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Crítica estreno Teatro Real

[i]C(h)oeurs[/i], ni coros ni corazones

martes 13 de marzo de 2012, 10:25h
Anoche tuvo lugar en el Teatro Real el estreno mundial de C(h)oeurs, un proyecto del director de escena belga Alain Platel con música de Verdi y de Wagner, que se saldó con una protesta mayoritaria por parte del público asistente.
El título de este nuevo espectáculo del coliseo madrileño surge de un juego de palabras en francés. Basta con suprimir la h de Choeur, cuyo significado es coro, para hacer referencia a corazón. En todo caso, la expectación que el estreno de anoche había provocado estos últimos días entre los aficionados provenía claramente de la primera de las acepciones. Desde hace ya algún tiempo, el Coro Titular del Teatro Real, Coro Intermezzo, se ha colocado en un nivel muy alto y de él se está hablando no sólo aquí sino también en el resto de Europa. Sus últimos retos, muy bien superados, parecían justificar – si es que el arte precisa alguna vez de justificación – la presentación en Madrid de un espectáculo de teatro musical cuyo programa incluye los más famosos coros de dos colosos de la composición como son Verdi y Wagner. De forma que con un reclamo así - uno de los mejores coros de Europa en la actualidad interpretando coros como el de los peregrinos de Tännhauser o el de los esclavos de Nabucco - nada podía “salir mal”.

Y, sin embargo, a medida que avanzaba el espectáculo se hacía patente que la velada no iba a terminar de la forma en la que una gran parte del público había pensado mientras acudía “confiada” a su cita con el teatro de la Plaza de Oriente. Hace unos días, el director artístico del Real, Gerard Mortier, aseguraba que en estos momentos sólo existe un coro en Europa capaz de interpretar esta obra o, por lo menos, dispuesto a hacerlo. Y no sólo por su calidad vocal, añadía. Sus palabras hoy se entienden mucho mejor. Y no se trata de hacer bueno el dicho de “zapatero a tus zapatos”. Ni mucho menos. Porque los miembros del coro madrileño es cierto que aquí suspiran, corren por el escenario dando vueltas mientras gritan, abuchean, se tiran por el suelo y se arrastran, arrojan con rabia sus zapatos en señal de protesta a la manera árabe, escriben y enarbolan pancartas mientras se presentan con nombre y apellidos a través de un micrófono y se tiñen de rojo las palmas de las manos. Hasta llegan a protagonizar momentos a lo “West Side Story” o “Puerta del Sol”.




Nada que objetar si por encima de todas estas sorprendentes facetas actorales existiera el deseable predominio de sus voces. Porque a un coro, sobre todo, lo que hay hacer es escucharlo. Y el error máximo de esta obra es que sacrifica las voces en favor de un teatro que parece girar en torno a la protesta social, olvidando que muchas veces es la belleza la que consigue mover los corazones. Así, sacrificada la genuina misión del coro, los ornamentos no conducen demasiado lejos, al menos en lo que a los 72 cantantes se refiere. Y tan profundamente implicado está el coro con el resto de la escena – exigencias del guión -, que acaba por compartir con ella los abucheos que sus voces desde luego no se merecen.

Se recordaba asimismo estos días previos al estreno que los coros de Verdi y de Wagner habían sido clave para acompañar revoluciones de carácter patriótico durante la convulsa época en la que fueron compuestos. De hecho, “Va pensiero” sigue tocando la fibra de la inmensa mayoría de los italianos y es raro encontrar a quien no sepa cantar su letra en aquel país. De forma que los responsables del proyecto señalaban como una de las principales pretensiones de este nuevo espectáculo la de remover conciencias en una época asimismo socialmente convulsa y reivindicativa como la nuestra. Y advertían de que este “gran teatro musical al estilo griego” no era sólo de divertimento, porque se comprometía a lanzarnos a todos un mensaje: tenemos que cambiar nuestra forma de vivir. ¡Indignaos! Pero, ¿aunque sea con el espectáculo que se acaba de presenciar?

Los movimientos, la mayor parte de ellos de desagradable carácter espasmódico, de los 10 actores-bailarines de la compañía belga “Les ballets C de la B”, fundada por Platel en 1984, que salen al escenario llevando en sus bocas la ropa interior que más tarde se habrán de poner mientras asombrosos temblores recorren sus tensos cuerpos, pretendían reflejar todo ese sentimiento de indignación hacia una sociedad y un sistema demostradamente equivocados. El responsable de la escena ya advertía antes del estreno de que su preocupación era que alguien quisiera buscar algún tipo de hilo argumental en la obra. Lo cierto es que, aún sin tener que crear una historia, desaprovecha la ocasión de proponer para quedarse en la inútil algarabía o en las frases de Marguerite Duras y de la novela “Las benévolas” de Jonathan Little como frágil puente de unión entre los coros o los preludios de Verdi y de Wagner, interpretados desde el foso por la Orquesta Titular del Teatro Real a las órdenes de la batuta de Marc Piollet.

En todo caso, y de acuerdo con lo que antes decíamos acerca de que el arte no necesita de justificaciones, C(h)oeurs estará en Madrid hasta el próximo día 26 de marzo y es la oportunidad para que los espectadores comprueben si el espectáculo, con más o menos coros, es capaz de agitar sus corazones.
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