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NUEVA ADAPTACIÓN DE LA NOVELA GALDOSIANA

[i]Doña Perfecta[/i], de Benito Pérez Galdós: historia de un fratricidio

domingo 09 de diciembre de 2012, 10:30h
Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós
Versión: Ernesto Caballero
Director de escena: Ernesto Caballero
Escenografía: José Luis Raymond
Intérpretes: José Luis Alcobendas, Diana Bernedo, Lola Casamayor, Israel Elejalde, Karina Garantivá, Miranda Gas, Alberto Jiménez, Jorge Machín, Toni Márquez, Paco Ochoa, Belén Ponce de León y Vanesa Vega
Lugar de representación: Teatro María Guerrero. Madrid

Por RAFAEL FUENTES


No se equivoca el director de escena de Doña Perfecta, Ernesto Caballero, al considerar que en la narrativa de Pérez Galdós “se encuentra encriptado un enorme potencial teatral”. El propio relato original de Doña Perfecta exhibe un prodigioso despliegue de registros del habla coloquial, perfectamente articulados para que cada modismo, cada giro expresivo, cada estructura sintáctica comuniquen al instante la posición social de cada personaje, su percepción singular del mundo, su ideología e intenciones, casi su destino, en una sinfonía de conflictos que se trenza inexorablemente hasta el estallido guerracivilista final.

Pese a ello, llevar a escena una novela magistral como es Doña Perfecta presupone asumir no pocos riesgos teatrales. Entre las ventajas, que Ernesto Caballero explora con extraordinaria pericia, está la confrontación entre las jóvenes fuerzas reformistas que colisionan cada vez con más violencia e irracionalidad ante posiciones intransigentemente inmovilistas. Sin duda, Benito Pérez Galdós toma partido por el regeneracionismo encarnado por el joven Pepe Rey, pero el narrador de los Episodios Nacionales no era tan obcecado como para no darse cuenta de que la virulenta acometida entre ambas actitudes termina envileciendo a las dos cuando se traspasan ciertos límites. Así lo declaraba Galdós en la novela, a través de Pepe Rey frente a Doña Perfecta, y así se reproduce en el escenario del Centro Dramático Nacional: “Creo que ambos carecemos de razón. En usted, violencia e injusticia; en mí, injusticia y violencia. Hemos venido a ser tan bárbaros el uno como el otro, y luchamos y nos herimos sin PIE DE FOTOcompasión. Mi sangre caerá sobre la conciencia de usted; la de usted sobre la mía.” Es esta una visión más allá de la ideología que penetra en el ámbito de la tragedia española, o, simplemente, de la tragedia. Es también la escena más contundente y sobriamente profunda de la actual versión escénica.

Aquí es donde Ernesto Caballero engancha la novela decimonónica con la cada vez más convulsa confrontación política de hoy mismo en las calles españolas. Podremos estar más o menos a favor de demandas de transformación política y podremos estar más o menos en contra de exigencias radicales para modificar nuestra estructura social, pero llegado el punto de romper el diálogo y traspasados ciertos límites donde las cuestiones ya solo se dirimen por la vía de la imposición y la fuerza, cualquier postura, por razonable que sea, se deslegitima y se desliza hacia lo fanático. No hemos llegado a ese momento –en la época de Galdós sí-, pero el aviso que proviene del escenario es un toque de atención extraordinariamente oportuno en los días que corren.

En el platillo de las desventajas, o riesgos teatrales, debemos situar en primer lugar el debate ideológico entre positivismo y religión, entre ciencia y creencia, habilísimo en la forma, pero trasnochado en el contenido. La genuina teatralidad de ese duelo verbal entre el ingeniero Pepe Rey y el sacerdote Inocencio ha inclinado a los adaptadores a conservar esa esgrima dialéctica sobre una cuestión irrelevante hoy, concentrando un gran peso verbal al comienzo de la obra que repentinamente desaparece en la segunda mitad en beneficio de frases eléctricas y acciones gestuales, lo que provoca un desequilibrio inarmónico.

Ya en su primera versión teatral, realizada por Galdós a comienzos de 1896 en el madrileño Teatro de la Comedia, el autor había aligerado ese debate y equilibrado el desarrollo de la acción dramática. Sin duda ha sido un acierto no repetir aquella adaptación decimonónica del propio autor y no dejarse atrapar por una veneración fetichista, pero aquel libreto contaba con algunos hallazgos no desdeñables. Sucintamente, yo apuntaría a ese tacto para abreviar la controversia entre lo religioso y lo científico, una mayor concentración del relato político con el simbólico relato pasional de la pieza y una mayor vida a la amada de Pepe Rey, Rosario, demasiado plana y estereotipada en la inicial versión narrativa. Justo tres puntos que podrían haberse resuelto mejor en esta adaptación siendo un poco más infieles a los capítulos de la novela.

Los retos propiamente escénicos –no textuales- que la obra afronta son abordados con creatividad por Ernesto Caballero. Sirva de ejemplo, la introducción de canciones de Peter Gabriel, en otro idioma y tan contemporáneas que parecerían irreconciliables con el casticismo del lenguaje galdosiano. Pero el director crea el clima visual adecuado para que acompañen a tres personajes secundarios de la novela, convertidos en un lírico coro trágico de tres Parcas, mensajeras de la muerte impregnadas de una poesía elegíaca. Y el recurso funciona escénicamente. La dirección de actores posee la misma destreza e intuición creativa, contando con impecables interpretaciones de Lola Casamayor (Doña Perfecta), Israel Elejalde (Pepe Rey), Alberto Jiménez (don Inocencio) y el centauro Caballuco interpretado por Toni Márquez, en un elenco que en su conjunto brilla por su veracidad y eficaz resolución de los tensos conflictos que siguen una inexorable escalada.



La propia evolución del vestuario resulta una propuesta inteligentísima que trasciende el propósito de adornar a los personajes. Comienza introduciendo una indumentaria prácticamente contemporánea, lo que favorece la identificación del público con el planteamiento guerracivilista de la obra. Poco a poco, ese vestuario se retrotrae a la ropa de mediados del siglo XIX, en la inmisericorde violencia entre liberales y carlistas, haciendo que los espectadores se remonten a los orígenes de esas dos Españas que tanta sangre han hecho derramar en nuestra historia, engendradas por aquellos servilones defensores de un Trono absolutista enfrentados fratricidamente a los liberales herederos de la Constitución de Cádiz.

En un momento como el actual, donde muchos parecen querer resucitar el cainismo de esas dos Españas, es casi un deber –y un gran acierto escénico- hacernos reflexionar sobre su origen y sobre el carácter trágico de sus consecuencias.
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