Era tal la expectación ante la actuación de Antony and The Johnsons, que las entradas para escucharle en la capital se agotaron en muy poco tiempo e, incluso, “obligaron” al coliseo madrileño a añadir una velada más a las tres inicialmente previstas en su programación, justo antes de echar el cierre para las vacaciones estivales. En realidad, el fin de la temporada de ópera tuvo lugar el pasado fin de semana con Orfeo y Euridice, pero el teatro de la Plaza de Oriente aún esperaba a un público que no es, en todo caso, el habitual que ocupa durante el resto del año sus localidades. O, al menos, no lo es en su inmensa mayoría. Porque Antony – nacido en Gran Bretaña pero criado en Amsterdam y San Francisco, hasta que se independizó de su familia y se estableció en Nueva York – tiene, sin duda, su propio público. Muy propio, desde el momento en que ni la voz, ni las composiciones ni la personalidad de Antony Hegarty son, digamos, corrientes. Para gustos, los colores. Y de estos, de colores, llenaba Antony anoche el escenario para acompañarse en el espectáculo que en 2012 le encargó el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa), para una única representación en el Radio City Music Hall ante un auditorio de 6.000 personas, y que luego viajó a la Royal Opera House de Londres, a Manchester y ahora ha llegado a Madrid, donde podrá verse hasta el próximo lunes 21 de julio.
Los colores llegan, en todo caso, después de una especie de preludio a cargo de la performer Johanna Constantine, creadora, colaboradora y, sobre todo, amiga de Antony. En un escenario excepcionalmente oscuro, ella ejerce de maestra de ceremonias a través de una pieza coreográfica llamada Ascension, que da paso, a continuación, a Antony. O, mejor dicho, a su voz entonando The Rapture, canción que llega envuelta en esa oscuridad que esconde al artista a quien el público no ve hasta que interpreta el segundo tema, Christina’s Farm. Es el momento de olvidar las sombras y de que suban al escenario esos colores a los que hacíamos referencia. Desde el verde – que domina buena parte del concierto compuesto por una selección de temas de los cuatro álbumes publicados por el artista y su banda: Antony and The Johnsons, The Criying Light, Swanlights y I am a bird now –, que después va mutando en un gris metálico con matices violetas, hasta alcanzar el fucsia más rabioso. Pero no solo de colores están hechos los gustos, las luces tenían también mucho que decir anoche. Lo mismo creando sombras, que viajando en diferentes direcciones; y no solo sobre el escenario, también en el resto del teatro, a través de rayos que unas a veces servían para absorber al artista y otras, para teñir la blanca túnica que vestía. Todo, eso sí, con el objetivo de destacar a este peculiar artista conquistado de joven por aquellos míticos cantantes de los 80 como Boy George y Marc Almond, líder de Soft Cell, y convencido de que con la música pop “se puede ir tan profundo como se quiera”.
Y da la impresión de que en su afán para que sea Antony el único que destaque en el escenario, el espectáculo se llena de capas a modo de diversos telones que esconden a los demás protagonistas de la noche: los miembros del grupo que siempre le acompaña y los músicos de la Orquesta Titular del Teatro Real, dirigidos por Rob Moose. Únicamente después de haberse levantado el último telón, el público “descubre” a los músicos y a su director. El resultado de ese “descubrimiento”, por otra parte, es, seguramente, lo que consigue – mucho más que la dirección lumínica de Emma Weil – que el espectáculo gane en profundidad e, incluso, en movimiento. Da la sensación que se trata de la pieza que había faltado hasta ese momento para completar el puzle, demasiado estático, que parecía huir de cualquier cosa que pusiera distraer la atención de un público que, en todo caso, ya estaba desde el principio entregado a Antony. Lo estaba, como ocurre tantas veces con los fans de un artista, desde antes de llegar al teatro. Más aún, desde antes de salir de casa, porque esa es, en realidad, la esencia de la atracción e, incluso, veneración que cada aficionado siente por “su cantante”, el favorito. Aquel, cuyos temas uno escucha en los momentos especiales, los buenos y los malos. O en el día a día. Su personal banda sonora. Por eso, el público que estas cuatro noches dedicadas a “Swanlights” tome asiento en el Real es tan diferente del habitual. Han venido a escuchar a Antony, y el hecho de que la orquesta se muestre tan solo al final carece de importancia. A pesar de que con el cuadro completo todos parezcan salir ganando, artista, público y, por supuesto, el propio espectáculo. Con independencia de que la escena resulte más coherente, muchísimo más real, aunque lo consiga ya tan tarde. Hemos llegado al final con “Cripple and the Starfish” y “Her Eyes Are Underneath The Ground”, los temas con los que Antony termina su actuación y se despide – antes de volver a salir para regalar una canción más, “just one”, advierte al público puesto en pie para aplaudirle -, dando las gracias al desaparecido Gerard Mortier por haberle traido al Teatro Real.