COLUMNA SALOMÓNICA
Tabaquismo y filantropía
domingo 09 de enero de 2011, 19:47h
La prohibición de fumar en espacios públicos genera un debate que José María Herrera aborda desde su columna salomónica.
La prohibición de fumar en lugares públicos ha entrado en vigor. Los fumadores están de enhorabuena porque el concepto “lugar público” se ha utilizado más restrictivamente de lo que muchos anhelaban. Aunque amplía considerablemente el espectro de la vieja ley —vieja es una manera de hablar porque aquí las leyes duran muy poco-, todavía se puede fumar en la calle.
La nueva ley no va a conseguir que los fumadores dejen el vicio, pero sí, al menos, que dejen de practicarlo en compañía. Como el sexo en el paraíso antes de que Dios comprendiera que no es bueno que el hombre esté solo, fumar va a convertirse en una actividad solitaria. Si alguien desea hacerlo en grupo tendrá que acudir a los estadios de futbol o las plazas de toros, donde las haya.
Uno esperaría después de esto que los enemigos del tabaco estuvieran contentos. Sin embargo, algunos ya han hecho ver su insatisfacción con una norma que no considera espacio público cualquier espacio, incluido el doméstico (el humo puede colarse por las rendijas de las puertas y matar a los vecinos o causarles impotencia), y que no arbitra la posibilidad de incluir una tasa sanitaria especial para fumadores. Nadie discute de momento el derecho de cualquier ciudadano a arruinar su salud como desee, pero algunos predicadores, los mismos que incitan a la delación anónima en nombre de la ley, ya han prendido la mecha: ¿no es injusto acaso que la totalidad del país tenga que soportar los onerosos gastos que causa a la seguridad social la insana costumbre de unos pocos?
La ocurrencia carece por descontado de pies y cabeza, mas no, como dicen, porque su aplicación tendría que extenderse a quienes viven sedentariamente o no llevan una dieta sana, sino porque socavaría los fundamentos económicos de nuestra sociedad. Llevamos año y pico porfiando sobre la necesidad de aplazar la edad de jubilación. La población española vive más y no queda otro camino, para mantener el sistema de pensiones, que ampliar nuestro periodo de trabajo. El hecho es irritante porque el aumento de la esperanza de vida, tan transparente en las estadísticas, no impide que unos fallezcan con noventa años, otros con treinta. Puestos a hacer cálculos no hay que ser Einstein para advertir que las personas más longevas cuestan al sistema de pensiones más que las que viven menos. Ahora bien, y puesto que los fumadores, según las autoridades sanitarias, duran un promedio de diez años menos que los que no lo son: ¿no debería introducirse algún tipo de clausula correctora en sus cotizaciones? No digo que sea insolidario vivir demasiado, ni tampoco quiero atribuir a los ciudadanos sin vicios el retraso de la edad de jubilación, pero: ¿no es lógico, aplicando el principio de los enemigos del tabaco, que cotizaran más tiempo que los fumadores, muchos de los cuales ni siquiera llegarán a la edad mínima de cobrar la pensión, y que pagaran en proporción a sus largas expectativas de vida? Por último, aplicando la misma regla, y dado que las mujeres, fumadoras o no, viven un promedio de cinco años más que los varones, ¿no deberían cotizar cinco años más que ellos o jubilarse cinco años después? En un ordenamiento jurídico donde tiene cabida una fórmula como la de “discriminación positiva”, semejante decisión no plantearía problemas teóricos irresolubles.
Concluyendo: aunque el tabaco sea una sustancia peligrosísima y los fumadores tipos despreciables que anteponen el placer a la salud, no hay que excederse en el celo persecutorio porque podríamos acabar descubriendo que lo que los ejércitos de salvación llaman “vicio” es, en realidad, filantropía. Si erradicáramos el tabaco no sólo mermarían los ingresos del Estado, sino que la esperanza de vida de los españoles aumentaría de golpe, habría que prorrogar aún más la edad media de jubilación, seis o siete años como mínimo, y esto supondría una penosa carga personal para todos y la ruina total del sistema de pensiones. Aconsejo, pues, dejar de hostigar a los fumadores y valorar como merece su desinteresada contribución al bienestar de la comunidad, esfuerzo que, en las circunstancias actuales, equivale al de quienes en el pasado arriesgaban alma y hacienda oponiéndose a los biempensantes empeñados en salvarlos, quizá para convencerse de que tenían la verdad.