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El chivato

Un teatro dormido

lunes 17 de enero de 2011, 17:55h
El aburrimiento debiera ser proscrito del teatro. Asaz aburren los políticos en sus cámaras, auténticos escenarios sin telón material, donde aun existen los “entre bastidores” y los “arrojes”. El pensador francés Joseph Joubert, escribió en el siglo XVIII: "El teatro debe divertir, noblemente, pero nada más que divertir. Pretender hacer de él una escuela de moral es corromper a la vez la moral y el arte". Pero lo moderno, lo intelectual, lo progre, pasa por el aburrimiento sin que nadie “meta el pié” como hacían antes los buenos aficionados. El temor a ser tachado de inculto –en los estrenos, claro- obliga a dormitar en disimulo, anclando bien la cabeza, o a poner cara de un interés enorme.
Cada vez es más frecuente en los teatros de la Administración –de cualquiera de ellas- programar obras de muy loada cultura que, pocos entienden y que desdeñan aquella máxima de Bertolt Brecht: "El teatro consiste en representar figuraciones vivas de acontecimientos humanos ocurridos o inventados, con el fin de divertir". ¡Con el fin de divertir! Porque, si un teatro se aburre y se duerme, el público al despertar sudoroso, no querrá correr nuevas aventuras escénicas.

Decía Jardiel Poncela: "El teatro es un gran medio de educar al público; pero el que hace un teatro educativo, se encuentra siempre sin público al que poder educar."

Si son los profesionales quienes abarrotan los estrenos “cultos”, aplauden como entusiasmados por lo visto, al mismo tiempo que añoran el correctivo pateo de antaño que, servía para que el autor, o los intérpretes, o el director –o todos los tres- se concienciaran del bodrio que, con buena intención, habían hecho cobrar una inmerecida vida escénica. De la calificación instantánea no se salvaban los clásicos ni los grandes ni los más reputados o mantenidos. La hipocresía –el engaño cortés- confunde a los bien intencionados y a los atrevidos. Antes de que los “progresistas” de los años sesenta aplicaran los pateos a sus adversarios políticos, el “meneo” estrenista era una institución. Si no “se metía el pié” en un estreno, los aplausos indicaban, en proporción directa, la duración del espectáculo. Si el público aplaudía en pié, el éxito estaba garantizado. Estrenos hubo, en otro tiempo; el de los buenos aficionados, en que éstos, al final de la representación, trasladaron al autor en andas hasta su domicilio. "Conviene siempre tratar de ser interesante más que preciso, porque el espectador lo perdona todo menos la pesadez” (Voltaire).


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