Ricardo Ruiz de la Serna
El ejército azerbaiyano lanzó esta semana el ataque definitivo contra los armenios de Nagorno-Karabaj. Entre el martes y el miércoles, víspera del Día de la Independencia de Armenia, los armenios del territorio, asediados desde hace casi nueve meses y abandonados por todos, vieron sellado su destino. Lo que Bakú denominó “operación antiterrorista” era, en realidad, el golpe final de una operación híbrida de limpieza étnica. Privados de alimentos, medicinas, combustible y energía, desconectados del mundo debido a los cortes de electricidad y de acceso a internet y tiroteados, era cuestión de tiempo que Azerbaiyán lanzase la ofensiva final con el objeto de acabar con los armenios.
Todo parece indicar que va a conseguirlo.
No me corresponde a mí ahora buscar responsables entre los armenios porque los primeros culpables están en Bakú, sede del gobierno de Azerbaiyán. Allí, el 12 de enero de 1990, una turba de azerbaiyanos asaltó las casas y los comercios de sus vecinos armenios. Durante una semana, los golpearon, los hirieron, los mataron. Quemaron sus viviendas y arrasaron sus comercios. Todo armenio sabe lo que le espera bajo el dominio azerbaiyano. Sólo en Occidente se cree la retórica de la tolerancia hacia los armenios. El dedo acusador ha de señalar, en primer lugar, a Bakú, sede del gobierno que no ha repartido entre su pueblo los ingentes ingresos del petróleo y el gas, pero que ha hecho del militarismo y el odio a los armenios fuerzas motrices de su proyecto político.
No está exenta de responsabilidad la comunidad internacional.
Desde que Azerbaiyán dinamitó el Proceso de Minsk mediante una guerra en 2020, a los armenios de Karabaj sólo les quedaba el apoyo de la República de Armenia y de la comunidad internacional. Todo ha ocurrido ante los ojos del mundo. En Washington, en Moscú y en Bruselas hay mucha gente que no podrá mirarse hoy al espejo. La matanza que ha acompañado la operación de esta semana y los muertos de los últimos años pesan sobre aquellos que podrían haber impedido la limpieza étnica que se está desarrollando ante nuestros ojos. Este precedente socavará durante mucho tiempo la autoridad moral internacional que la Unión Europea pretende arrogarse. Les será muy difícil a los funcionarios de la Unión hablar de derechos humanos después de haber tolerado esta ofensiva híbrida contra los armenios. Será difícil creer la retórica del “deeply concerned” de los políticos de la Unión ahora que es evidente su inacción, su confusión moral y su cobardía.
Ha habido algunos casos de dignidad, sin duda, como la iniciativa francesa para llevar ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la cuestión de Karabaj. Sin embargo, la reunión de urgencia del pasado día 22, cuando Azerbaiyán controlaba prácticamente todo el territorio, terminó sin ninguna resolución. Al final, las armas se impusieron sobre el Derecho Internacional Humanitario. Los armenios de Karabaj, derrotados ya en 2020, no suponían amenaza alguna para Bakú. Desarmados casi por completo, dependientes de la ayuda exterior para todo, trataron hasta el final de decidir sobre su propio destino. No me corresponde a mí juzgarlo ahora. La sombra del Genocidio Armenio es alargada. No hay familia en Karabaj que desconozca el pasado -algo que no siempre puede decirse de los gobiernos occidentales- así que todos saben lo que puede terminar sucediendo. Hay muchas formas de acabar con un pueblo. En estos últimos tres años, hemos asistido a acciones híbridas tendentes a acabar con los armenios; sólo faltaría que, además, se los acusase a ellos de su propia desgracia sin prestar atención a los agresores y a los que se quedaron observando.
No me atrevo a hacer muchos pronósticos.
Las imágenes que llegan de las ciudades armenias en Karabaj son aterradoras. Las familias entierran a sus muertos de los últimos días o los desentierran para llevárselos a Armenia por temor de que los azerbaiyanos profanen las tumbas. Familias de Karabaj pasan a la República de Armenia llevando algunas cosas en coche o cruzan a pie porque lo han perdido o lo han dejado todo. Se dice que ha habido gente protegida por tropas rusas. Hay bastante confusión, pero parece claro que la vida armenia en Karabaj toca a su fin. Basta ver lo que ha ocurrido en la parte del territorio que pasó a control azerbaiyano en 2020. Poco a poco, los vestigios de la presencia armenia se eliminan o se resignifican. Se intenta borrar o reescribir la historia.
“¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo”. Yahvé replica así a Caín, que pregunta si acaso es él guardián de su hermano. La sangre de los armenios de Karabaj clama desde el suelo de ese territorio bombardeado, bloqueado y tomado por la fuerza de las armas. Esta injusticia, este atropello al Derecho Internacional Humanitario y a la razón, pesará durante mucho tiempo. Tratarán de enterrarlo, pero no creo que caiga en el olvido. Bueno, quizás lo haga, pero volverá al recuerdo y a la memoria de los armenios. Quedará también en la memoria de quienes hemos contemplado, desde la distancia, el horror de este tiempo y de estos días. Tal vez sea éste el único voto que ahora puede hacerse: recordar y no olvidar. Pedir justicia. Mantener la claridad moral en medio de esta noche que atraviesan los armenios. Hablar. Contar su historia. Seguir observando lo que sucede. Evitar que el silencio o el olvido devengan absolutos.
Rezar.
Esta columna eleva, hoy, una oración por los armenios de Karabaj, hijos del primer reino en convertirse al cristianismo y crucificados hoy en la historia.