La gratuidad y la visibilidad del invisible
domingo 04 de mayo de 2014, 19:34h
Las noches de primavera atraen invitados a mi casa. La otra noche, bajo el olor de los jazmines que ya han florecido, hablábamos de la cultura. Todos los invitados eran plumíferos y todos, más o menos, escribíamos gratis para algún medio. Y todos desde hacía relativamente poco. Antes, los medios pagaban algo. Ahora, te dicen a veces que te hacen un favor dándote visibilidad. En la noche que nos hacía invisibles, reflexioné sobre la idea de que tanto la visibilidad como la gratuidad son dos de los temas del siglo XXI. Dos de las lacras de la postpostmodernidad a la que este país ha llegado como un saltamontes.
Hay que reconocer que en España la tendencia a trabajar gratis siempre ha existido. El sistema endogámico ha hecho que gran parte de la iniciación laboral fuera siempre hacer méritos no remunerados: fotocopias al catedrático, cafés a los jefes, informes u horas extraordinarias sin contrato... El primerizo, se fiaba al mañana, y hacía las cosas pensando siempre en una recompensa futura, que a veces llegaba y a veces no. Era, en definitiva, un servilismo de corte iniciático, que se sigue reproduciendo en la estructura de los partidos políticos, por poner un ejemplo algo polémico.
La gratuidad en la cultura ha sido uno de los caballos de batalla de la SGAE. Apoyados por la presión estadounidense ejercida periódicamente sobre los gobiernos españoles, la SGAE ha acostumbrado nuestros oídos al aparentemente sensato mantra de que la cultura no puede ser gratuita, que hay que pagar por ella, ya que si no los creadores no pueden comer. Este mensaje ha chocado siempre con dos realidades: la primera, que la gente normal se ha familiarizado con la cultura a través de productos quasi gratuitos: libros que normalmente estaban en la casa familiar y por los que no hacía falta pagar más que una vez; los siguientes usos eran gratis. Hoy, la tendencia cultural es biunívoca: un uso, un pago. La segunda realidad, lacerante, es que los creadores culturales suelen comer poco, y están acostumbrados a ser artistas del hambre, con resignación kafkiana, por supuesto.
Lo interesante es que la SGAE ha hecho mucho hincapié en la no gratuidad de los productos culturales, pero muy poca en la no gratuidad del trabajo de los creadores de productos culturales. Hoy, los artistas e intelectuales trabajan más gratuitamente que nunca, o lo hacen por cantidades misérrimas, incluidos profesores de universidad en la propia universidad pública. El por qué se ha llegado a esta situación es ciertamente curioso y tiene que ver mucho con la invisibilidad, ya que, como he mencionado, el intelectual, el artista, trabaja gratis a cambio de hacerse visible, de salir del reino de sombras en el que descansa su angustia vital, estudiosa o creadora. Trabaja gratis por la esperanza de un reconocimiento social.
Alguien podrá decir que la gratuidad del trabajo del artista es un tema antiguo, tratado por cierto con mucho éxito por Valle en Luces de Bohemia. Allí, Max Estrella es engañado por todos, minusvalorado, despreciado, apaleado (de forma figurada) y finalmente sacrificado. La diferencia quizá sea que a Max, tras ser ninguneado por sus amigos próceres, le robó la cartera su compañero de francachelas, un pobre diablo mezquino y cobarde. Hoy, en cambio, cuando estás sentado en la entrada de tu casa, de madrugada y muerto de frío, el que te roba la cartera es el editor, el director del periódico o el del programa de radio o televisión. Y de forma civilizada, porque la gratuidad ya no es una ofensa sino casi una obligación del creador. Al menos del creador no famoso, que éramos todos los que disfrutábamos aquella noche del excelso olor de los jazmines.
Por otro lado, es casi seguro que mucha gente que trabaja por mucho dinero, lo haría gratis. Es un tremendo secreto. Si a un banquero, por ejemplo, le dijeran que le dejaban de pagar por su trabajo, seguramente se enfadaría, seguro que intentaría que no fuera así pero, casi con toda seguridad, al final querría seguir siendo banquero gratis. Es muy difícil dejar consejos, despachos, chóferes, sastres, compañías afines, adrenalinas y secreciones psico-fisiológicas inducidas por una actividad. Pero lo cierto es que a nadie se le ocurre ni siquiera proponer que los banqueros o los pilotos trabajen gratis, pero sí que los escritores o pintores lo hagan, por ejemplo. Bueno, se les ocurrió a Marx y a Engels, pero eso es otra historia.
Trabajar gratis a cambio de visibilidad, esa es la nueva fórmula, “the new order”. Facebook nos ha condenado a una visibilidad continua, y ha hecho que haya dos clases de invisibilidad: la querida, la que buscan los que ya tienen demasiada visibilidad, y la no querida, la de los aspirantes intelectuales al Parnaso. Este tema es muy cervantino: Alonso Quijano buscaba una visibilidad constante en una época mucho anterior a Facebook y a redes sociales. El caballero de la triste figura defendió ante Sancho la gratuidad de las acciones excepcionales: hay que hacer las cosas sin esperar ganancia, querido Sancho, lo demás es de mezquinos calculadores. Aunque luego Cervantes se quejara con amargura del poco dinero que había visto con su libro, editado muchas veces sin su permiso.
“Gratis” viene del latín, de la misma raíz que “gracia”. Lo gratis es una dádiva, una gracia un regalo. En inglés, “gratis” es “free”, “libre”. “A free man” es un hombre libre, pero también es un hombre gratuito. Un hombre que cae del cielo y por el que no hace falta pagar. Interesante y también cervantina esta relación lingüística entre lo libre y lo gratuito.
Esa noche, comentamos también sobre algunos conocidos que escriben en los periódicos y a los que sí les pagan. Lo hicimos con más asombro que envidia, seguramente a causa de los fragantes jazmines. Curiosamente, casi todos los que cobran hablan ahora bastante de fútbol en sus artículos. Nos preguntamos si esa deriva futbolística se debía a una maduración vital como escritores o era un efecto del cobro. Ahora que se ha estigmatizado fumar puros en público, quizá el fútbol haya tomado, de forma metonímica su relevo como elemento de prestigio, incluso entre la troupe de la letra. De todas esas cosas hablamos aquella noche. Totalmente gratis.