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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La plaza del diamante, de Mercè Rodoreda: un testimonio humilde y terrible

domingo 28 de septiembre de 2014, 13:05h
Llega a la Sala Pequeña del Teatro Español la versión teatral de la inolvidable novela de Mercè Rodoreda, “La plaza del diamante”. Una impecable adaptación de Joan Ollé, encarnada en un soliloquio estremecedor de una Lolita Flores, que abandona hasta la última lentejuela del estrellato.

La plaza del diamante, de Mercè Rodoreda
Adaptación: Joan Ollé y Carles Guillén
Director de escena: Joan Ollé
Intérprete: Lolita Flores
Lugar de representación: Teatro Español (Madrid)

El vuelo de la “Colometa” de La plaza del diamante, después de planear en muchos círculos, se ha posado al fin con toda su fuerza y humildad, con la naturalidad de su testimonio terrible, sobre el banco de la plaza pública instalado en el escenario del madrileño Teatro Español. Y conmueve con la misma furia sencilla con que hizo su primera aparición en la imborrable novela de Mercè Rodoreda. En realidad, solo me disgusta su nombre: Colometa -en catalán, Paloma, Palomita-, con que es rebautizada por su esposo, Quimet, anulando así su primitivo y auténtico nombre: Natalia, es decir, la que da vida.

Imágenes: Sergio ParraEsta Natalia-Colometa, en efecto, es la que da y sostiene la vida cuando las esperanzas iniciales se desvanecen en la Barcelona republicana, en el terror de la revolución libertaria, en los ajustes de cuentas entre las fracciones políticas enfrentadas a muerte, en la violencia mortal durante la Guerra Civil, en el frente y en la retaguardia, en el horror de la represión franquista y en el plomo de la dictadura. Colometa no solo nos ofrece una crónica entre deslumbrada y alucinada de ese periodo de extrema crueldad, sino que atesora una fuerza interior inaudita para soportar -como su verdadero nombre indica- la vida que por todos lados se derrumba. Para sobrevivir y hacer subsistir a los que se aproximan a ella, a los mutilados, a los castrados, a los hambrientos, a los niños.

Un intelectual republicano escribiría a Mercè Rodoreda estas elocuentes palabras: “No, a nosotros, quieras que no, nos han encarado con una realidad tan dura y palpitante, tan desgarradora, que es como si nos hubieran lanzado encima el peso enorme de miles de años.” Acertadísima expresión vital. Y es la Natalia de Rodoreda la mujer que descubre dentro de sí el vigor para soportar la presión de esos miles de años y salir hacia delante. No resulta, pues, extraño que a la muerte de la autora, Gabriel García Márquez no dudase en afirmar sobre La plaza del diamante: “Es, a mi juicio, la más bella novela que se ha escrito en España después de la Guerra Civil.” El Premio Nobel de Literatura también definía a Rodoreda como “esa mujer invisible que escribía en un catalán espléndido unas novelas hermosas y duras como no se encuentran muchas en las letras actuales.” Puede decirse que la protagonista, Natalia-Colometa, personifica la esencia de ese cruce entre hermosura y dureza que deslumbró al autor de Cien años de soledad.

Narrada en primera persona por la propia Natalia, con una estructura conversacional sostenida en continuos giros coloquiales, la novela se prestaba desde sus inicios a una tentadora adaptación teatral. Así lo entendió Joan Ollé, que en la década de los ochenta obtuvo el permiso expreso de Mercè Rodoreda -gran amante del teatro- para llevar la obra a escena. Después vendrían las dificultades y las dudas. Según ha explicado Ollé, solo veinticinco años después pudo encauzar el proyecto en el Festival de Peralada, con tres actrices que representaban tres épocas distintas de la protagonista. También lo intentó mediante una lectura dramatizada con Ana Belén, y, en inglés, con la actriz Jessica Lang. Toda ello se ha decantado para desembocar en esta Natalia-Colometa definitiva, concentrada en un solo personaje y que en un breve lapso de tiempo nos comunica una experiencia vital tan contundente, profunda y compleja. La protagonista se sienta en un banco público como una paloma más del parque, y se dirige frontalmente a un público que recibe sin florituras ni adornos escénicos su inolvidable rememoración.

El deslumbrante monólogo recae sobre la cantante y actriz Lolita Flores. El día del estreno se produjo un imprevisto desajuste. Lolita Flores, acostumbrada a interpretar con micrófono, no proyecta adecuadamente la voz, sus inflexiones se pierden en la sala, el público se lo hace ver afectuosamente al terminar la función. Acabados los ensayos, es inútil volver sobre aspectos interpretativos como la respiración en escena, la proyección de voz, el tono del subtexto a conservar con un mayor volumen en la dicción. Lolita Flores trabaja bien con micrófono, y con micrófono hemos visto interpretar en el teatro a grandes de la escena como Adolfo Marsillach, Nuria Espert, o, más recientemente, Juan Diego Botto. No es un demérito y sería bueno introducir esa herramienta en la función porque, en lo esencial, la actriz trasmite la veracidad que requiere el personaje. Su vitalidad sobria, su energía en la catástrofe, su ironía en el desastre, el poder de sobreponerse al horror y mantener una ternura poética sorprendente ante el panorama de la debacle.

Imágenes: Sergio ParraMercè Rodoreda dejó escrito que este inmortal personaje se le impuso mientras escribía Espejo roto, tras el impacto que le causó la Lena Grove de Luz de agosto, de William Faulkner. Recordemos: al mismo tiempo que el padre del niño Lena está enzarzado en una lucha a muerte con sus perseguidores, Lena camina, avanza inexorablemente por sendas y carreteras hacia su cita implacable de dar a luz en agosto a la criatura que ha engendrado. Es una progresión positiva en el clima cainita que le envuelve. Es una fuerza de sensatez y de vida ante las contorsiones enloquecidas y asesinas de los hombres que la rodean. Así es también Natalia-Colometa. Y este desdén por la ideología y la lucha estéril fue, probablemente, la causa de la hostilidad con que se acogió la primera edición de La plaza del diamante, principalmente entre círculos republicanos del exilio y catalanistas. En ellos, Rodoreda había sido repudiada por abandonar a su marido y unirse sentimentalmente al gran crítico Armand Obiols, lo que originó un casi total ostracismo entre el catalanismo republicano. Se divulgó la difamación de que sus obras las escribía Obiols. Jardín junto al mar fue rechazada en el Premio Joanot Martorell y La plaza del diamante desdeñada en el primer Premio Sant Jordi.

La protagonista del relato no seguía, además, ninguna de las consignas de los círculos próximos a Rodoreda. Natalia-Colometa, esposa de un militante anarquista, no se convirtió en una heroica miliciana. Muerto su marido en el frente, no se marcha al exilio. Sometida en el franquismo, no se transforma en un glorioso antihéroe, ni luchadora clandestina, ni perdedora marginal, quizá abocada a la prostitución. Todos esos lugares comunes ideológicos son triturados.


Más aún, Natalia es tratada por su libertario esposo como un simple objeto. El revolucionario Quimet, seducido por el palomar que construye en su casa, la convierte en una paloma más al servicio de sus deseos y caprichos, rebautizándola despóticamente como “Colometa”. La elaboración del anarquista Quimet, un libertario tiránico, debió ser particularmente dolorosa para Mercè Rodoreda, que había sido amante de Andreu Nin y que llevó siempre marcado en el corazón el asesinato del líder revolucionario. Natalia tiene que luchar en silencio contra el yugo del esposo libertario, aprovechar su combate en el frente para destruir el palomar y valerse de su muerte para arrancar de sí el nombre-estigma de Colometa, y recobrar el suyo propio. La paloma se había convertido en el símbolo de la paz y la concordia, pero los símbolos son a veces simples caretas que esconden el rostro verdadero de lo que aparentan simbolizar. Las de Quimet, no son palomas de paz, sino palomas de guerra, símbolo freudiano de irracionalidad. Natalia no alega, no sermonea, no adoctrina ni sigue a los doctrinarios. Natalia actúa. Y con sus actos da un ejemplo contundente, incontrovertible. Iletrada, soporta y ayuda a subsistir a los demás en la República, en la guerra, en la dictadura, sin doblegarse a ninguno de los modelos que en cada uno de esos periodos trataron de imponerse a sangre y fuego. Es un ser que abofetea todas las ideologías impuestas y que, como la Lena Grove de Faulkner, vence a la desesperación con su instinto de vida. Portadora de un estremecedor relato que merece ser visto, sentido, pensado.

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