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LA COCINA DEL MONASTERIO

El viaje de Antxon Urrosolo al puchero y al silencio

miércoles 01 de julio de 2009, 09:40h
No se trata de un libro de recetas más. “La Cocina del Monasterio” (Plaza & Janés) ofrece un viaje antiestrés a los lugares donde reina el silencio y el paladar disfruta de manjares elaborados por sus moradores con mucho mimo y a fuego lento.
El polifacético periodista Antxon Urrosolo se ha convertido con los años en un especialista en esta gastronomía. La actividad frenética que impone el ejercicio del periodismo la ha contrarrestado con momentos de silencio y relajación espiritual en las hospederías de monasterios repartidos a lo largo de toda la Península. Para presentar su obra más apetitosa no podría haber escogido otro lugar que el pórtico de la imponente Catedral de Vitoria. Es allí donde surgió todo. En julio de 2007 Urrosolo dirigió el primer encuentro de gastronomía monacal con la participación de 20 congregaciones procedentes de importantes monasterios europeos. Ahora, la literatura, la buena cocina y el canto gregoriano vuelven a encontrarse en este emblemático escenario para acoger el libro de este amante de la buena mesa y padre de este encuentro.

En una amena charla con EL IMPARCIAL, el autor ha revelado algunos de los trucos, por no decir trampas, empleadas por los monjes para eludir las estrictas reglas impuestas por la liturgia. Así, por ejemplo, durante la Cuaresma, cuando era obligatorio cumplir el precepto de la abstencia de comer carne, los benedictinos italianos del siglo XVII se las ingeniaron para elaborar el filetto de maiale allo sitile barroco, que no era otra cosa que un solomillo de cerdo presentado como un pescado con los ojos pintados. “¡Los italianos eran muy berlusconianos también por aquel entonces!”, comenta en tono jocoso el autor. “Basta con que te prohíban una cosa para que te den más ganas de comerla”, añade. La abstinencia cuaresmal provocó también una discusión teológica entre dominicos en tiempos de Santo Tomás de Aquino sobre la consideración del pato como especie acuática o de tierra. “Los más interesados en comerlo decían que era un animal acuático puesto que se desplaza por el agua”, apunta.

Antxon Urrosolo posa junto a su libro 'La Cocina del Monasterio' en la sede de la editorial Plaza & Janés


Estas son algunas de las anécdotas de un libro lleno de historia que elogia la lentitud del arte de guisar en paz y tranquilidad.

La ecuación espacio-tiempo y el modo de vivir entran en juego en esta gastronomía para crear excelencia. La belleza de los lugares y el transcurso lento de una vida sin prisas regulada por las campanas que dividen el tiempo en momentos de oración (laudes, tercia, sexta, nona, vísperas…) han marcado para siempre esta cocina. El puchero se elabora dejando transcurrir el tiempo y su cocinero, al oír la campana, acude al fogón para añadir las hierbas que tocan o retirar el hueso ya empleado. “El lujo de esta cocina está en el tiempo. Es lo contrario del concepto microondas y del fast food, la basura a la que estamos acostumbrados”. El microondas, afirma, no puede competir con “un chup chup bien trabajado”.

Él tuvo la suerte de cocinar en un monasterio y de degustar un néctar exclusivo que elaboran los monjes de Silos con las hierbas que crecen a los alrededores de la abadía.

Ahora recoge todo los conocimientos adquiridos en su peregrinación monástica en busca de la tranquilidad para animar a sus lectores a practicar este tipo de “ocio espiritual, que no religioso” basado en el slow food, un efectivo antídoto al estrés propio del mundanal ruido en el que estamos inmersos.

“Está claro que no todos lo días tenemos tiempo para dedicarle tres horas a un puchero, - explica el autor-, pero una vez que el hombre deja su trabajo, se encuentra consigo mismo en su convento, que es su casa. Durante el fin de semana no hay nada más agradable que cocinar para los amigos y la familia”. Lo que esta cocina tiene de excepcional, concluye, es la ruptura que realiza con la pesadez del día a día al convertir lo guisado en una deliciosa celebración.