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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

'El arte de la entrevista', de Juan Mayorga: el pasado abierto

domingo 16 de marzo de 2014, 18:38h
Juan Mayorga, uno de nuestros autores más consolidados, sigue trazando en sus lúcidos dramas el retrato de las sociedades del siglo XXI, explorando sus contradicciones y conflictos íntimos. Desacuerdos con nosotros mismos sobre los que evitamos meditar y que el escenario nos replantea de modo ineludible.
“El arte de la entrevista”, de Juan Mayorga
Director de escena: Juan José Afonso
Escenografía: Elisa Sanz
Intérpretes: Alicia Hermida, Luisa Martín, Elena Rivera y Ramón Esquinas
Lugar de representación: Teatro María Guerrero. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Una cosa es mantener una conversación íntima con un familiar y otra entrevistar a alguien célebre o al menos al protagonista de algún acontecimiento. Esa era una distinción que estaba clara hace poco más de una década. Ahora ya no. La cámara ha perdido su rango institucional y se ha involucrado en la vida privada del individuo, de la familia, del círculo de amistades, y las voces e imágenes captadas en esa esfera íntima pueden convertirse, en un instante, en un consumo público, universal y anónimo, por la red de internet y a través de la infinidad de pantallas de ordenador, notebook, tablet, telefonía móvil, que proliferan sin límites aparentes. ¿Qué ocurriría si la íntima conversación familiar se transformase, por el contrario, en una entrevista hecha por unos familiares a otros, con la opción de poner la antigua privacidad en una circulación universal? Esto es lo que sucede en “El arte de la entrevista”, último drama estrenado por Juan Mayorga, donde la llegada fortuita de una cámara digital subvierte profundamente la estructura privada de la familia sin que los protagonistas sean plenamente conscientes de la revolución que están experimentando.

PIE DE FOTOTres generaciones femeninas, más un intruso masculino que ayuda a la abuela en sus ejercicios contra el alzheimer, a los que habría que añadir un quinto personaje constituido precisamente por ese ojo mecánico de la cámara que Cecilia, la más joven, introduce en la casa para efectuar un trabajo escolar de realizar una entrevista. Lo que a primera vista parece una pequeña máquina inocua, se revela muy pronto como un arma cruel. Tal como el propio Mayorga ha señalado con acierto: “Una entrevista es una navaja.” En cierta forma, la entrevista es un derivado civilizado del interrogatorio que en sus orígenes empleó los instrumentos más despiadados de tortura para extraer las confesiones de la víctima. Algo de esa agresión desalmada queda todavía patente en las entrevistas perpetradas por la telebasura. Pero el género de la entrevista sutil y elaborada conserva de aquella antigua relación entre el reo y su torturador ese momento en el que el duelo verbal, en apariencia cortés, da paso a una confesión inesperada que abre en canal la imagen pública que desea preservar el entrevistado. En “El arte de la entrevista” se denomina a ese instante “la grieta”. Solo las palabras por sí mismas actúan como una vieja herramienta de tortura lacerante, como un potro o una navaja que hiende y resquebraja la imagen creada de uno mismo y exhibe la entraña oculta, el secreto obstinadamente defendido. Y la cámara está allí para filmar y dar testimonio público de la intimidad violada.

PIE DE FOTOCecilia, en vez de confesiones privadas, emprende la tarea de llevar a cabo entrevistas a su entorno familiar con esa navaja en forma de cámara entre sus manos. Algo que moviliza de inmediato a los interpelados, quienes aprovechan para adueñarse de esa cámara de hoja afilada para entrevistar a los otros y rasgar sin pudor sus secretos. “El arte de la entrevista” desencadena así un juego de estrategas en el que cada personaje establece una alianza táctica con la cámara y lanza con buenas formas la cuchillada dialéctica que extraiga los secretos de los demás con la amenaza de convertirlos en revelaciones públicas para el escándalo y el deleite generalizados. Para la joven Cecilia, interpretada con una sólida naturalidad por Elena Rivera, las entrevistas no dejan de tener un carácter lúdico orientado a reconstruir su novela familiar, marcada por la ausencia de figuras paternas. Luisa Martín, que encarna a su madre Paula, construye el personaje de la mujer profesional y fuerte, quizá educada en la época de la Transición, que sabe sobreponerse a sus heridas emocionales e imponer una ética de la responsabilidad en un ambiente que percibe frágil, comenzando por su exmarido ausente que nunca superó las idolatrías de la adolescencia y sus dilemas edípicos. Frente a ellas, una excepcional Alicia Hermida, a quien hace muy poco vimos en escena en el registro de la comicidad absurda y optimista de Miguel Mihura, elabora ahora el laberíntico mundo interior de la abuela Rosa, formada en el impuesto silencio femenino de la época franquista.

PIE DE FOTOSu confesión ante la cámara es la más llamativa y portadora de un contenido melodrámatico. Un extraño suceso, un secreto guardado durante más de medio siglo, unos sentimientos custodiados bajo control década tras década, quedan fielmente registrados en el ojo digital de la cámara en ese “collage” de entrevistas que se han superpuesto en el idílico jardín de su casa. Pero la precisión tecnológica con que se graba esa “grieta” no resuelve su problema humano último: su veracidad. Mauricio, el único personaje masculino -pareciera un fantasma de los esposos incompetentes y desaparecidos, que ahora volviese con la buena voluntad que desean las tres mujeres protagonistas-, no puede ayudar a establecer la fiabilidad del recuerdo de Rosa. El pasado y el recuerdo también se configuran con esa mixtura de experiencia e imaginación que articula la vida humana, como Juan Mayorga ya constatase en “El chico de la última fila”. ¿La confesión de Rosa es verídica? ¿Se trata de un terrible drama que ha debido sobrellevar sin apoyo alguno? ¿Es una fantasmagoría creada en la soledad y tomada como verdadera en el ocaso de su vida? ¿Si fuera auténtica, es legítimo ponerla en una circulación universal?

Como es habitual en sus profundos planteamientos, las piezas de Juan Mayorga nos hacen mirar cara a cara a nuestras paradojas, a nuestras más intrincadas contracciones. En una época en la que se protesta, con razón, contra los excesos de la cibervigilancia, crece un perverso narcisismo que nos lleva a exhibir sin pudor a la mirada global nuestra más privada intimidad. En una sociedad hiperconsciente de su propia historia, hemos de asumir que el pasado no está cerrado de modo incontrovertible, sino abierto a una memoria discutible, inconclusa, sometida a la duda y el error humanos exactamente en la misma medida en la que lo está nuestro futuro.
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