www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

teatro en el imparcial

[i]¡Ay, Carmela![/i], de Sanchis Sinisterra: retorno de un espectro deseado

domingo 20 de abril de 2014, 13:22h
El reconocimiento casi legendario de una obra que consagró en un ámbito popular a su autor, se convirtió paradójicamente en un obstáculo para su representación. Tras el formidable éxito en la década de los 80 y la excelente versión cinematográfica de Carlos Saura, “¡Ay, Carmela!” pasó a ser para unos un filme desvinculado de la pieza teatral que lo originó, o bien un título cuidadosamente leído. Hacía mucho tiempo que este drama de Sanchis Sinisterra requería volver a ser admirado en escena.
¡Ay, Carmela!, de José Sanchis Sinisterra
Director de escena: José Bornás
Escenografía: Alejandro Andújar
Intérpretes: Elisa Matilla y Jacobo Dicenta
Lugar de representación: Teatro Galileo de Madrid

Por RAFAEL FUENTES

La llegada fantasmal de Carmela después de su fusilamiento y su aparición a Paulino al comienzo de “’Ay, Carmela!” impresionan como las del espectro del padre de Hamlet, solo que José Sanchis Sinisterra las ha despojado de todo su aparato gótico y tremebundo. Carmela sí puede hacer una descripción espeluznante del más allá pero como un erial yermo donde se ha extirpado cualquier sensación de vida, en vez de un lugar espantoso plagado de monstruosas torturas y de fuego eterno. Y esa sencilla evocación del vacío de la no existencia nos toca más profundamente y nos atemoriza más eficazmente que cualquier maquinaria retórica ideada para provocar terror. Después de haber sido acribillada por los balas de un pelotón de fusilamiento, el fantasma de Carmela vuelve al escenario de su última representación en vida con las emociones diluyéndose en el aire. Ya apenas puede sentir alegría, deseo, ira, tampoco miedo ni ansias de venganza. Algo que alienta el apetito de justicia entre el público frente al crimen cometido.

Carmela y Paulino son dos actores que llevan el Teatro Fronterizo de Sanchis Sinisterra, totalmente configurado en “Ñaque”, a situarse bajo los efectos de la Guerra Civil española. Carmela y Paulino constituyen una compañía errante y mugrienta que deambula por España para diversión de un público cochambroso. Al igual que los dos actores que protagonizan “Ñaque”, ambos representan el contrapunto al teatro oficial y reconocido en las grandes ciudades. Con “Ñaque”, Sanchis Sinisterra reclamaba atención hacia el teatro del siglo XVII que no se hacía en los Corrales de Comedias donde se consagraban los grandes autores, ni menos aún en los majestuosos escenarios palaciegos, sino en las fiestas de los pueblos, en las aldeas de los caminos perdidos, en las afueras y arrabales de las ciudades. Los parias, los piojos del teatro, despreciados y a la vez necesitados por la población, que para Sanchis Sinisterra suponen el eslabón más auténtico e imprescindible de todo el arte dramático. “Bululú” si es solo un actor quien interpreta todos los papeles, “Ñaque” si son dos, y “Garnacha” si son tres actores, y así sucesivamente según la terminología clásica.

Carmela y Paulino forman, pues, un “Ñaque” del siglo XX, dos actores que representan innumerables personajes como cómicos de la legua, a años luz de los dramas de Jacinto Benavente, Eduardo Marquina, Jacinto Grau, Carlos Arniches, Valle-Inclán, Jardiel Poncela o García Lorca, del teatro de éxito establecido en los grandes escenarios o los grandes textos que se proponían renovarlo. El “Ñaque” de Carmela y Paulino canta y baila las tonadillas populares que le solicitan los espectadores, hace trucos de magia, declama poemas o interpreta cortos sainetes de gusto deplorable y se aviene a hacer cualquier cosa que halague el gusto de su público. En un día de densa niebla, en plena contienda, Carmela y Paulino traspasan por equivocación la línea del frente, abandonando inadvertidamente la zona republicana y adentrándose en un territorio recién conquistado por el ejército franquista, cuyas tropas les exigen de inmediato una representación. Sanchis Sinisterra lleva a cabo una honda mirada piadosa y admirativa sobre esos desheredados del teatro, de los que nos revela cualidades insospechadamente profundas. En Carmela el sentido de la dignidad humana en las circunstancias más adversas. Sería un error considerarla algo similar a un artista comprometido, pues carece de preparación y cultura para cualquier reflexión de esa índole. Más que comprometida políticamente con el pueblo, es el pueblo mismo y su gesto heroico no nace de una idea política sino de sentimientos humanos tan elementales -e imprescindibles- como el instinto maternal o la capacidad de empatía con los que sufren como reacción a la barbarie.

Paulino actúa doblegándose sin decoro ante la autoridad o el poder, pero tras esa máscara que se pone frente a un mundo hostil con tal de sobrevivir, posee la fuerza de la gran magia escénica, como el Próspero de “La tempestad”, de Shakespeare, el talento de evocar a los espectros que se convierten en personajes teatrales y absorben nuestra credulidad hasta tomarlos por más auténticos que los reales. En este caso, la sombra de Carmela y su rememoración de las horas preliminares a su muerte. Es decir, la propia obra “¡Ay, Carmela!” (No habría que descartar que aquí estuviera el origen de otra pieza magistral de Sanchis Sinisterra: “Próspero sueña Julieta”). En lo más humilde se descubre lo más excelso. Una reinterpretación de personajes de Shakespeare -el fantasma del padre de Hamlet, la magia de Próspero- con criterios heterodoxos de Samuel Beckett bajo el impecable estilo personal de José Sanchis Sinisterra, en una circunstancia inequívocamente española.

Un texto ya central de nuestra dramaturgia como éste requiere una intensa puesta en escena, para que solo dos personajes en un escenario prácticamente desnudo nos evoquen un teatro, una guerra, una época, un universo dramático que nos envuelva. Las representaciones iniciales en la década de 1980 reactivaron el prestigio de actores como Manuel Galiana, José Luis Gómez, Verónica Forqué, Kiti Manver o Natalia Dicenta. En el actual montaje, José Bornás dirige a Elisa Matilla y Jacobo Dicenta con exquisita y elegíaca poesía en las escenas en las que el espectro de Carmela vuelve para conversar con Paulino, pasajes en los que es insustituible una cadencia lírica. Otra cosa sucede en las escenas que recrean el último espectáculo de Carmela. Exigen un contraste de ritmo mucho más enérgico y veloz, mientras que aquí la dirección de José Bornás deja a la deriva el ímpetu de los actores, con una cadencia morosa que en numerosas ocasiones destroza el perfecto engranaje del texto dramático.

Escenas que precisan una danza ligera y firme, se alargan de forma lánguida amortiguando los recursos cómicos y sentimentales que la obra escrita ofrece y que no se materializan en el escenario. Los clímax y anticlímax se emborronan, la representación se prolonga innecesariamente y el relato se desdibuja y se torna confuso en instantes clave. Véase el momento en el que Carmela se implica emocionalmente con los prisioneros de las Brigadas Internacionales provocando su ejecución. Quizá la difusión de la película de Carlos Saura haya presionado para que ésta sea por un disparo en escena, en vez de una ejecución ante el pelotón de fusilamiento como sucede en el texto. Pero el hecho ocurre atropelladamente, difuminado, creo que incluso ininteligible para alguien que no conozca la obra con antelación. Esa pérdida de sentido del ritmo en una morosidad incomprensible, impide sugerirnos esa totalidad que nuestra imaginación debe recrear: el Caudillo, los brigadistas, el ejército franquista, las tropas musulmanas y los fascistas italianos, que no se ven pero deberían presentirse, y que aquí es un ambiente evaporado y sin existencia imaginaria.

Un texto de esta categoría demanda una dirección más diestra, diligente e imaginativa. Los aplausos atronadores que interrumpían las primeras representaciones de “¡Ay, Carmela!” en la década de los ochenta, atestiguan la efectividad emocional de aquellos montajes. En el día en el que asistí a la función, los educados y distantes aplausos del público transmitían reconocimiento a la obra e identificación con su mensaje, pero no el haberse visto envueltos por el torrente emocional que este drama está llamado a producir.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(1)

+

0 comentarios