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Este viernes se estrena Un cerdo en Gaza

El reto de reírse con una herida abierta

miércoles 06 de noviembre de 2013, 12:58h
Este viernes se estrena Un cerdo en Gaza, la ópera prima del francés Sylvain Stibal que aborda el conflicto palestino-israelí desde una perspectiva cómica.
Chaplin lo hizo. En 1940, Europa estaba envuelta en una cruenta guerra que pronto involucraría a Estados fuera del viejo continente. Mientras el rictus de Adolf Hitler levantaba olor a muerte en medio mundo, el padre del legendario Charlot jugaba en la gran pantalla con un globo terráqueo, armado con botas militares, bigotillo y ademán ojiplático. El Gran Dictador ha pasado a la historia como una de las críticas políticas más ácidas y geniales de todos los tiempos. No es fácil montar una parodia en torno a una situación real cruda, opuesta radicalmente a cualquier forma de humor y, sobre todo, viva, coetánea de su caricatura. Menos, salir bien parado del intento. Charles Chaplin lo logró y el realizador francés Sylvain Estibal tiene ahora todas las papeletas para hacerlo.

Esta vez no son los nazis. Demasiado fácil ya entrado el siglo XXI. Estibal se lanza al vacío con una comedia tan tierna como delirante sobre el conflicto palestino-israelí, una cinta que deja claro el arrojo de este periodista y realizador de origen uruguayo y que se alzó con el César a la mejor ópera prima en 2012. Casi dos años después de su estreno en Francia, Un cerdo en Gaza llega a las salas españolas para romper más de un tabú e invitar al debate desde el aparentemente cómodo colchón de la comedia.



Jafar es un pescador palestino de Gaza con unas redes más dadas a atrapar todo tipo de basura marítima que cualquier pescado susceptible de compra. Una mañana, entre un par de sardinas, pesca un cerdo. Uno vietnamita, hermoso y opulento, imaginamos -aunque no es lo relevante del asunto- que caído de un carguero. ¡Un cerdo de verdad! Impuro para los islamistas. Impuro también para los judíos. Pero quizá una oportunidad económica frente a la miseria más profunda.

Como buen musulmán, el protagonista, brillantemente interpretado por Sasson Gabai, tiene que deshacerse de él, regalando al espectador algunas escenas entre divertidas y acongojantes. Tras varios fracasos en su empeño por librarse del gorrino y sacar, al mismo tiempo, un pequeño provecho a escondidas de Dios, Jafar encuentra un plan B: vender el semen del animal a una joven judía que cría cerdos en una de las colonias de Israel en Gaza. Lo hace, eso sí, sobre maderas, para que el indigno animal no pise Tierra Santa –una anécdota, por cierto, basada en un hecho real-.

La cinta arranca poniendo al público entre dos aguas, en situaciones que beben de la comedia pero con un trasfondo de desdicha que escuece cada vez que se escapa media sonrisa. Hacia la mitad del metraje, el flechazo con el personaje principal, que recuerda por momentos al siempre entrañable Roberto Benigni, es irremediable y es con él con quien, de forma suave y progresiva, el espectador termina asistiendo a un espectáculo digno de los Monty Python.

Humor absurdo para definir un conflicto absurdo. Así lo ve el cineasta. Un funcionario de la ONU que entra en cólera hasta tirar la casa por la ventana (literalmente); un peluquero con estética kitsch que comenta la liberación de Palestina entre revistas del corazón y amoniacos; un soldado israelí enganchado a una novela brasileña que ve en casa de una mujer palestina, metralleta en mano; un futuro kamikaze trabándose en el rodaje de su vídeo reivindicativo (escena que a más de uno recordará al políticamente incorrecto Seth Macfarlane); y un cerdo con piel de cordero que une a dos pueblos íntimamente separados.

“Con el humor a veces se pueden transmitir mensajes más fácilmente” dice Estibal, “incluso mensajes que son muy duros”. El director de esta pequeña joya cinematográfica es consciente de que algunas frases del guión “podrían ser un escándalo”, aunque vestidas de humor se diluyen entre la disparatada trama y entran en el espectador de un modo casi inocuo. Eso sí, una vez dentro, lo normal es que germinen. “Lo bonito del humor es que da distancia, que permite hablar de cosas muy realistas, que están pasando, sin que la película pueda considerarse propalestina o proisraelí”, indica el cineasta, que no se inclina hacia ninguno de los dos lados y apoya, simplemente, “la paz”.


El realizador Sylvain Estibal durante su charla con El Imparcial


El humor es, de hecho, la fórmula mágica que, como el cerdo, pone de acuerdo a los dos pueblos. Según Estibal, tanto israelíes como palestinos, en Francia o en Alemania, por ejemplo, “se han tomado la película como algo positivo”.

En Gaza e Israel, la cinta no ha conseguido ningún tipo de distribución. “Creo que hay mucho miedo con este tema”, dice el cineasta, que asegura que han recibido “muchos mensajes de gente de ambos lados que la ha visto por Internet, pero nadie se atreve a exponerla como algo oficial”.

Fuera de la zona en conflicto tampoco ha sido tan sencillo convencer de que el humor hace fácil lo difícil, y son pocos los festivales que accedieron a incluir Un cerdo en Gaza en su programación. “Incluso en Francia, uno de los grandes distribuidores nos dijo que no se quería meter en esta historia porque le iban a quemar las salas”, cuenta Estibal.

El realizador señala que su nacionalidad también fue un problema cuando fue de despacho en despacho con su guión bajo el brazo. ¿Qué hace un francés de origen uruguayo hablando del conflicto árabe-israelí? Aunque Estibal creyó desde el principio que con un guión sólido e intenciones claras no encontraría problemas, lo cierto es que “fue complicado convencer a los que tenían el dinero”. Charles Chaplin tampoco era judío, ni alemán y rodó su obra maestra en California. Imposible, no era.

El arte consiste en hablar de un tema que te toca de alguna forma, no necesariamente en tu vida personal, por suerte en este caso, y creo que se puede tratar este conflicto saliendo de las categorías hasta ahora establecidas”, defiende.

Tanto es así que los actores se han saltado las categorías de extremo a extremo. Mientras que el protagonista, palestino, es interpretado por el deslumbrante Sasson Gabai, judío de origen iraquí, criado en Israel, la joven que interpreta a la judía criadora de cerdos es Myriam Tekaïa, actriz árabe tunecina. Ambos han tenido que buscar la motivación de sus personajes entre la idiosincrasia y los sentimientos del enemigo histórico de su pueblo. Los dos se involucraron muy rápido en el proyecto pero, según cuenta Estibal, a otros actores hubo que convencerlos de que “era algo para la paz, que no iba contra su país ni su comunidad”.

Un cerdo en Gaza no es el primer acercamiento de Sylvain Estibal a una guerra “que ha sobrepasado las fronteras del Medio Oriente y contamina el mundo”. Hace algunos años, el también periodista entregó una cámara de fotos a una familia de judíos ultra ortodoxos de Hebrón (Cisjordania) y les pidió que retrataran su vida cotidiana durante un año. A cinco metros de ellos, vivía una familia de palestinos a los que encargó idéntica tarea. Tras 365 días, intercambió entre los vecinos las imágenes tomadas. Eran más parecidas de lo que ellos nunca hubieran imaginado. “Fue una forma de derribar las barreras mentales que tenemos cuando no conocemos a alguien, sobre todo a un enemigo”, explica.

Aunque Estibal viajó a Gaza en varias ocasiones, no logró los permisos necesarios para rodar el filme en su escenario natural, así que la isla de Malta terminó convirtiéndose en el ‘plató’ de la ópera prima del realizador francés. Aún así, su bagaje previo y sus visitas a la zona en conflicto le han permitido dotar a la película de un aroma de cotidianidad que atrapa al espectador. El público se acerca, por lo general, a Gaza subido a las bombas. Lo más popular de esa tierra es la violencia, pero sus gentes trabajan, van al mercado, se relacionan, se divierten… “Me parece que nos falta eso, saber cómo vive la gente”, aprecia Estibal, y destaca que “la vida en Gaza es cuando hay violencia, pero también cuando hay una fiesta”.



Para el realizador, el debate político en torno a Gaza y Cisjordania entierra en el olvido a la “gente común” que vive en esos lugares. “Hay mucha gente en Gaza que no está implicada ni en política ni en religión; en realidad, la mayoría son personas normales que lo que hacen es sobrevivir, pero no se habla de ellos”, asegura el realizador, que dedica su película a “ellos, los que no tienen voz y sufren en silencio”.

Sin decir más de lo estrictamente necesario, el final de Un cerdo en Gaza es una alegoría, una metáfora que poco tiene que ver con el tono del resto de la película y que baila en torno al optimismo que el realizador siente sobre el conflicto. “Creo que es posible una solución, pero cada uno tiene que dar un paso enorme, cambiar la visión de su propia comunidad”, explica Estibal, quien dice haber descubierto que “las dos partes se sienten víctimas”.

“Esto es muy fuerte y complicado de superar porque es muy difícil acercarse al otro cuando piensas que tú eres la víctima”, valora y define su propuesta como “un grito de rabia cómico” ante “una situación desesperante”.

Según el cineasta, la situación actual está “enquistada” porque “los que están en el poder y tienen el dinero se aprovechan del conflicto”. Sin embargo, Estibal considera que a veces “la paz llega de repente”, sin una razón concreta, por haber llegado a “un momento de madurez y de extremo cansancio”. Para llegar a ese punto algún día, el realizador cree vital tener una visión de futuro. “Para dirigirse hacia una meta, hay que tener la visión previa de que esa meta es posible. Esta película no va a cambiar la vida a nadie, pero abre una ventana en la cabeza de algunos hacia esa visión de posibilidad”.
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