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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Entre Marta y Lope, de S. Miralles y G. Malla: un Lope de Vega agónico

domingo 08 de diciembre de 2013, 13:56h
Entre Marta y Lope, de Santiago Miralles y Gerardo Malla
Director de escena: Gerardo Malla
Intérpretes: Gerardo Malla, Montse Díez y César Diéguez
Lugar de representación: Teatro Español. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Santiago Miralles y Gerardo Malla han seleccionado un momento particularmente dramático de una vida, la de Lope de Vega, ya de por sí increíblemente tormentosa. Cuando cerca de los setenta años, exhausto, ordenado sacerdote y sin apenas recursos económicos, debe hacer frente a la ceguera y el proceso de demencia de su última compañera, Marta de Nevares Santoyo, que todavía no había llegado a cumplir los cuarenta años, todo un escándalo en la Villa y Corte de Madrid que segó definitivamente las aspiraciones del dramaturgo a cualquier mecenazgo de la Corte de Felipe IV.

A partir de ahí, los autores construyen un drama con un diálogo en la madrugada entre Marta y Lope, fluido, sólido y de una innegable belleza clásica, inhabitual en una dramaturgia española cada vez más dominada por la jerga coloquial y la interjección como sustitutos de la frase acabada. Un clasicismo que curiosamente abarca también la propia estructura de la pieza dramática, donde se respetan escrupulosamente aquellas unidades de acción, tiempo y espacio, que el genio de Lope dinamitó con un talento que hizo trizas todos los argumentos esgrimidos por los clasicistas. “Entre Marta y Lope” nos muestra la intimidad de dos personajes ya míticos, desgarrados interiormente por pasiones incompatibles, aprisionados en la factura clasicista de una sala de trabajo durante unas pocas horas antes del amanecer en el Madrid de principios del siglo XVII. Una fórmula teatral que habría atacado los nervios de Lope y hecho las delicias de Racine. Nada en esta propuesta escénica recoge ninguno de los recursos teatrales barrocos. Un retrato intimista más próximo a un sobrio melodrama. En una época en la que la Inquisición hubo de prohibir y perseguir la sacrílega parodia del Credo que comenzaba: “Creo en Lope de Vega, todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…”, la obra de Santiago Miralles y Gerardo Malla muestra el reverso agónico y desesperado de una vida privada cuyas miserias el público no podía sospechar, tras la máscara legendaria que le había atribuido.

Los escuetos objetos escenográficos que adornan la estancia del gran dramaturgo han sido inteligentemente seleccionados. El gran brasero lleno de frías cenizas, delante de la estantería de libros, bien pudiera encarnar el propio corazón de Lope de Vega en aquellas fechas. Triunfaban en los PIE DE FOTOescenarios sus discípulos y sus comedias comenzaban a aburrir, exigiendo de él un esfuerzo titánico para su avanzada edad. Todavía le quedaba por dar a las tablas alguna de sus obras maestras, como “El castigo sin venganza”, pero Lope trataba de zafarse de la tiranía escénica, con sus requerimientos de producción apremiantes y el juicio instantáneo e inapelable de espectadores ávidos de emociones renovadas. Se inclina hacia la lírica y novelas como “La Dorotea” que repasan sus grandes pasiones amorosas de juventud en un momento donde el fuego del entusiasmo por el teatro y el ímpetu amoroso se apagan irremisiblemente hasta quedar reducidos a despojos cada vez más fríos.

El oratorio con la gran imagen de Cristo crucificado recuerda la más tortuosa lucha interior experimentada por el autor de “El caballero de Olmedo” y que Menéndez Pelayo quiso explicar como el conflicto de un fervoroso creyente que era a la vez un gran pecador. Definición liviana que no da cuenta de la profundidad de la borrascosa tormenta del alma de Lope zarandeada desde sus aspiraciones místicas hasta la más inconcebible bajeza en sus relaciones sexuales que alimentaban, a la par, un tremendo sentido de culpa. En los años que transcurre “Entre Marta y Lope”, ya había recibido las órdenes sacerdotales tras la muerte de su segunda esposa, Juana de Guardo, al dar a luz. Pero sus obligaciones sacerdotales no habían puesto freno a sus procaces aventuras sexuales hasta que conoce a Marta de Nevares, casada, treinta años más joven que él, hacia la que le arrastra una escandalosa pasión amorosa que trasgrede cualquier norma moral teniendo una hija con ella que intenta hacer pasar como descendencia del esposo y dando lugar a una furiosa querella con el marido de Marta que dio con él en la tumba. Marta de Nevares adoptará en la literatura de Lope los nombres de “Amarilis” y de “Marcia Leonarda”, cuyos cautivadores ojos color avellana se quedarán sin luz en la convivencia entre ambos, iniciada de un modo tan furibundo y traumático. En su correspondencia, él confiesa: “Yo estoy perdido…, y Dios sabe con qué sentimiento mío; porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo.”

En su ceguera, Marta de Nevares espía a Lope, sacudida por el despecho de las privaciones y los celos contra cualquier otra mujer, incluyendo la enclaustrada hija monja de su amante, frustrada por la adversidad y alentada por el amor ilustre al que ya no puede ver. La actriz Montse Díez interpreta puntualmente esas oscilaciones pasionales que se desmadejan en el comienzo de la locura y recobran su fuerza cuando su personaje se siente una creación del gran demiurgo que la ha seducido.

Gerardo Malla ha colocado una ventana al fondo de la estancia y un caballete con el retrato del duque de Sessa en primer término. Lope escucha a través de la ventana la tormenta que se avecina y trata de conjurarla implorando todo tipo de peticiones al impertérrito aristócrata en un lienzo que evoca los devastadores retratos de Francis Bacon sobre los depredadores del poder. De hecho, gran parte de “Entre Marta y Lope” se organiza en torno a las relaciones del artista frente al poder. Cruzan el escenario carnavalizados y esperpentizados Felipe IV o el Conde-Duque de Olivares -a quienes encarna un sarcástico César Diéguez-, que se suman al imperturbable y despiadado duque de Sessa, confidente y protector de Lope. “Entre Marta y Lope” plantea las conflictivas relaciones del creador con los poderosos en términos prácticamente contemporáneos. Lope se burla del rey, satiriza al Conde-Duque, desprecia al duque de Sessa, más en la actitud crítica del intelectual contemporáneo frente al poder político que en los auténticos vínculos de colaboración verdaderamente establecidos por el dramaturgo con los poderosos de su época. Lope de Vega ejercicio entusiásticamente las funciones de “celestina” en las aventuras sexuales del duque. En su obra apuntaló inclementemente las premisas ideológicas del orden nobiliario de la monarquía y recibió como contrapartida un gran portazo en las narices en sus aspiraciones a ser admitido en la Corte. Obtuvo poco menos que el rango de un criado ante los duques pese a desvivirse por satisfacer sus más mínimos deseos. Todo el respaldo como artista lo logró solo del pueblo, en los regocijados corrales de comedias.

Esta rectificación idealizadora de Lope de Vega en pleno siglo XXI constituye un incomprensible talón de Aquiles en la recreación biográfica de Lope. Es siempre muy difícil que un director de escena se dirija a sí mismo como actor. Y aquí un muy competente Gerardo Malla director da instrucciones a un Gerardo Malla actor que en el papel de Lope de Vega se muestra plano, sin brío, sin transiciones. Las grandes pasiones se recitan con el texto, pero no se ven. Ese mismo texto nos dibuja a un Fénix edulcorado, embellecido, desprovisto de las grandes y contradictorias aristas que hicieron de él un caso humano excepcional. Subrayar la grandeza de la obra creada no debería ser incompatible con ser veraz con la realidad humana de su autor, incluso en sus lacras.
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