ENTRE ADOQUINES
[i]Llongueras y otros famosos casos de “cría cuervos”[/i]
viernes 15 de octubre de 2010, 08:33h
Es el británico un pueblo que, por estas tierras cálidas nuestras, muchas veces vemos cargado de extravagancia. Se atreven a no disimular si un niño maleducado perturba su paz, llevan a sus mascotas al pub, se sienten molestos con las demostraciones públicas de pasión, dolor o rabia, entierran a sus perritos en bellos cementerios adornados de conchas e, incluso, les dejan en herencia lo que consideran que su familia humana no se merece. Extraño, muy extraño, para los pasionales latinos que gustamos de gritar, gesticular, llorar y besar escandalosamente en mitad de la calle, pero, sobre todo, insólito en lo que se refiere al derecho de sucesiones anglosajón, que no da nada por sentado y deja libertad de la buena para que el que va a palmarla decida quién se merece heredar aquello que en su viaje al cielo o al infierno uno no puede llevarse.
Probablemente haya quien lo considere frío, ajeno al apego familiar que los no anglosajones nos empeñamos en defender, aunque a veces no se trate más que de compartir un apellido y determinadas reuniones de obligada asistencia. Pero lo que no se puede negar es que su sistema de sucesiones es práctico y, desde luego, coloca al testador en el lugar que verdaderamente le corresponde: el de elegir libremente. En España, la legítima y el tercio de mejora dejan al que fallece muy poco margen de maniobra, porque cuando uno tiene hijos sabe que, lo merezcan o no, ellos serán sus herederos forzosos. Y lo peor es que en estos tiempos de prisas, ya nadie quiere esperar a que el progenitor llegue al final de sus días para poder disfrutar de lo que el viejo, sí ó sí, acabará por dejarles, pero que ya consideran plenamente suyo.
Es un hecho que la práctica habitual ante la muerte de uno de los progenitores, por la cual los hijos renunciaban a su parte de la herencia a favor del cónyuge supérstite, cada vez se utiliza menos. En parte, la explicación es sencilla: hoy se puede llegar tranquilamente a cumplir más de 90 años y, hasta entonces, a uno, o a una, le puede dar por aliviar su soledad volviendo a contraer nupcias. Es entonces cuando suenan las alarmas, a ver si ahora, ese recién llegado al que nunca se considerará de la familia, va a arramplar con el dinero que los herederos ya visualizan en sus cuentas. Sí, mucho de este temor hay cuando se trata de importantes fortunas, también medianas, y, especialmente, en aquellos casos en los que existe una empresa familiar de la que los hijos ya han empezado a llevar las riendas. En el derecho anglosajón, a los retoños les daría por hacer la pelota y “ganarse” su herencia, aquí, como ya la consideran suya, lo mejor es hacer control de daños y apartar al viejo de los negocios.
El fulminante despido de Lluis Llongueras a través de un burofax, enviado por sus hijas del primer matrimonio, ha sido el último de los casos de “cría cuervos” que este año han revolucionado el sector industrial de carácter familiar, que supone el 70% del PIB español y casi el 60% del empleo que existe en nuestro país. Antes de que la tijera sanguínea cortase las alas al famoso peluquero, otras empresas familiares como Galletas Gullón o Eulen, ya llevaban tiempo viviendo sus particulares “Falcon Crest”, con cruentas luchas entre hijos, padres, hermanos, primos, sobrinos, tíos y demás parentela.
En Gullón, por ejemplo, la madre de la saga, que en tercera generación heredó la dulce empresa de Aguilar de Campoo cuando en 1986 falleció su marido en un accidente de tráfico, ha tenido que enfrentarse duramente a sus hijos varones, quienes le niegan incluso la entrada a la fábrica, para defender al gestor que durante 20 años se encargó de sacar adelante el negocio familiar. Al final, Martínez Gabaldón, fue despedido y ahora la empresa tendrá que indemnizarle con 8.2 millones de euros, la mayor indemnización judicial de la historia reciente de este país. Pero han conseguido quitarse al “enemigo” y dejar a la madre y a su hermana, que se posicionó a favor de ella, fuera de la gestión.
Y en el gigante Eulen, propietario de las bodegas Vega Sicilia, han sido también los hijos quienes han intentado bajar del trono al creador de tanta prosperidad, David Álvarez, que, a sus 83 años, ha tenido la ocurrencia de casarse con su secretaria, 38 años menor que él. Pensarán en familia que la intrusa puede rebañar una parte demasiado importante del pastel, nadie lo duda, pero la cuestión que ninguno debería olvidar es que el suculento bizcocho lo cocinó el padre y que, por lo tanto, mientras viva, debería tener derecho a hacer, hasta con las migas, lo que le apetezca.
Son sólo unos ejemplos de un mal endémico que ataca a los negocios de familia, y seguramente más en tiempos de crisis. Lo han sufrido antes otros conocidos imperios españoles como Lladró, Borges, la conservera Calvo o Cortefiel. De modo que no es de extrañar que la mortandad de las orgullosas empresas familiares, levantadas con el sacrificio de abuelos o padres que pasaron toda su vida construyendo un medio de vida para muchas familias además de la propia, sea tan elevada. De hecho, sólo el 30% de las compañías familiares sobreviven al traspaso entre la primera y la segunda generación, y apenas el 10% logra subsistir a la tercera.