómo el animal la mordisquea comenzando a deshilacharla. Esa prenda se convierte en “crisálida” para quien ayer fue “visible mariposa”. Argos lame las lágrimas de su dueña mientras ésta “pasea” su “dedo índice” sobre las juntas de la madera, trazando “un laberinto sin salida”. En El olor a cerdo que todo lo impregna, el cordero que Penélope preparó para recibir a Ulises se descompone empezando a “oler a puerco”: “me pregunto si es / una metáfora de nuestra relación”. Puntadas sin hilo une las gotas de sangre producidas en Penélope por el pinchazo de la aguja a las de sus lágrimas pensando en Telémaco, su hijo muerto cuando aún estaba “a medio hacer”. Ese lloro se hace Páginas de sal refiriendo a los libros que llenan Ítaca y que Penélope lee, encontrando en ellos la vida que le falta sin Ulises y su hijo: “Mis lágrimas se derraman / sobre cada una de / nuestras páginas / y sobre las páginas que nunca / se escribirán”. Tras Un año sin noticias de Ulises, éste no “regresa aún” pues “no se siente / preparado para hacer frente / a su traición / a la reina / de / Ítaca”. Ésta, mientras tanto, “sigue sus impulsos hacia la incesante perfección: // matándose de hambre, / haciendo ejercicio, / cultivando la mente” y, en definitiva, ejerciendo el “autocontrol” para no perder la cordura. Dos años después, “las mujeres odiseicas” aconsejan a Penélope en un ejercicio de sororidad, invitándola a “reconstruir y amurallar” su reino: “ El sufrimiento, el llanto, la pena / dan paso a / tu reconstrucción. // Ítaca te protege”. El dolor por la muerte del hijo regresa en Telémaco, preguntándose nuestra protagonista cómo su padre, Ulises, puede seguir “como si nada”, como si la vida no les “hubiera partido” como progenitores. Así, concluye renegando del ausente: “No me voy a engañar: // he aprendido a convivir con la pena / y con quien no estuvo”.

Coro de mujeres sacrificadas se inicia con Asume tu destino, donde nuevamente caen sobre Penélope las presiones asociadas a lo que se espera de ella, como mujer y personaje literario sin posibilidad de elegir su destino: “Sé paciente, sé abnegada. // No pienses en ti. […] // ab aeterno, / estás predestinada / y sometida a él”. Despensa representa en vasos transparentes y sellados todas las lágrimas derramadas por Penélope debido a sus seres queridos. A través de su contorno cristalino puede verlos rebosar de padecimientos. Todos salvo su vaso, que permanece vacío: “Me he convertido en el vaso que de nada se llena. / Soy vacuidad en la arena y desconexión de lo vivo”.

Y del título del anterior al siguiente, Coro de mujeres empoderadas, en el que el conjunto femenino abandona su pasividad para rebelarse contra el grupo masculino que trata de imponerse. No te doblegues representa la voz de la conciencia de Penélope, concienciándola de que ella es mejor que Ulises: “Dale un escarmiento. // Págale con la misma moneda”. Así, piensa en sublevarse contra el telar que la somete y tejer su destino en representación de sí misma y de “todas las mujeres “sometidas // a los designios / del oráculo”. La “fortuna” puede mutar en “esperanza” “para cada una de las mujeres” de su reino y estirpe, así como “de generaciones venideras”. Circe, quien fuera hechicera y amante de Odiseo, se convierte en apoyo cómplice de Penélope: “Le imploro que metamorfosee a Ulises / en cerdo. // Ella me habla de la metamorfosis del alma: / siempre estuvo hecha, siempre fue un puerco”. Ambas se limpian las lágrimas, unidas por el abandono del “adicto farsante”. Tejo nuestro destino prosigue en esa decisión de Penélope por querer ser dueña de su futuro, pensando que “la igualdad existe”. En Pretendientes, Penélope observa a los hombres que aspiran a conquistarla, considerándoles insuficientes o indignos de su amor: “Todos tienen algo de Ulises. / Y en todos falta algo de Penélope”. Al fin ella misma se hace presente reivindicándose como mujer no dependiente de nadie ni de nada: “Ahora ya se percibe mi silueta. // Ha desaparecido la filiación: // ‘hija de…’, ‘esposa de…’, ‘madre de…’. // ya llegan los nuevos epítetos: // ‘Penélope, la serena’, ‘Penélope, la desobediente’”. Pensando en el regreso de Ulises, Penélope busca en Las sábanas que cuando regrese encuentre dicha prendas “manchadas / de otros hombres”, asumiendo “que no tiene / ya / un lugar” en la vida de quién fue su esposa ni en su reino: “Él ha decidido / y ya no está. // Ítaca no espera”.

Silencio V se inicia con el resurgir como Fénix de Penélope en La reconstrucción de los escombros. Ésta ha cerrado las murallas de Ítaca para Ulises y quienes la desean. Años de invocación a los dioses desde lo más profundo demuestra que de nada sirve buscar apoyo en los demás —ni siquiera en lo trascendente—, siendo la propia persona quien decida. Como mucho, puede tomar como ejemplo otros casos ilustres. Se produce un ejercicio de anacronismo en el cual Penélope busca inspiración en la “pérdida del hijo” manifestada por Francisco Umbral en Mortal y rosa, “el abismo de la traición del enamorado con De profundis de Oscar Wilde o “a través de libros de / Elisabeth Kübler-Ross / donde encuentra consuelo y esperanza”. Tomando fuerza a través de estas lecturas, ella “será, y estará, y regresará: imperecedera”. Fortaleciendo el pensamiento, Recuerda que es “la reina” e Ítaca su reino . También remite a la técnica mentada en la ilustración del libro para adornar sus “propias cicatrices / con polvo dorado / —nunca enamorado, salvo” de ella misma— (amar a los demás como a la propia persona, en términos bíblicos, porque el amor empieza por una misma). En ¿Quién se mantendrá en pie?, nuestra protagonista se recuerda también que es reina por derecho propio y a través de su ejemplo ético: “Defiende tu reino, defiende tu vida, defiende tu hogar. […] Deja paso a lo que ahora eres: / la reina / de un reino / sin rey. // Ítaca sí te recuerda y no te abandonará jamás”. Sobre los hilos de su Telar, ha escrito lo que nunca dijo: “No quiero que vuelva”. Penélope comprende que ha “desperdiciado la vida con la soledad”, encontrando “lentitud y agonía en el tiempo y “en el duelo aturdimiento y negación”. Por ello, ha de proceder a La destrucción del telar de sus propias “mortajas” que lleva “años tejiendo” para acabar con esos “sueños que ya no están”. En su lugar, erigirá “el telar” de su “propia vida”, ya sin Ulises ni Telémaco. Lo llevará a cabo con el “hilo invisible” que solo le lleve a sí misma. Como reina, reconstruirá “una Ítaca en ruinas” y “mejor”, símbolo de su propio renacimiento: “Ítaca eres tú”. Esticomitia utiliza —cumpliendo con el significado del título— una frase por cada verso. Finalizan “los silencios que duplican a los cantos” pues el “duelo” —posterior a la “destrucción” y previo a la “reconstrucción”— ha concluido. Penélope se hace valer y afirma en tercera persona: “Fuiste demasiado para él”. Concluye el poemario con Ulises consulta al oráculo, donde Odiseo asume que en Ítaca nadie le espera, sin hijo ni esposa y con una ciudad que le da la espalda en respeto a Penélope: “la ciudad está de su parte” […] // Ítaca o ofrece a la reina que // ha encontrado la salida del laberinto”.

Con este final luminoso, erigiendo a Penélope como nueva Teseo, se cierra un auténtico viaje para nuestra protagonista. Una odisea interior y admirable que la ha llevado a una toma de conciencia sobre su valía y autosuficiencia. Ella sirve de ejemplo a otras mujeres que con el tiempo podrán convertirse también en míticas por sus hazañas. Medina lo ha hecho posible gracias a La desobediencia de Penélope.

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