Gérard Mortier, una vida dedicada a la ópera
domingo 09 de marzo de 2014, 13:11h
Gérard Mortier falleció anoche en Bruselas, rodeado de sus familiares y amigos, después de casi un año de lucha cruenta contra el cáncer de páncreas del que fue operado el pasado verano y que le obligó a apartarse de la pasión con la que, hasta entonces, ejercía su cargo de director artístico del Teatro Real. Cuando en 2008 llegó a Madrid, Mortier dejó bien claro cuál era su principal intención. Había que acercar la ópera al público, “darle la vuelta al Real”, porque lo primero que le llamaba la atención era que la entrada principal del coliseo madrileño estuviera frente al Palacio de Oriente, “dando la espalda” a la popular Plaza de Isabel II, conocida por los madrileños, simplemente, como Ópera. Iniciaba así en Madrid la denominada era Mortier. Su fama de enfant terrible de la ópera, le precedía. Era, en realidad, su carta de presentación. Desde el Festival de Salzburgo a París, donde su controvertida personalidad y su forma de concebir las programaciones le granjearon admiradores y, por supuesto, enemigos. Muchos. Porque el director belga siempre aseguró – y fue fiel a ello – que no le asustaban las polémicas. Al contrario, era en la controversia donde debía moverse el teatro lírico, creando opinión, aunque fuera desde el rechazo. Ese era su lema. Y no renunció a él, aunque supiera que se le odiaba por ello.
Hoy, cuando Gérard Mortier ya no está, pocos pueden negar que su aportación a la ópera en Madrid ha sido inmensa. Él estaba convencido de que el teatro – más aún, si se trataba de uno público –, no podía limitarse a ofrecer simple entretenimiento, sino que tenía que formar, enseñar, obligar a reflexionar. Incluso, llevar a parte del público a sentirse molesto y, en consecuencia, a indagar sobre las razones de su desagrado. Personalmente, siempre estuve de acuerdo en lo que Mortier solía recomendar al público – y, por supuesto, también a los periodistas durante las ruedas de prensa – en relación a la ópera en concreto que estuviera a punto de estrenarse en aquel momento. En su creencia, solo estudiando, aunque fuera de forma somera, una obra, podría disfrutarse con plenitud de ella. No es lo mismo, cuando sabes en qué condiciones se compuso, el espíritu de la época en la que se estreno o las razones del director de escena de la producción en cuestión para ambientarla en tiempo o lugar diversos. Mortier, además, retaba a abrir la mente. A dejar los prejuicios en casa, en el taxi, en el parking. En definitiva, en la calle. Fuera del teatro.
El legado que deja a su sucesor, Joan Matabosch, es el de un teatro reconocido a nivel internacional, con una orquesta y, sobre todo, un coro, que se mira, desde dentro y desde fuera, con una admiración antes impensable. Porque si en algo no defraudó el director belga fue en la calidad de las producciones, propias o ajenas, que se subían al escenario lírico madrileño. Aunque las obras fuesen del gusto de pocos o su puesta en escena “clamase al cielo”, lo normal era que la calidad propiamente dicha no pudiera ser criticada. Tampoco, la de los intérpretes, a pesar de que uno de los “peros” que se le pusieron siempre a Mortier fue el de que no confiaba lo suficiente en cantantes españoles. Él solía argumentar que no era cierto y que, en todo caso, la calidad no podía regirse por criterios de nacionalidad. Aseguraba, por otra parte, que en sus programaciones siempre se regía por un criterio de equilibrio: que en cada temporada hubiera obras para complacer a todos los gustos. Lo cierto es que para la primera temporada programada en exclusiva por él, hubo una disminución en el número de abonos y en los mentideros “puccinianos” se auguró un apocalipsis de butacas vacías y taquillas desoladas. No fue así. El Real continuó llenándose con una ocupación cercana al 95%, el dinero público recortado por la crisis se vio cubierto por un apasionado patrocinio y el público que dejó sus asientos se vio inmediatamente “sustituido” por espectadores más jóvenes. También, por muchos aficionados extranjeros, que hace años jamás se habrían planteado viajar a Madrid para asistir al estreno mundial de una ópera, como hace pocas semanas ocurrió con ocasión de Brokeback Mountain.
En la última rueda de prensa celebrada en el Real para presentar la ópera de Gluck, Alceste, Gérard Mortier excusaba su asistencia, por motivos de salud, a través de una carta en la que aseguraba que “Presentar Alceste no es fácil, porque ya no se entiende que una persona quiera dar la vida por otro”. Se despedía con el deseo de poder asistir a alguna de las representaciones de esa obra intensa, que llegaba por primera vez a nuestro país casi 250 años después de su creación. Otro logro de Mortier. Por desgracia, no pudo verlo.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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