“Los señores del poder” son, claro, los políticos; los profesionales de la política dedicados a maximizar sus oportunidades y dominar mediante el control de las instituciones de gobierno. Y lo que sobre ellos se trata se centra en sus estrategias para asegurarse la efectividad en su función y las concepciones sobre su propia actividad que dictan sus decisiones y tienen repercusión colectiva a veces muy trágica. Por ello, el libro se adentra en capas profundas de la cultura política española de los dos últimos siglos, aquellas en las que se localizan ciertas fallas que han hecho tan inestable durante largos períodos el orden liberal en nuestro país. En ese análisis se parte, entre otras cosas, de la certidumbre de que la historia española contemporánea no es de una excepcionalidad trágica, una anomalía incomprensible en los procesos de modernización política. Al revés; entre lo mejor del libro está, sin duda, su continua inserción de los procesos españoles en un marco comparativos respecto a otras sociedades, europeas o hispanoamericanas, y cómo ilustra las vicisitudes del caso español con la adecuada referencia al análisis politológico y a la teoría política, partiendo de los clásicos. Muchas y diferentes cuestiones que se prestan al comentario con el autor.
P.- Sería correcto resumir la tesis, o una de las tesis principales, del libro así: el régimen de la Restauración articuló un orden institucional y una práctica política que conjuró la violencia, o la amenaza de la violencia, en la lucha por el poder, algo por medio de lo cual el Ejército había tenido un papel preponderante en los decenios centrales del siglo XIX. La clave de esa transformación estuvo en la aceptación del contrario, en admitir su legitimidad y su derecho a ocupar el gobierno y facilitar su acceso regular por medio del Turno. La República, en cambio, abandonó esos principios y esas prácticas y volvió a la concepción del poder como patrimonio exclusivo e instrumento para la eliminación del contrario. Si esto fue así, ¿en qué medida aquella solución restauracionista puede verse como un planteamiento excepcional en la historia política de la España contemporánea? ¿No han primado más las tendencias de exclusión?R.- Lo que ocurre en España al empezar el último cuarto del siglo XIX, dentro de las condiciones propias, es reflejo de una tendencia presente en otras partes de Europa, y en especial Francia. La Comuna de Paris, con su violencia política desbordada, cierra un ciclo revolucionario y de actividad militar que arrancó con la Revolución de 1789. Lo que se busca, y eso es lo que prima en el caso español, es asentar un orden político estable con la aceptación del rival. Eso implica pactar los resultados de las elecciones para que los partidos representantes de las dos grandes tendencias liberales, ocupen alternativamente el ejecutivo. La clave para que eso funcione es el fraude masivo y tolerado, no tanto coaccionando a los electores como manteniéndolos desmovilizados. Los profesionales del poder, que querían eliminar la violencia como recurso y mantener a los generales alejados de la escena política, advirtieron lo que de economía de esfuerzo y de conveniente, acumulando más poder, con más seguridad y durante más tiempo, tenía la fórmula de monopolizarlo desde el ejecutivo en lugar de competir en un mercado electoral abierto y competitivo.
La
Segunda República, por su parte, contempla la democracia como un
sistema de resultados inciertos, sin alternancia ni turno, porque entiende que eso es corrupción. Más aun; el pacto como tal es corrupción, algo que en cierta medida hemos visto resucitar en España desde hace unos pocos años. Es una visión que supone que hay quien no tiene derecho a gobernar e interpreta la elección como rito de confirmación de una prerrogativa propia, de forma que si el resultado no es favorable se considera erróneo y soslayable.
No sería fácil decir si los planteamientos excluyentes han predominado. Intentos de transacción y consenso hubo bastantes, como la constitución de 1837, aunque quizá fuesen más continuados los de signo contrario. Es algo que también pasó en Francia hasta la Tercera República. Nada, pues excepcional.
P- El título del libro parece orientar hacia una interpretación de la dinámica política más centrada en elementos de orden personal, la acción de los “señores del poder”, que estructural, las circunstancias de orden social, económico o de otra índole que la condicionan. Aun así, ¿Qué factores determinaron la solución del sistema de la Restauración? ¿La experiencia y capacidad de sus artífices principales? ¿Su temor escarmentado a lo ocurrido en España en los decenios precedentes y en especial desde 1868? ¿Algún estímulo exterior? ¿La disposición de la opinión pública si puede hablarse de tal cosa en el último tercio del XIX?R- Sí, creo que hay bastante de esa dimensión personal. Algo procedente de la
libido dominandi que explica tantas cosas en la historia del poder, como se ve leyendo a Bertrand de Jouvenel. Pero se advierte ya desde Pisístrato. En el caso de la Restauración intervienen, en efecto, todos esos factores. Pero sobre todo reflexionan sobre el fracaso de las fórmulas de los decenios anteriores y conciben como los griegos, salvadas todas las distancias respecto a lo que significa para unos y otros, la
democracia como un sistema de conciliación. Lo favoreció sin duda un clima social que, hasta donde podemos saber, respondió a lo que el conde de Toreno definió como “hambre de paz”. No es casualidad que a Alfonso XII se le llamase “el Pacificador”
P.- Aunque sea una cuestión recurrente entre especialistas y difícil de dilucidar, el golpe de Primo de Rivera en 1923 ¿obstruyó una evolución presumible hacia situaciones más plenamente democráticas, de modernización política y de saneamiento del sistema o fue la única alternativa posible a algo agotado e inservible para ir en aquella dirección?R- Es un contrafatual, “qué habría pasado si no…”, pero si la Corona hubiese mantenido su papel no se ve cómo hubiera podido haber otra salida que la democrática. Naturalmente, cambiando la ley electoral y haciendo otras reformas políticas y soportando un período de volatilidad política. Realmente, en aquel sistema de hidráulica política no es posible ver cómo podrían las aguas discurrir de otra manera que no fuese evolucionando hacia la democracia con gobiernos dependientes efectivamente del voto. El número de distritos liberados, aquellos en los que los resultados respondían ya a tendencias genuinas del electorado, estaba creciendo. Las amenazas al margen del sistema se encontraban faltas de toda posibilidad, con un republicanismo que Azaña describía como “una tertulia de rebotica” y un Partido Socialista débil y sindicalmente radicalizado, un lastre con el que llegará a la República. Cosas como la guerra de Marruecos fueron los verdaderos condicionantes.
P- Pero, en ese contexto, ¿qué peso pudo tener la crítica al parlamentarismo que cundió por aquellos años, las actitudes caudillistas?R- Ese clima existió, pero por una mala lectura de la realidad. El sistema descansaba en el “gran elector”, el ejecutivo, no en los distritos en propiedad de un cacique. No era un país arrasado por un parlamento corrupto sino un país arbitrario, con poca base representativa y eso es lo que estaba cambiando hacia 1920. Era un país más urbano, con una sociedad civil más densa, con más voces, Y hasta Costa con sus invocaciones a “cirujanos de hierro” y sus campañas en pro de un ejecutivo fuerte
tenía claro que el poder venía de la Corona. Por eso su estrategia era amenazarla, para lograr el decreto de disolución. Insisto, es difícil pensar en que las cosas hubieran podido dejar de encauzarse hacia una democracia efectiva. Claro que hay otras cosas, el ejemplo mussoliniano de orden y eficacia, la devoción a la acción directa, la idea de que saltándose la ley, tirando por la calle de en medio, las cosas se arreglan. Algo que advierte Ortega en
España invertebrada. El propio Alfonso XIII, Primo, son eslabones en esa cadena, acólitos de esa religión.
P- La República llegó, entre otras cosas, a impulsos de una interpretación de la política que era negación del fundamento de la Restauración, es decir, abominando del pacto como método, de la disposición a aceptar al rival como agente político legítimo ¿Por qué? ¿por la misma subcultura política de los republicanos? ¿por los aliados con los que tuvieron que contar? ¿porque también aquellos rivales habían abandonado la voluntad de entendimiento?R- Es que como he dicho ya confunden acuerdo con corrupción. Pero pesa sobre todo la idea demiúrgica de un legado autoritario, el gobierno es un agente de transformación para imponer un programa o un objetivo y por ello el pacto es claudicación. Y no hay que olvidar que al menos desde 1914 la violencia en política tiene prestigio, no está desaprobada. Lo paramilitar, la militarización está a la orden del día. Hasta las revistas culturales llevaban título como “Frente literario”.
P.- Algo relacionado con esa militarización del léxico y los recursos políticos que introdujo el leninismo, con “frentes”, “secciones”, “ofensivas”, avances”…R- Lenin y Trotsky parten de la idea del fracaso de las estrategias de huelgas y acción política de masas. Propugnan otra de guerra civil con un ejército de revolucionarios. Eso es lo que encandila a los Largo Caballero y los Araquistain, la idea de que el agente político sea un agente armado. Y Sorel con “Reflexiones sobre la violencia” es la biblia para toda una generación de activistas políticos de distinto signo. Una estrategia que recuerda mucho a Blanqui y que a Marx no le hubiera gustado.
P ¿Y a Azaña le gustaba?R- La pregunta es
¿cómo Azaña y otros como él se alían con eso, con un Partido Socialistas bolchevizado? ¿Cómo no pensó en encarnar lo contrario, ponerse al frente y dirigir a la sociedad de clases medias atemorizadas? Un Azaña con tantas dotes políticas podría haber encabezado un partido de centro, que se quedó Lerroux, y haber articulado un esquema como el que Ortega apuntaba: el Partido Socialista a la izquierda y un republicanismo de centro y centro-derecha. La última ocasión pudo haber sido el asesinato de Calvo Sotelo, pero habría que ejercer una represión a la que no se atrevieron porque habría roto el Frente Popular. Incluso con la rebelión militar pudo haber una ventana de oportunidad, con una doble represión desde el gobierno. En aquellas circunstancias habría sido factible lo que Portela insinuó, declarar el estado de guerra y ejercer una dictadura republicana. Una parte, quizá mayoritaria, de los militares se hubiese puesto a las órdenes del gobierno, hubiera tenido apoyo militar. Pero el reparto de armas y la sindicalización de la resistencia lo hizo inviable. Y fue Azaña, contra el parecer de Casares quien cedió ante Largo Caballero y se abrieron los arsenales a las milicias.
P¿Azaña no entendió que eso era dar paso a la revolución y al fin de la República? R. Claro que lo vio, por eso diría aquello de que “si ganamos la guerra tendremos que irnos los republicanos”. Las decisiones que se tomaron fueron las peores. La rebelión desencadenó la revolución y la represión convirtió a la rebelión en referente de orden.
P.- ¿Sería posible hacer una prosopopeya de los señores del poder que ejercieron en España desde la Restauración a la Guerra civil que arrojase un patrón común? El retrato que de los políticos republicano se encuentra en el libro es poco halagüeño (temerarios, limitadamente cultos, mal informados) y sin duda certero, pero ¿no es predicable mucho de eso de otros señores del poder de otros momentos, incluidos los del presente?R- Sí, es aplicable a otros muchos, antes y después. Los que precedieron a la República tenían al menos experiencia. Y a los de hoy día, sin duda. Es un misterio cómo alguien como
Zapatero, ignorante y con visión aldeana, alguien que no pasaría un proceso de selección en una empresa para un puesto de mediana responsabilidad,
acaba al frente de un partido centenario y presidiendo el gobierno del país con la décima o décimo segunda economía más grande del mundo. También a la mayor parte de los políticos de la República les llegó el poder sin un mínimo
cursus honorum que actuase de filtro.
P- Entre lo mejor del libro está su constante recurso al análisis comparado, al contraste con otras experiencias, en especial con la Francia coetánea. Más interesante, y sorprendente dados los usos de positivismo trivial dominante en el comtemporaneismo en España, es la remisión a la historia antigua, la de Grecia y Roma, y a los clásicos de la filosofía política. ¿Qué papel tienen esas referencias en la estructura argumental del libro? R.- Esas referencias ponen las cosas en perspectiva. No es asemejar, sino situarse para ver. Algo así como el paisaje en las tablas flamencas, que sirve para dar realce y centrar los temas. Por ejemplo, hasta alguien tan radical como Gambetta entendió que el arraigo de la Tercera República tenía que hacerse en “la provincia”, afianzando la lealtad de boticarios y veterinarios. Y eso ilustra respecto a lo que supuso que aquí se entendiera la República como instrumento para operaciones quirúrgicas. Y respecto a los clásicos, en ellos ya se ve con claridad que hay un espécimen de hombre de poder con parámetros occidentales, que trasciende épocas y sociedades, hechas todas las salvedades; el hombre que maximiza el poder. Y además, en Grecia se inventa la democracia como sistema de inclusión. El hallazgo de Roma es el Imperio que solventa las querellas oligárquicas con el príncipe, En Atenas, por la vía de inclusión que hace posible la democracia. Y entendiéndolo interpretamos mucho de la democracia moderna. Aunque aquélla y la nuestra sean democracias tan diferentes, una y otra en la búsqueda de la libertad y el respeto a lo diverso tratan de resolver la dialéctica stasis/ tiranía mediante mecanismos para encauzar las diferencias.
P.- El libro tiene unas páginas brillantes en las que se discute el invento de la “memoria histórica” sugiriendo que eso no es ni real ni conveniente, ¿por qué?R- He oído a Umberto Eco sorprenderse de alguien suponga que la memoria pueda no ser histórica, es decir referida al pasado. Lo que así se viene llamando es una coartada para excluir. Es un rasgo autoritario que pretender ignorar que cualquier memoria sólo es personal. De lo que se trata realmente es de atribuir a una parte de espectro político un pecado original que ilegitime a sus representantes.
En el fondo, responde a una
estrategia política del socialismo para excluir a la derecha como interlocutor y valerse de los nacionalismos. Algo que no carece de lógica pragmática, pues una ley electoral que prima esas candidaturas y un proceso de descentralización sin parangón en Europa les ha hecho poderosos. Pero supone una inversión de la lógica con la que se ha identificado la izquierda española desde las Cortes de Cádiz, la de que los derechos son del ciudadano, no de los territorios. Tal vez eso tenga alguna justificación doctrinal, aunque cueste aceptarlo, pero no es de recibo que algo así se haga sin una adecuada discusión, en alguna suerte de “concilio” que valide el abandono del dogma tradicional y la adopción de algo contradictorio para un socialdemócrata como es que las balanzas fiscales se atribuyan a territorios en vez de a ciudadanos libres e iguales con distintas rentas. Para la tradición de la izquierda española es un desastre sin paliativos, algo que desde sus propias concepciones no puede dejar de producirle un destrozo difícilmente reparable. Un ejemplo de cómo los señores del poder yerran en sus cálculos y dañan su propio interés.