El próximo 27 de febrero se cumplen 35 años de la matanza de Sumgait. Mientras la Unión Soviética se desmoronaba, una turba de azerbaiyanos en la localidad de Sumgait, no lejos de Bakú, se lanzaron a matar a sus vecinos armenios. Las escenas de violencia recordaron los episodios vividos durante las Matanzas Hamidianas (1894-1896) y el Genocidio Armenio (1915-1922). Se suele considerar que esta masacre fue el prólogo de la Primera Guerra del Alto Karabaj (1988-1994). Desde entonces, hay un conflicto cuyas vías pacíficas de solución -el llamado Proceso de Minsk- hizo saltar por los aires Azerbaiyán atacando a los armenios del territorio en 2020. Desde el pasado 12 de diciembre, agentes azerbaiyanos mantienen cortada la única carretera que conecta Stepanakert, la capital de Nagorno Karabaj, con el territorio de la República de Armenia. 120 000 armenios siguen aislados. Hay cortes de electricidad y gas. Faltan alimentos y medicinas. El 12 de enero un misterioso corte de cables interrumpió el acceso a internet, que fue restablecido gracias a la intervención de técnicos armenios. La situación de crisis humanitaria inducida por los agentes azerbaiyanos ha provocado condenas y protestas.
A lo largo de todos estos años, la política de Azerbaiyán hacia los armenios de Karabaj y hacia la propia República de Armenia ha contado con el apoyo de la República de Turquía. El terremoto del pasado 6 de febrero ha causado decenas de miles de muertos en Turquía y en Siria. De todos los países del mundo han acudido equipos de rescate. Se ha enviado ayuda técnica, alimentos y material de abrigo. Se han recaudado fondos. También la República de Armenia ha enviado personal y medios para rescatar a las víctimas sepultadas entre los escombros de las localidades turcas afectadas por el terremoto. La frontera terrestre entre los dos países, cerrada durante décadas, se abrió para que los equipos armenios pudiesen pasar al territorio de su vecino a salvar vidas. Armenios y turcos tienen una historia común que registra episodios espantosos, pero también quedarán páginas de dignidad como ésta en que los equipos armenios acudieron a socorrer a sus vecinos turcos. No deja de ser un motivo para la confianza en la condición humana.
No puedo dejar, sin embargo, de pensar en el bloqueo de Stepanakert, que no se debe a la naturaleza, sino a la crueldad de un régimen como el de Aliyev. Leo los mensajes que llegan desde la ciudad aislada. Miro con detenimiento las fotografías. Veo los vídeos una y otra vez por si se obra el milagro y aparecen por la carretera camiones cargados de alimentos, medicinas y abrigo para los 120 000 armenios asediados. No pierdo la esperanza de verlos autobuses con los niños que llegan desde Armenia a reencontrarse con sus familias después de más de dos meses de separación impuesta por el sitio de la ciudad. Imagino los coches y las ambulancias con enfermos necesitados de tratamiento camino de Ereván. Tampoco pierdo la esperanza de que, en Turquía, el poderoso aliado de Azerbaiyán, alguien recupere la claridad moral y proteste contra lo que, a todas luces, es una injusticia y una atrocidad. Hay muchas formas de acudir al rescate de esos armenios que llevan dos meses bajo asedio.
Hace 35 años los armenios de Sumgait tuvieron que protegerse del ataque de sus vecinos azerbaiyanos. Hoy los armenios de Karabaj resisten una ofensiva híbrida que aspira a echarlos de su tierra. Desdelos disparos hasta el frío y el hambre, Azerbaiyán no ha escatimado esfuerzos para forzar a los armenios a marcharse o rendirse. Sin embargo, no hay familia armenia que ignore a dónde conduce el camino que comenzó en Sumgait. Es el mismo lugar adonde condujeron las matanzas Hamidianas. Es el mismo sitio al que se dirigió la masacre de Adana de 1909. Es la misma ruta, en fin, que llevó al Genocidio Armenio.
Los 120 000 armenios de Stepanakert no suponen amenaza alguna para nadie. Azerbaiyán está tratando de lograr mediante la violencia lo que jamás obtendría en una mesa de negociaciones. Los tiroteos, el hambre, el frío, la privación de medicinas, de gas y de electricidad son sólo algunos de los recursos que se están empleando contra ellos. Al parecer, estos armenios no merecen ayuda humanitaria, ni auxilio ni rescate. A 35 años de la matanza de Sumgait, esto dice mucho de la capacidad de resistencia armenia, pero sobre todo dice muchísimo de la hipocresía y el doble rasero que buena parte de la comunidad internacional. Es justo ayudar a todas las víctimas de los desastres naturales, pero ¿no merecen la misma ayuda las que sufren el mal causado por un asedio inhumano?