La diva del Metropolitan de Nueva York confesaba el día antes de su único recital este año en nuestro país, que el español es uno de sus públicos favoritos. Ya tuvo la ocasión de comprobarlo el pasado año en Barcelona, donde, después de cantar Thais, había gente que la esperaba a las puertas del teatro igual que si tratase de una estrella de rock. Y anoche, en el Teatro Real, después de más de dos horas de concierto, sus fans hacían cola frente a la tienda del coliseo madrileño para aguardar a que la carismática soprano les dedicara sus discos y les firmara los programas de un recital, que, sin embargo, había comenzado de una manera más bien fría.
A pesar de que la Orquesta Titular del Teatro Real, bajo la experta batuta de Jesús López Cobos, había preparado muy bien el ambiente con su fantástica interpretación de los “Matinées musicales” de Benjamin Britten, en su primera aria, “D'amore al dolce impero”, de “Armida”, de Rossini, una gélida Fleming parecía no arrancar del todo. Sin embargo, ya en la segunda, la preciosa aria de Otello “Era più calmo?... Piangeva cantando… Ave María”, su incontestable magnetismo y la particular combinación de color, tono y timbre de su voz, provocaban los primeros bravos entre el público, especialmente entre sus incondicionales, que llevaban mucho tiempo esperando esta ocasión, y dejaban a los más escépticos con la duda acerca de cómo se desarrollaría la segunda parte de la velada.
Y las canciones de Strauss no podían faltar, ya que el compositor siempre ha jugado un papel fundamental en la carrera de la soprano de Indiana. Con ellas ha iniciado la segunda parte, demostrando que éste es el repertorio que su cuidada técnica mejor domina, piezas de delicada belleza que no necesitan de la fuerza dramática que se echa en falta en la interpretación de la elegante soprano norteamericana. El recital ha incluido también algunas de las obras de su último disco Verismo (Decca), en el que la cantante explora la música de la giovane scuola italiana con arias de La Boheme de Puccini, de la Boheme de Leoncavallo o de Siberia de Umberto Giordano.

En la época actual, en la que cada vez está más claro que se exige a los cantantes, no sólo una maravillosa voz y una impecable interpretación, sino también, que tengan una presencia física agradable, o, en todo caso, la apropiada para los papeles que va a interpretar, Renée Fleming canta por todo el mundo acompañada de ambos atributos. Una voz de gran belleza, madurada con inteligencia, así como una distinguida presencia física tremendamente admirada y que la ha convertido en inspiración de algunos grandes modistos que diseñan vestidos especialmente para ella, como Christian Lacroix o la británica Vivienne Westwood, encargada de firmar el elegantísimo modelo en tonos empolvados que ha lucido en Madrid. Su persona hasta ha inspirado a un distinguido chef en la creación de un postre que lleva el nombre de Renée La diva y, como no, ya hay un perfume cuyas notas y acordes toman los de su voz como referencia, Fragancia La Voce.
Por el mundo, suele cantar sobre todo en París, Berlín, Zurich y Viena, se la admira, pero en su país, además de ser la estrella del Metropolitan de Nueva York, es un personaje muy popular al que llaman para participar en conciertos benéficos y que fue la única cantante clásica invitada al concierto en el Memorial Lincoln que celebraba la toma de posesión de Obama. Aún así, ella se prodiga lo justo, en realidad, lo que sus obligaciones como madre de dos adolescentes que todavía viven en casa, se lo permiten. Y por eso, cuando se le preguntó horas antes del recital de anoche, si habría oportunidad de verla en nuestra ciudad interpretando una ópera, contestó: “lo veo muy difícil”. Así es que, de momento, habrá que quedarse con el recuerdo de este último concierto que Fleming ha tenido el acierto de finalizar con tres bises muy especiales: “O mio babino caro” de “Gianni Schicchi” de Puccini, quizás la pieza mejor interpretada de la noche, el aria “Ler della fabbrica a Triana” de Conchita de Zandonay; y, por último, la bellísima “Morgen “, del imprescindible Richard Strauss.