Este sábado ha dado comienzo la nueva temporada del Teatro Real con la reposición de la ópera de Rossini El barbero de Sevilla bajo la dirección escénica de Emilio Sagi, producción que fue estrenada en Madrid en 2005, y que ha tenido el esperado éxito de asistencia y de acogida que ya tuvo entonces.
Después de varios días en los que se hablaba del coliseo madrileño sin hacer referencia a la ópera, sino a los avatares surgidos de la sustitución inesperada de Gerard Mortier por Joan Matabosch, hoy en la Plaza de Oriente se entraba al teatro sólo para asistir a la primera de las obras de esta nueva temporada. Inevitables, por supuesto, los corrillos de quienes se reencontraban después de parón estival en los que no podían faltar comentarios sobre lo primero. Hasta que, como siempre, se apagan las luces y llega la música. Había muchas ganas de volver a deleitarse con la que Verdi calificaba como “la más hermosa ópera bufa” y, además, se respiraba “tranquilidad”. El público que llenaba anoche el teatro sabía que no iba a haber sorpresas: no, al menos, en la escena. Algunos, porque ya habían asistido a este montaje de Emilio Sagi cuando fue estrenado en 2005 – con Juan Diego Flórez y María Bayo - y, en general, porque el director de escena español conoce como pocos – por no decir como ninguno - al público madrileño. Su producción, por otra parte, no ha parado de cosechar éxitos desde entonces y ha visitado, con el mismo merecido éxito de su estreno y de la reposición de este sábado, prestigiosos teatros de todo el mundo como el Châtelet de París, el San Carlos de Lisboa o la Ópera de Los Ángeles. Y este recorrido, tanto en el espacio como en el tiempo, le ha dado, si cabe, mayor solidez y empaque.
Por eso, y en contra de lo que el pasado año vino sucediendo durante la mayoría de las noches de estreno, las aclamaciones de bravo más sonoras las cosechaba anoche Sagi, es decir, el capítulo escénico, al terminar la función y salir junto al resto de responsables de la escena, la figurinista Renata Schussheim, el escenógrafo Llorenç Corbella, y el iluminador Eduardo Bravo, a saludar. Lo cierto es que el director ovetense, actualmente responsable artístico del Teatro Arriaga de Bilbao, ha creado para esta vitalista y divertida obra cargada de melodía una escena que ensalza con pericia el perfil de los personajes y la relación existente entre todos ellos. Además no ha querido cambiarla de época, lo que supone no tener que hacer filigranas para evitar caer de bruces en la incoherencia y nos muestra una Sevilla típica pero, al mismo tiempo, bastante abstracta. Potencia el teatro tan característico en el genial Rossini, capaz de hacer que con unas pocas notas identifiquemos a cada personaje, y dibuja con trazo firme las diferentes escenas que se suceden con impecable destreza, sin esas distracciones que tanto parecen gustar a otros directores de escena dando la impresión de que en vez de unirse a las voces o a la orquesta, quisieran competir con ellas.

Por lo que se refiere a la escenografía, la mayor parte de la ópera prescinde de colores: el decorado en blanco y negro es austero y cambia para adaptarse a la narración. También el vestuario es blanco y negro, seguirá siéndolo hasta que, por fin, entre tantos enredos, triunfe el amor, ese sentimiento delirante que estremece y que no hay quien entienda, como canta el cómico personaje de Berta, a quien da vida una magnífica Susana Cordón, aunque, al final, acabe confesando que hasta a ella “le picó”. Pero cuando las intrigas orquestadas por Fígaro para ayudar al conde de Almaviva y a Rosina venzan a las otras tretas, las de Bartolo y Basilio para impedir que se una la pareja, lloverán colores. Y ya sabemos todos que “la lluvia en Sevilla es una maravilla”. Trajes y decorado se tiñen entonces de los colores más vivos, en una simbología del cambio de época, de ese maravilloso tránsito desde el oscurantismo a la iluminación.
El director musical Tomas Hanus, en el que ha sido su debut en el escenario del Real, se ha puesto al frente de la Orquesta Titular, Orquesta Sinfónica de Madrid, para interpretar la ágil partitura que el compositor de Pesaro escribió en un tiempo record – entre 14 y 19 días – para su estreno en el Teatro di Torre Argentina de Roma en febrero de 1816, donde la primera noche y, según el propio Rossini escribió a su madre en una carta, su obra fue “solemnemente silbada”. Por supuesto, la segunda función ya cosechó el éxito que desde entonces ha seguido cosechando, aunque en esa ocasión Rossini había preferido no acudir al teatro y sus seguidores tuvieron que ir a buscarlo para la celebración. Haciendo gala de ese inteligente sentido del humor que refleja en el Barbero, Rossini se apresuró a escribir de nuevo a su madre: “En la segunda representación y en todas las demás no han hecho más que aplaudir mi obra con un fanatismo indecible, haciéndome salir cinco o seis veces a recibir aplausos de un género del todo nuevo, lo cual me hizo llorar de satisfacción”. Anoche Hanus hizo ponerse en pie a la orquesta, que desde el foso recibió los aplausos que le correspondían, junto al Coro Titular del Teatro Real, Coro Intermezzo, y a su director Andrés Maspero, a quien el Real acaba de prorrogar su contrato por un periodo de cinco años, después de estas últimas temporadas en las que el coro madrileño ha cosechado muy buena crítica, situándolo al nivel de los mejores de Europa.
Pero es la voz la base expresiva de las óperas de Rossini, que exige una enorme perfección y, desde luego, una marcadísima agilidad para que no se vea afectado su característico virtuosismo ni la expresividad. En el primer reparto, encargado del estreno de este sábado, el barítono Mario Cassi ha encarnado a un convincente Fígaro en su doble faceta vocal y actoral, creciéndose a lo largo de la obra. También ha ido ganando en intensidad la interpretación del conde de Almaviva por el tenor ruso Dmitry Korchav, mientras que el bajo ruso Dmitry Ulyanov ha sido uno de los más aplaudidos por su estupenda interpretación de Basilio – genial en “La calunnia è un venticello”. Ha sido, sin embargo, la protagonista femenina, Rosina, encarnada por la mezzosoprano italiana Serena Malfi, quien más aplausos se ha llevado por brindar al público una brillante actuación con algunos de los momentos más vibrantes de la obra, como la célebre “Una voce poco fa”. El barítono italiano Bruno De Simone ha completado el quinteto protagonista dando voz y vida a Basilio, “un dottor della mia sorte”.
Serán diez las funciones de El Barbero, una de las óperas más representadas del repertorio, en las que se alternarán ambos repartos hasta el próximo 26 de septiembre. Aún seguirá dando mucho que hablar lo que ha ocurrido con la dirección artística del coliseo madrileño, pero la música ya ha llegado y, cuando se apagan las luces y empieza a sonar, lo demás no cuenta. Sólo gana la buena ópera. Feliz inicio de temporada.