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125 aniversario de su nacimiento

Biografía de José Ortega y Gasset

viernes 09 de mayo de 2008, 15:09h

El fundador de "El Imparcial", Eduardo Gasset y Artime, había contribuido a la sustitución de la monarquía Borbón por la de Amadeo de Saboya durante el Sexenio revolucionario, y había participado en la política de la nueva monarquía como ministro de Ultramar. Durante la Primera República, Eduardo Gasset había apostado por la forma monárquica pero se había opuesto a la Restauración borbónica.

Cuando ésta se produjo, se dedicó a hacer de "El Imparcial" un periódico moderno y de prestigio que marcaba algunas de las líneas políticas del liberalismo dinástico. Eduardo Gasset también había contribuido a la fundación de la Institución Libre de Enseñanza durante la segunda cuestión universitaria, por lo que la familia Gasset estaba muy vinculada a la egregia obra pedagógica que puso en marcha en la España del último cuarto del siglo XIX Francisco Giner de los Ríos.

Tras la muerte de Eduardo Gasset, al año siguiente de nacer su nieto José, el padre de éste, Ortega Munilla, asumió un papel muy relevante en la línea editorial del diario familiar, de la mano de su joven cuñado Rafael Gasset, y se convirtió en uno de los principales periodistas del momento y en un literato reconocido, lo que le llevaría a ocupar un sillón de la Real Academia Española. Se decía por aquel entonces que un artículo de Ortega Munilla podía tumbar un Gabinete.

Cuando Rafael Gasset entró en política, primero en los Gobiernos regeneracionistas que se constituyeron tras el Desastre de 1898 y luego desde las filas liberales con los principales jefes del partido, Ortega Munilla pasó a dirigir el periódico y también salió diputado en varias ocasiones por el distrito pontevedrés de Padrón.


El pequeño Pepito -como todos le llamaban- pudo vivir, por tanto, un ambiente muy especial, lleno de cultura y de actualidad política. Su casa era un hervidero de literatos y de políticos. Su familia representaba muy bien el modelo de esa nueva burguesía que había engendrado el progreso económico y la estabilidad política de la Restauración. El pequeño José aprendió pronto a leer y recibió la enseñanza primaria en el colegio cordobés de José del Río y Lavandera porque su familia se había desplazado a Córdoba para que su madre se repusiese de unas dolencias; más tarde fue enviado junto a sus hermanos Eduardo (el mayor) y Manuel (el menor) al colegio jesuita de Miraflores de El Palo, en Málaga, para cursar el Bachillerato, que terminó con muy buenas notas en 1897, mientras su hermana Rafaela permanecía con sus padres en Madrid.

Al año siguiente, Ortega comenzó sus estudios universitarios de Derecho y Filosofía en Deusto, pero sólo concluyó Filosofía, ya en Madrid, en 1902. La carrera de Derecho, a la que le había guiado su padre, era la que podía haber abierto a ese joven atento y listo las puertas de la política, pero aquel adolescente tenía ya claro que su proyecto de vida pasaba por dedicarse al estudio.



En 1904 se doctoró en Filosofía y al año siguiente se marchó a Alemania a “llenar unos tonelillos de idealismo”, con el que quería corregir el subjetivismo español. Entre esta fecha y 1911 pasará tres largas temporadas en Alemania, y recibirá varios cursos en las universidades de Leipzig, Berlín y Marburgo. En esta última, encontrará en 1906 ese idealismo objetivo cientifista que iba buscando. Hermann Cohen y Paul Natorp, grandes cabezas de la escuela neokantiana marburguesa, serán sus profesores allí y ejercerán una importante influencia sobre el pensamiento del joven español.

Entretanto, Ortega ha empezado a publicar en la prensa. Su primer artículo, una “Glosa” dedicada a “Ramón del Valle Inclán”, apareció el verano de 1902 en el Faro de Vigo. Dos años después empezará a publicar en el periódico de la familia, no sin que su padre ejerciera una férrea censura sobre aquellos artículos primerizos que ya mostraban el talento del escritor pronto consagrado como una de la plumas más bellas de la literatura española.


Aquellos primeros artículos literarios, dieron paso pronto, sin ser abandonados, a artículos de corte político. En 1907 encontramos a Ortega metido de lleno en disputas políticas y periodísticas, que le llevarán a polemizar con figuras tan relevantes como Miguel de Unamuno o Ramiro de Maeztu, o a debatir públicamente con el hijo del presidente del Gobierno, Gabriel Maura, sobre el perfil que debía adoptar el liberalismo, que Ortega entendía que debía ser más social y democrático. Muchas de estas ideas las lanzará Ortega desde las revistas Faro y Europa, que contribuye a fundar en 1908 y 1910, respectivamente.

En esta fecha, Ortega obtiene la cátedra de Metafísica de la Universidad Central de Madrid, tras un año ejerciendo la cátedra de Psicología, Lógica y Ética de la Escuela Superior del Magisterio.
Pocos meses después de obtener su cátedra se marcha nuevamente a Marburgo, ahora acompañado por su mujer, Rosa Spottorno. En Marburgo nacerá en 1911 su primer hijo, Miguel Germán. Luego vendrán Soledad y José.

Este último viaje de juventud a Alemania presenta un tono muy diferente al de los primeros. Ortega ha digerido ya el neokantismo e indaga nuevas formas de filosofar que le permitan entender mejor la realidad. El arte español y sus lecturas de literatura española (entre otros, Azorín y Baroja), como ha mostrado en su “Adán en el Paraíso” y otros artículos de estos años, le han hecho replantearse el idealismo objetivo neokantiano y entender que la subjetividad no es necesariamente un error, sino una perspectiva. En Marburgo conocerá ahora la fenomenología de Edmund Husserl, que será para él una enorme ayuda en su camino hacia una filosofía original, la cual se empieza a perfilar en su primer libro, las Meditaciones de El Quijote, que publica en edición de la Residencia de Estudiantes, cuidada por el poeta Juan Ramón Jiménez, en 1914.


Antonio Machado, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala


Que su primer libro aparezca en la Residencia que dirige su amigo Alberto Jiménez Fraud no es casualidad, porque desde su fundación en 1910 Ortega colabora estrechamente en este proyecto educativo tan ligado a la pedagogía de la Institución Libre de Enseñanza, y tan vinculado al proyecto europeizador de la generación que está naciendo a la vida pública a principios de siglo, de la que Ortega será el principal representante. No en vano, en las Meditaciones de El Quijote, incluye algunos párrafos de su conferencia “Vieja y nueva política”, con la que en marzo de 1914 había presentado la Liga de Educación Política Española, que reunía a lo más granado de la nueva generación, la cual quería romper con los viejos moldes de la Restauración y del turno pacífico de partidos en el poder. Frente a esa vieja España, deseaban una España nueva, más europeizada, más liberal y más democrática, es decir, menos dominada por el caciquismo.

La obra de la Liga de Educación Política se diluirá pronto, pero de ella nacerá la revista España, que Ortega dirige durante 1915. Una revista moderna que refleja muy bien los ideales de la Generación del 14.

Se aproximará Ortega también en estos años al Partido Republicano Reformista de Melquíades Álvarez, pero pronto se desilusionará de la política activa, e intentará recluirse en una revista unipersonal, El Espectador, desde la que meditar sobre todos los temas que pasan por su retina: el arte, el hombre, el amor, el paisaje... No podrá cumplir el propósito inicial de publicar un número cada dos meses, pero sí acabará editando ocho volúmenes que contienen algunas de las más bellas y más profundas páginas de su obra.


En 1913, Ortega había tenido que abandonar El Imparcial por sus críticas al Partido Liberal, del que su tío Rafael Gasset era, como queda dicho, uno de los principales cabecillas. A aquel joven sólo se le había ocurrido calificar de “estorbo nacional” al partido de los herederos de Sagasta. Volverá a trabajar para su casa solariega en 1917, mientras un moderno empresario, Nicolás María de Urgoiti, pretende hacerse con las riendas del diario, pero un artículo de Ortega, que describe la situación política como un panorama fantasmagórico “bajo el arco en ruina” en aquel conflictivo verano de 1917, echará al traste el intento de reconvertir El Imparcial a una política más a la izquierda del Partido Liberal. De la frustración de este proyecto nacerá el periódico El Sol en el que Ortega vertirá casi toda su obra a partir de ese año, muchas veces como anónima pluma editorial.

Ortega era ya en esas fechas un hombre muy reconocido, pero sus artículos en el nuevo diario elevarán aún más su fama. Junto al editorial político, el comentario literario, y junto a la disertación sobre cualquier aspecto humano, el breve ensayo filosófico. La enorme variedad de temas tratados por Ortega en El Sol darán muestra de la lucidez de una mente abierta a todo lo que estaba pasando en el mundo. Las páginas de El Sol verán nacer en forma de artículos muchos de los libros más famosos de Ortega: España invertebrada, El tema de nuestro tiempo, La deshumanización del arte, La rebelión de las masas...


José Ortega y Gasset y Gary Cooper


Ortega se convierte, junto a Unamuno, en el intelectual más respectado de España. Sus artículos políticos diseccionan la crisis de la Restauración y más tarde la Dictadura de Primo de Rivera, al tiempo que en ellos encontramos infinidad de propuestas innovadoras, como la de incentivar el papel del Estado en beneficio de las clases más desfavorecidas u organizar territorialmente España en un Estado autonómico. Sus textos literarios presentan muchas de las novedades que se estaban publicando en Europa y meditan sobre el arte nuevo. Sus análisis sociológicos analizan la sociedad de masas que estaba emergiendo en su época. Y sus artículos filosóficos muestran al Ortega más original, capaz de construir una de las metafísicas más atractivas del siglo XX, primero desde su concepto de la razón vital y más tarde desde el desarrollo de ésta como razón histórica.

Muchas de estas ideas, lo que Ortega llamaba una nueva sensibilidad, las había empezado a exponer el filósofo en Argentina, donde acude en 1916 y en 1928. El filósofo es recibido allí como un gran sabio que representa a una nueva España, aunque algunos les cueste entenderlo. Ya durante 1911 y 1912 había colaborado con el diario bonaerense La Prensa y desde 1923 sus artículos aparecían con notable frecuencia en La Nación. Ese mismo año había fundado la Revista de Occidente, que también tendrá una presencia constante en Iberoamérica, y que pronto se convirtió en una de las revistas culturales más prestigiosas del mundo. Por sus páginas pasarán algunos de los principales literatos, científicos y filósofos españoles y foráneos desde su nacimiento hasta que la guerra civil la convirtió en un muerto más entre tantos inocentes.


A finales de los años Veinte, Ortega era ya, como dirá su amigo y discípulo Fernando Vela, todo un “acontecimiento”. A su regreso de Argentina en 1929 se encontró una España políticamente anquilosada en la Dictadura de Primo de Rivera sin que se previera ningún futuro aceptable a la vista. Muchos de sus discípulos le pedían que alzara su voz contra la Dictadura y que se declarase republicano, pero Ortega hacía años que había perdido el interés por la lucha política directa, aunque nunca había dejado de intentar influir con sus ideas en la marcha de la política española. Mas la represión que la Dictadura ejerció contra los estudiantes en la primavera de 1929, le llevó junto a otros profesores a dimitir de su cátedra y a continuar el curso iniciado en la Universidad Central fuera de ésta.

Primero lo acogió la Sala Rex, pero se quedó pequeña por el interés que la sociedad madrileña de aquellos años mostraba para escuchar a un hombre hablar de metafísica; Ortega se trasladó al Teatro Infanta Isabel, donde casi mil personas seguían semanalmente sus clases, una de las primeras exposiciones sistemáticas de su filosofía raciovitalista bajo el título de “¿Qué es filosofía?”.

El compromiso político de Ortega no pasó de momento de ahí, pero los acontecimientos (el derrumbe de la Dictadura y la inoperancia de la Monarquía) le llevaron a expresarse con mayor contundencia y ya en 1930 publicó un artículo que removió las estructuras del viejo régimen canovista: “El error Berenguer”. Decía Ortega que no es que el presidente del Gobierno, el general Dámaso Berenguer, hubiera cometido errores, sino que el Gabinete era un error en sí mismo, pues no quedaba otra vía que destruir la Monarquía y dar paso a la República.


Ortega fundó entonces la Agrupación al Servicio de la República, que contribuyó notablemente al ambiente que hizo posible que tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, el día 14 se proclamase la República. Ortega transformó la Agrupación en un pequeño partido y se presentó a las elecciones. Junto al resto de diputados de la Agrupación intentó, con más o menos éxito, hacer oír su voz en las Cortes Constituyentes. Fundamentalmente quiso evitar todo tono radical en la Constitución y en la obra política del Gobierno, y se esforzó mucho por hacer comprender que no tenía sentido convertir a España en un Estado federal, aunque sí, como venía defendiendo desde hacía muchos años, transformar la organización territorial en un Estado autonómico.

El desencanto con el tono que iba tomando la política republicana le hizo intentar primero fundar un Partido Nacional y más tarde, ante el fracaso de este proyecto, abandonar en 1932 toda actividad política, aunque todavía en 1933 cuando la Confederación Española de Derechas Autónomas ganó las elecciones elevó su voz para pedir claridad a las derechas y gritar ¡viva la República! ante el riesgo cierto de que la CEDA pudiera dar un giro antirrepublicano a la República.

Mas Ortega ya estaba desencantado con la vida pública y había dejado de jugar el papel de intelectual comprometido con el devenir de la política de su tiempo que había ejercido desde principios de siglo. En estos años quiso perfilar su filosofía y emprender lo que él mismo llamaba una “segunda navegación”, que le permitiría sistematizar su metafísica. Muchos de los textos de mayor enjundia filosófica de Ortega son de estos años republicanos: “Guillermo Dilthey y la idea de la vida”, En torno a Galileo, Meditación de la técnica, Lecciones de Metafísica, Ideas y creencias, Historia como sistema, algunos de ellos nacidos de cursos universitarios que seguían inéditos a su muerte.


La guerra civil truncó esta segunda navegación. Ortega se vio obligado a deambular por el mundo durante muchos años, en condiciones físicas y económicas lamentables. En Francia pasó casi toda la guerra civil tras conseguir huir de Madrid en agosto de 1936. Al acabar la guerra y ante la previsión de que estallase, como así fue, la guerra en Europa se marchó a Argentina. En el país que también le había recibido en sus dos visitas anteriores, no encontró ahora el ambiente agradable y reconfortante de antaño, y ninguno de los proyectos que intentó poner en marcha salieron adelante: ni Espasa-Calpe, para la que tanto había trabajado en España, le facilitó el dinero que le permitiera crear un instituto independiente, ni la universidad bonaerense le ofreció la cátedra que tanto hubiera rendido a las jóvenes generaciones argentinas.

Ortega se vio obligado a vivir de algunos cursos y conferencias y de sus artículos en La Nación, de la que tampoco recibió el trato esperado. A pesar de las malas circunstancias, Ortega dio a las prensas durante estos años algunos textos muy relevantes para entender su obra y ofreció a sus oyentes argentinos el nuevo rumbo que emprendía su filosofía raciovitalista bajo el nuevo enfoque de la razón histórica.

Cansado del ambiente argentino, Ortega decidió regresar a Europa en 1942 y se instaló con su mujer, que siempre lo había acompañado, en Portugal, donde sus hijos podían visitarlo más fácilmente. En 1945 decidió volver a cruzar la frontera española aunque sabía que su ambigüedad respecto al franquismo, al que nunca había dado un apoyo claro, era muy mal vista por amplios sectores del régimen, especialmente por la prensa católica, que no le perdonaba su declarado acatolicismo ni sus supuestos errores políticos.


José Ortega y Gasset con un grupo de alumnas. Entre ellas María Zambrano, la segunda por la izquierda


No obstante, Ortega creyó que se podía hacer algo desde el interior de España para proseguir el proyecto modernizador que había iniciado a principios de siglo, y eso a pesar de que no se le permitió volver a publicar la Revista de Occidente aunque sí editar libros a través de la editorial del mismo nombre, que ya funcionaba desde mediados de los años Veinte. El filósofo aceptó reinaugurar el Ateneo de Madrid, con una conferencia sobre la idea de teatro, y más tarde puso en marcha junto a su discípulo Julián Marías el Instituto de Humanidades, en el que a finales de la década de los Cuarenta impartió un curso sobre la interpretación de la historial universal del historiador británico Arnold Toynbee y sobre El hombre y la gente, que era un tema en el que venía trabajando desde los años Treinta, y sobre el que quería dar a la imprenta un libro con el mismo título, aunque a su muerte todavía permanecía inédito.

El ambiente hostil que encontró en España le decepcionó profundamente y clausuró todas las iniciativas previstas, aunque seguía pasando largar temporadas, sobre todo veraniegas, en su país. Simbólicamente siempre quiso que su residencia oficial fuese Lisboa.


Raúl Porras con José Ortega y Gasset


Desde finales de los años Cuarenta Ortega viajó mucho fuera de España para impartir cursos y conferencias y recibir varios doctorados honoris causa. Su prestigio era muy grande fuera de nuestras fronteras y algunos de sus libros eran auténticos bestseller en Estados Unidos y en Alemania. En ambos países pronunció varias de sus últimas y más importantes conferencias, algunas con ocasión del bicentenario de Goethe. En sus discursos, Ortega seguía exponiendo su original metafísica y clamando por la unidad de Europa, como hizo en el desvencijado Berlín en 1949, al tiempo que trabajaba intensamente en varios libros, que todavía permanecían inéditos a su muerte, como La idea de principio en Leibniz.

En el verano de 1955 empezó a encontrarse indispuesto, y su propio hijo Miguel fue quien le diagnóstico un cáncer de estómago, que acabaría con su vida el 18 de octubre de 1955.

Javier Zamora Bonilla

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