El Teatro Real ha acogido este martes el exitoso estreno mundial de la ópera de Charles Wuorinen, Brokeback Mountain, con libreto de la propia autora del relato homónimo en el que se basa, Annie Proulx. Por Alicia Huerta
El de anoche en el Real, era un estreno esperado en todo el mundo. Especial, por muchas y variadas razones. La primera y más obvia, por supuesto, provenía del hecho de tratarse de una ópera nueva, desconocida, aún por descubrir. Y la presencia de su compositor en la sala, sentado junto a la autora del liberto,
Annie Proulx, es algo poco frecuente en el mundo de la lírica, por razones evidentes. Nos gusta saber cómo se acogió el estreno de esas míticas óperas por todos conocidas, pero sólo podemos llegar a imaginar el recibimiento que se hizo al último trabajo de un compositor a través de las crónicas de la época, si las hubo, o, como mucho, por las cartas que después escribieron estos a sus allegados. Este martes, sin embargo, Wuorinen y Proulx, asistían discretos al veredicto de la crítica y del respetable.
Dos premios Pullitzer – el compositor en 1970, por la obra electrónica Time’s Economium; la escritora, por su novela The Shipping News en 1993 – aguardando la reacción del público madrileño, al que, por otra parte, estos días se le venía “pintando” de conservador, poco amigo de “los inventos de Mortier”. Presente, por cierto, también este último - a pesar de su delicado estado de salud - como máximo responsable de que esta historia de amor imposible haya llegado a un mundo, el de la ópera, que tantas veces relata, precisamente, amores desafortunados, prohibidos, abocados al fracaso. Pero, al fin y al cabo, los que nos hacen emocionarnos.
Con independencia de que los enamorados pertenezcan a distintas clases sociales, a familias enfrentadas por rencillas de años, a clanes rivales, a países en guerra, a antagonistas divinidades. Es en la fuerza del amor que les ha unido - muchas veces sin esperarlo, la mayoría sin desearlo - justo donde radica la intensidad de esas historias que acaban en los escenarios para deleite de todos. Pero,
¿también si los enamorados son del mismo sexo? La respuesta a esta pregunta era otro de los motivos de la expectación creada. El fantasma del prejuicio sobrevolaba anoche el teatro de la Plaza de Oriente. Pero fue finalmente ahuyentado por los aplausos unánimes que recibieron en el escenario Wuorinen y Proulx, dos horas después de que se hubieran apagado las luces para que toda la atención se centrara en un escenario totalmente blanco que, sin telón, aguardaba al público – entre el que se encontraban 14 directores de teatros de ópera de todo el mundo - y a la multitudinaria representación de la prensa nacional e internacional; sobre todo, norteamericana. Y, aunque el director de escena
Ivo van Hove había declarado que decidió desde el principio no competir con la famosa película de Ang Lee, la acción empezó a transcurrir con la coherencia y la magia de un buen filme. Un western, claro. Pero sí, huyendo de la ficción sentimental que presentó el director taiwanés – y que no gustó demasiado a Proulx –, para centrarse con realismo en lo agreste del paisaje que alberga lo que es, sin paliativos, una tragedia. El figurinista polaco
Wojciech Dziedzic acertaba de plano con un reformado vestuario clásico de cowboys. Igual que lo hacía
Tal Yarden con las cuidadas imágenes proyectadas en la pantalla panorámica de ese fondo blanco para, ayudado por la efectiva iluminación de
Jan Versweyveld, llevarnos sin más demora a la maldita montaña de Wyoming, “hoja de cuchillo que emerge de la tierra”, que une – para su felicidad y su desgracia –
a Jack Twist y a Ennis del Mar.
Dos personajes complejos definidos por una portentosa dramaturgia, así como bien interpretados por el tenor estadounidense
Tom Randle y, en especial, por el bajo-barítono canadiense
Daniel Okulitch, convincente en su confusión, en sus prejuicios, en su dolor. Incansable en sus emociones e impecable en su interpretación. Aclamados ambos artistas al final de la velada por el público al que habían ido conquistando. Randle, con su Jack sensible, dispuesto a todo con tal de estar con la persona amada, chocando incesante contra el realismo de Ennis, sabedor – aunque después le pese – de que en el Wyoming de los años sesenta dos hombres no se van a vivir solos a un rancho sin pagar por ello. Incluso con la vida. “No sabes lo que la gente normal puede hacer a la que no lo es”, advierte Ennis a Jack. No sólo allí, no sólo entonces. Sigue ocurriendo todavía en algunas partes del mundo, como recordaba Gerard Mortier en la presentación de la obra el pasado lunes. Era precisamente por esto por lo que había que hacer esta ópera, dijo entonces el asesor artístico del coliseo madrileño, declarándose emocionado si con ella podía convencer al público o, al menos – se conformaba – lograr una actitud más tolerante. Misión cumplida en el estreno de Madrid. Nadie pareció encontrar anoche excusas para el abucheo.

No puede haberlas, en todo caso, cuando aquello que sube a un escenario reúne la exquisitez del trabajo bien hecho, las piezas encajan y la sutileza destierra la posibilidad de incomodar a nadie. A Mortier le gustan los debates, pero parece que en esta ocasión ni siquiera va a dar lugar a que se abran. No, al menos, entre quienes acudan con mente despejada para comprobar en persona lo que acontece en el escenario durante dos horas, sin entreactos, que no se hacen largas. La intensidad preside, asimismo, las notas de Wourinen, quien bebe, sí, de Schönberg, pero no se atraganta, demasiado. La Orquesta Titular del Teatro Real,
Orquesta Sinfónica de Madrid, a las órdenes del elegante y preciso Titus Engel, ejecutó con seguridad la partitura para que también ellos, músicos y maestro, se llevaran los merecidos aplausos. Anoche, nadie se quedó sin aplausos. Los más intensos, como se ha dicho, dirigidos a los protagonistas – Wourinen, Proulx, Okulitch y Randle –, pero sin que faltaran los correspondientes al resto del reparto:
Heather Buck, en el rol de Alma, la mujer de Ennis;
Hannah Esther Minutillo, por su interpretación de Lureen, la esposa de Jack;
Ethan Herschenfeld (Aguirre y padre de Lureen);
Ryan MacPherson y, especialmente premiada, la mezzosoprano estadounidense
Jane Henschel, dando voz y vida a la madre de Jack en la penúltima y conmovedora escena que tiene lugar en la casa familiar del vaquero soñador. Justo antes de la escena final, cuando todo termina, porque Jack ya no está y Ennis entiende, demasiado tarde, que durante toda su vida únicamente amó - aunque no lo entendiera, ni lo quisiera - a otro hombre. Como él.