Con ovación unánime para las voces y la para la orquesta, dirigida por Emmanuel Villaume, finalizó el estreno, anoche, de una de las óperas más románticas del repertorio, “Werther”, compuesta por el francés Jules Massenet como tributo al joven héroe de la novela epistolar de Goethe, cuyo fulgurante éxito en 1774 conmovió a Europa.
Werther es, sin duda, junto con la luna llena, otro de los indiscutibles símbolos del romanticismo. Sin embargo, cuando Massenet compuso la obra, conmovido por la historia de Werther después de visitar en Wetzlar la casa donde Goethe situó la dolorosa acción de su relato, el siglo del romanticismo daba ya sus últimos suspiros. Corría el año 1892 y el director de la Ópera Cómica de París, Leon Carvalho, consideró la misma tan triste que estaba condenada de antemano. No hubo tiempo para más reflexiones o discusiones entre el director y el exitoso compositor de Manon, porque al día siguiente el teatro desaparecía, pasto de las llamas. Así, Werther fue a parar a Viena, donde fue estrenada en alemán con un triunfo tan grande, que el mismo le valió para regresar victoriosa a París, al Teatro de la Plaza de Châtelet, once meses después de ser rechazada en el primero.

Werther es, en todo caso, una de las óperas más románticas y más representadas del gran repertorio lírico mundial y, sin duda, apreciada por el público, no sólo por su partitura de gran belleza, sino también por los valores literarios, sociales, culturales y especialmente humanos, que encierra entre sus notas. Dúos y arias de gran intensidad emocional y belleza, salpican una obra, cuyos protagonistas absolutos son el propio Werther y su inalcanzable amada, Charlotte.
Dos papeles que en la producción de la Ópera de Frankfurt estrenada anoche en el Teatro Real, estuvieron magníficamente representados por José Bros, que aparecía seguro en el escenario y dispuesto a darlo todo en la primera vez que se mete en la piel de Werther en España y que debutó en Nápoles hace dos años, hasta conseguir la ovación que merecía, nada más interpretar la famosa y exigente aria “Pourquoi me révelleir”, la exquisita pieza de los desafiantes “si bemol”, que el gran Alfredo Kraus convirtió en imprescindible e inolvidable. Era sólo el principio de los aplausos y los numerosos bravos que el tenor catalán cosechó en la primera de las seis veladas en las que el primer reparto, del que forma parte y que se alternará con Guiseppe Filianoti y Sonia Ganasi, se subirá al escenario. Junto a él, la refinada mezzosoprano francesa Sophie Koch, que con su rico timbre hacía completamente suyo el rol de la sufriente Charlotte y se llevaba, asimismo, los aplausos del público después de caer el telón.
Muy premiados por el público también, Auxiliadora Toledano, en su corto pero vistoso papel de Sophie, y los barítonos Ángel Ódena y Jean-Philippe Lafont, en los roles de Albert y el burgomaestre, respectivamente. No pudieron faltar tampoco los aplausos dirigidos a la Orquesta Titular del Teatro Real, que, desde el foso y bajo la apasionada batuta de Emmanuel Villaume, acreditado experto en el repertorio francés, interpretaba las melancólicas melodías tan características de la obra de su compositor.

Fue el capítulo referente a la escena el que desentonó en esta triunfante noche romántica, y el público esperó la salida al escenario de los responsables para transmitir un bastante unánime desacuerdo con sus propuestas. Lo cierto es que tanto la dirección actoral como la escenografía, habían resultado, desde el principio, el elemento discordante en la esperada intensidad que había de vivirse durante la noche. Un minimalista escenario inclinado, dividido en dos espacios que no acababan de encajar, incidía en la monotonía y, en vez de ayudar al drama que se representaba, lo que hacía era restarle intensidad. Tampoco la dirección de Willy Decker, moviendo a veces sin ton ni son a unos personajes que parecían perdidos con inútiles carreras y el traslado incomprensible de los pocos elementos del atrezzo, como el cuadro de la difunta y omnipresente madre, que pasa de mano en mano, hasta que tanto trajín, además de repetitivo, porque ya hemos entendido todos el mensaje que pretende transmitir, acaba incluso por “molestar” en el dramatismo de la historia que la música y el texto nos estaban contando.