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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La calma mágica, de Alfredo Sanzol: a la caza de la pieza humana

viernes 07 de noviembre de 2014, 08:57h
 (Foto: marcosGpunto)
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(Foto: marcosGpunto)
El Centro Dramático Nacional vuelve a acertar estrenando en el Teatro Valle-Inclán la última obra de Alfredo Sanzol, un texto fresco y profundo dirigido por él mismo, donde el sentido del humor y el ritmo malabar de la puesta en escena nos conducen inadvertidamente hacia verdades a la vez amargas y esperanzadas.

La calma mágica, de Alfredo Sanzol

Director de escena: Alfredo Sanzol

Escenografía: Alejandro Andújar

Intérpretes: Iñaki Rikarte, Aitor Mazo, Sandra Ferrús, Mireia Gabilondo y Aitziber Garmendia

Lugar de representación: Teatro Valle-Inclán (Madrid)

En La calma mágica se habla mucho de caza, ya sea en los cotos españoles o en las reservas africanas. Pero lo fundamental en la obra, por supuesto, es la caza humana. La cacería que unos ciudadanos ejercen sobre otros en los centros de trabajo, en las relaciones laborales, en las transacciones sentimentales y en los vínculos sexuales. Bajo aparentes hábitos civilizados -edulcorados, a veces, de falsa afabilidad-, subyace un profundo instinto depredador con su acecho primitivo, su acoso y persecución y su captura de la presa humana bajo la forma de humillación, desposesión del puesto laboral o ridículo hazmerreir. Es entonces cuando el trofeo humano ya ha sido abatido, anulado y convertido en un despojo social a favor del montero más fuerte o más cruel, que sale victorioso y robustecido tras rematar a su víctima. Alfredo Sanzol desnuda gradualmente en su obra, con humor y dolor, esa fingida cordialidad para exhibir con toda su crudeza y voracidad la pulsión cinegética de unos hombres contra otros.

Al comienzo de La calma mágica se nos presenta a un actor, Oliver, que decide abandonar los azares propios de una vida como artista y comenzar una existencia más segura en una ocupación convencional de oficina. Durante su entrevista de trabajo, la dueña de la empresa le ofrece compartir unos hongos alucinógenos que desempeñan la misión de introducir el factor mágico en el drama. Oliver puede así entrar en un delirio donde ve por anticipado lo que le ocurrirá si sigue adelante con su proyecto de cambiar de vida. Todo sucede con la lógica de un desvarío, pero un desvarío muy próximo al de nuestra existencia cotidiana. Se convertirá en un pésimo trabajador, se quedará dormido ante el ordenador, mientras ronca en su puesto de trabajo será grabado por un empresario, Martín, y la grabación se convertirá en un vídeo viral colgado en Youtube y difundido por la red. A partir de ahí, el despropósito de su vida va tomando giros cada vez más tortuosos y humillantes que rondarán, una y otra vez, el homicidio.
(Foto: marcosGpunto)
Alfredo Sanzol ha vuelto a escribir una extraordinaria pieza dramática donde la pesadilla no se reviste de tintes negros sino que, muy al contrario, se ve jalonada por lances humorísticos que nos obligan a soltar la carcajada una y otra vez pese a lo doloroso de las situaciones. Sanzol, que dirige con gran eficacia la puesta en escena de su propio texto, ha sabido sacar la máxima hilaridad de los intérpretes para que la jocosidad irrumpa de forma impetuosa instante tras instante. Operación, sin duda, profunda, porque nos obliga a reírnos sin piedad de los infortunios de su protagonista: una forma de crueldad que nos debería invitar a la reflexión. Como Unamuno, Sanzol parece convencido de que las grandes lecciones no han de ser solemnes, sino que han de envolverse, para mayor efectividad, en la apariencia de lo ridículo y lo grotesco. Iñaki Rikarte borda a la perfección esa víctima que es Oliver, con su comportamiento cada vez más estrafalario e irrisorio. No menor comicidad transmite su implacable cazador, Martín, personificado por un pletórico Aitor Mazo. Les da la réplica la veterinaria altruista encarnada por Sandra Ferrús, en una interpretación repleta de energía y ritmo, donde centellea un alma poliédrica que la actriz logra ensamblar con soltura y aparente naturalidad. Y frente a ella Mireia Gabilondo, en el papel de la irónica y reposada empresaria cazadora que cobra sus piezas siempre como si fuese al azar.

Las posibilidades bárbaras de esas cuatro figuras alcanzan su grado máximo cuando se trasladan a África y sus vidas vuelven a cruzarse en un territorio agreste y primitivo. Allí los sentimientos embozados por la cortesía urbana ya han desaparecido y nos encontramos con personajes cuya alma ha regresado al paleolítico. El caminar descalzos de todos ellos apunta a una conexión simbólica con la tierra, la naturaleza salvaje y las pulsiones primarias que siempre han escondido. La escenografía neutra de color blanco permite que nuestra imaginación se desplace con facilidad desde apartamentos a empresas, de cabañas a campo abierto o sabanas africanas sin que el espacio escénico requiera modificaciones. En África, el episodio central gira en torno a un elefante rosa que Oliver y Olivia -sintonía de nombres nada casual- protegen, y al que Olga y Martín darán muerte en una escena de caza que evoca la cacería personal entablada entre ellos.

Un elefante rosa no es nada probable. En realidad nos remite -¿recuerdan aquella joya de la factoría Disney?- al largometraje de dibujos animados protagonizado por “Dumbo”, el elefante que debido a sus orejas monstruosamente grandes es expulsado del circo donde trabaja su madre. Cuando Dumbo bebe agua contaminada por whisky experimenta un espantoso delirium tremens donde infinitos elefantes rosas se multiplican, proliferan, bailan y cantan en un enloquecido aquelarre. La escena es tan famosa para los cinéfilos que ha llegado a ser el emblema de una cerveza belga etiquetada como “Delirium tremens”, y cuyo distintivo es, precisamente, un elefante rosa. Sí, Oliver -y de otra forma, Olivia- reproducen el esquema de Dumbo y sus terroríficos extravíos mentales. Son dos patitos feos, los nacidos con una anomalía que les sacará del circo humano, las piezas a ser cobradas por esos cazadores que pueden costearse safaris.
(Foto: marcosGpunto)

Este esquema extraído de la mitología popular nos facilita comprender el desenlace de la alucinación experimentada por Oliver. Su vocación artística -o su vocación, a secas- puede verse de forma tan ridícula y grotesca como las inmensas orejas de “Dumbo” (“Tonto”, en inglés coloquial). Pero esas mismas orejas -esa misma vocación-, son las que le permitirán realizar algo extraordinario, volar gracias a sus propias fuerzas siempre que no deje de ser fiel a sí mismo. Ante la adversidad, el peligro y el mal que acechan a Oliver, Alfredo Sanzol lanza una rigurosa recomendación: no dejarse seducir por los señuelos que ofrecen aparentes seguridades, no dejarse herir por la risa o el desprecio de los demás, no dejarse cazar y sí perseguir, por el contrario, sin tregua, los propios proyectos vitales, por muchos que parezcan los infortunios. El final de esta fantasmagoría donde Oliver puede contemplar por adelantado su futuro si toma la dirección equivocada, es verdaderamente conmovedor. La apariencia grotesca se desvanece, el humor de lo ridículo se esfuma. En una conversación llena de autenticidad asume que la madurez absoluta es una tarea imposible. El esfuerzo de sacar adelante los propios sueños en un mundo siempre peligroso, debe llevarse a cabo sin red, acompañado por un inevitable sentimiento de orfandad. “No podemos aprender a ser maduros -nos dice-, solo podemos aprender a ser huérfanos.” Y con estas palabras se abre paso el sentido de su propio nombre, Oliver, como Oliver Twits, el inmortal personaje de Dickens, el huérfano por excelencia que jamás deja de luchar en el laberinto de la maldad. En varias ocasiones, los personajes alcanzan una calma química en su frenesí gracias a la ingesta de hongos alucinógenos. Pero es la toma de conciencia de esta certeza la que proporciona a este nuevo Oliver una auténtica “calma mágica” para no traicionarse a sí mismo.

La comedia de Alfredo Sanzol nos ha llevado por el conducto de la risa hacia una verdad severa que golpea en el alma. Sanzol nunca defrauda, pero la impecable fusión de carcajadas y graves verdades confirma que su teatro sigue en ascenso.

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