Con éxito se saldó este jueves en el Teatro Real, el estreno de la ópera de Wagner, Lohengrin, bajo la dirección escénica de Lukas Hembel y la musical, a cargo de Hartmut Haenchen. Se trata de una nueva producción del coliseo madrileño que fue concebida por Gerard Mortier, a cuya memoria están dedicadas las trece funciones que podrán verse en la capital durante este mes de abril.

Los responsables de la producción estrenada anoche en la capital, partían de una premisa muy concreta a la hora de poner en pie este ambicioso proyecto de un
Lohengrin, que – según era su deseo - pudiera aspirar a complacer al propio
Richard Wagner, quien, al parecer, nunca estuvo satisfecho con las representaciones a las que asistió. De modo que, como explicaba el director de escena Lukas Hembel días atrás, el equipo había trabajado con el objetivo de que todo se hiciera siguiendo lo más posible las indicaciones que el genial compositor alemán dejó escritas sobre su ópera romántica en tres actos inspirada en la leyenda de Lohengrin, hijo de Parsifal. Y lo cierto es que son muchos los documentos, cartas o anotaciones que Wagner envió a amigos y colaboradores desde su exilio en Suiza, a donde había tenido que huir para escapar a las consecuencias de su intervención en los levantamientos revolucionarios de 1848, en Dresde. Gracias a la intervención de
Franz Liszt, la sexta ópera de Wagner pudo estrenarse en Weimar en agosto de 1850. Por supuesto, aún sin la presencia del compositor, quien finalmente pudo asistir a una representación de la misma once años más tarde, en Viena. Para este Lohengrin del Real, resultaba fundamental, asimismo, tener en cuenta el hecho de que Wagner no sólo era el compositor, sino también el libretista, al objeto de crear un concepto unitario de su obra. Y a tenor de lo visto en el estreno de este jueves, queda claro que en esta producción de Lohengrin se logra un eficaz equilibrio entre la música y la narración dramática.
Así, la dirección actoral y la musical logran una coincidencia ideal, que es, en definitiva, la compleja esencia que demuestra que una obra se encuentra sustentada en unos pilares tremendamente sólidos. Y bien trabajados. Cada expresión, cada movimiento o detalle están cuidados al milímetro para que coincidan con su texto correspondiente, con las notas que lo acompañan. Unas notas que, por otra parte, han hecho que fuera la Orquesta Titular del Teatro Real, dirigida por el maestro alemán Haenchen, la que anoche se llevará los aplausos y las aclamaciones de bravo más entusiastas de un público que se había entregado a la calidad de la producción desde el principio. Porque esos primeros minutos ya anunciaban el grado de elegante y mesurado efectismo que iba a estar presente en la obra. La oscuridad más absoluta - iluminada tan solo por el puntero de la batuta de Haenchen y dos sutiles proyecciones sobre los palcos laterales desvelando que, en el foso, la música no sonaba por arte de magia - protagonizaba el inicio de la representación. El bello preludio del primer acto iba avanzando, mientras “volvía” la luz y se levantaba el telón – últimamente tan poco utilizado –, para descubrir una escena ocupada íntegramente por la oscura y rugosa escultura del escenógrafo y escultor alemán
Alexander Polzin. Esta estructura, que recordaba el interior de una mina, habría de albergar la completa acción de la ópera, como si de un espacio cerrado, un mundo irreconocible, se tratara. Capaz de mezclar leyendas mitológicas con pasiones tan humanas, que están más allá de cualquier tiempo y lugar. Fuera de la ciudad de Amberes del siglo XX, pero también de nuestros días o de cualquier otra posible época o localización que podamos reconocer.

A pesar de que la escenografía así concebida pudiera, en diversos momentos, resultar demasiado estática, los juegos de luces, a cargo de Urs Schönebaum, y la propia dirección actoral – que no el vestuario, incomprensible e ineficaz - acababan convenciendo de que, en realidad, daba igual dónde o cuándo se estuviera acusando injustamente a una mujer inocente, Elsa von Brabant, de haber asesinado a su propio hermano. La dulce Elsa, que, convencida de su inocencia acepta someterse a la ordalía y que, in extremis, halla la salvación en un amor que, como todos los amores, habría de sobrevivir a más de una prueba. Por supuesto, en la obra de Wagner basada en la leyenda del Caballero del Cisne, no se trata de una prueba baladí. Porque en Lohengrin hallamos los arquetipos del romanticismo: la fatalidad trágica, la dialéctica entre lo divino y lo humano o la contraposición del paganismo al cristianismo. Pero, sobre todo, encontramos los dilemas pasionales tantas veces imposibles de refrenar y que, en un instante, nos pueden llevar de lo más alto a lo más bajo, de la dicha a la profunda desesperación, de la total entrega a la desconfianza más absoluta. Y aunque Lohengrin anhele un amor incondicional, él es el primero que pone condiciones. Salvará a Elsa del Juicio de Dios y del resto de las intrigas urdidas por
Telramund y su esposa Ortrud, sólo si ella jura que jamás le preguntará su nombre ni querrá saber de dónde viene. Se acaba de verter el perfecto caldo de cultivo para que la malvada hechicera Ortrud haga germinar las dudas en Elsa, ya que únicamente ella, realizando las preguntas prohibidas, puede conseguir – sin quererlo - echar al desconocido héroe que ha venido a arruinar los planes de sus enemigos. Serán, por tanto, las dos parejas, una de luz y la otra de oscuridad, las que libren una batalla en la que también compiten esas otras pasiones que son las creencias religiosas.
La soprano estadounidense Catherine Naglestad, que alternará su papel con Anne Schwanewilms, ha interpretado a una convincente Elsa – muy premiada por el público al final de la obra -, cuya personalidad se ha ido perfilando con nitidez a medida que avanzaba la acción, creciéndose en la poderosa confrontación del segundo acto con Ortrud, a quien ha dado vida Deborah Polaski. Lo mismo que en la escena fatal del tercer acto, cuando, finalmente, Elsa acaba siendo derrotada por la desconfianza o, simplemente, por el miedo a perder a su esposo. La eterna paradoja de desconfiar de quien pensamos que no confía lo suficiente en nosotros, como para revelarnos todo su pasado. Al misterioso caballero del Santo Grial, Lohengrin, lo ha interpretado con solvencia el tenor británico Christopher Ventris y ha sido la voz solista más aplaudida de la noche, dentro de un reparto que completaban el barítono alemán
Thomas Johannes Mayer, en el papel de Friedrich von Telramund, y el bajo.barítono Franz Hawlata interpretando al rey Heinrich. Junto a ellos, el otro protagonista esencial y soberbio de la obra y, por supuesto, de la noche ha sido el Coro Titular del Teatro Real que, con 92 cantantes, ha aprovechado muy bien la gran oportunidad que le brindaba esta ópera de Wagner para lucirse una vez más y recibir el aplauso unánime del público, por su reconocida calidad no sólo vocal, sino también interpretativa.