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NOVELA

Joseph Roth: Abril. Historia de un amor

Joseph Roth: Abril. Historia de un amor

Traducción de Berta Vias Mahou. Acantilado. Barcelona, 2015. 56 páginas. 9 €

Por Ángela Pérez

“Escritor austriaco, muerto en París en el exilio”. Este modesto epitafio es el que reza en la lápida de Joseph Roth en el cementerio parisino de Thiais. Su sencillez no da cuenta de la importancia de su figura en las letras europeas de la primera mitad del siglo XX, pero se acomodan perfectamente a un estilo que huye de la grandilocuencia y la vacua retórica

Nacido en Galitzia en 1894 -cuando esta región pertenecía al imperio austrohúngaro- en el seno de una familia judía, su padre abandonó a su mujer poco antes de nacer el niño. Este hecho, sin duda, marca su infancia que transcurrió viviendo por etapas con diferentes parientes como si se tratara de un pequeño exiliado de su propia casa. Un exilio que se reproduciría a gran escala al tener que abandonar primero Berlín y luego Viena ante el ascenso del nazismo, y recorrer varias ciudades europeas hasta que se instaló en París, donde murió en 1939, con las tropas de Hitler acercándose a la ciudad del Sena. Si su amigo Stefan Zweig, otro grande de la literatura centroeuropea, puso fin a su vida tres años después, Roth protagonizó un lento pero devastador proceso de autodestrucción empapado en alcohol y delirium tremens.

Precisamente, hace poco la editorial Acantilado publicó una reveladora correspondencia entre Roth y Zweig, bajo el título de Ser amigo mío es funesto, y ahora nos deleita con Abril. Historia de un amor, continuando con la feliz iniciativa de enriquecer su catálogo con la producción del autor de obras como Job, El profeta mudo, La rebelión o La marcha Radetzky, quizá su novela más famosa, amarga crónica a modo de saga familiar del desmembramiento del imperio austrohúngaro.

Abril. Historia de un amor es una deliciosa nouvelle, escrita por Roth en 1925, al comienzo de su carrera. En ella, sin embargo, podemos apreciar ya muchas de esas características que le distinguen, como esa aparente sencillez que esconde una prosa brillante y precisa de sostenida elegancia que convierte la lectura de su obra en un placer.

En Abril, a través de la voz narradora en primera persona de un innominado personaje somos testigos de la extraña obsesión del protagonista por una joven a la que ni siquiera conoce, pues solo la ha visto en una ventana, y que parece aquejada de una grave enfermedad. Una obsesión de la que es consciente e incluso se reprocha: “Resulta tan ridículo, pensé, que me pasee noche tras noche ante la ventana de una chica que se va a morir y a la que nunca puedo besar. Ya no soy joven, me dije. Cada día representa una tarea. Y cada una de mis horas era un pecado contra la vida”. Una obsesión que pasa por encima de la relación real que mantiene con Anna.

Roth nos describe esa ciudad también innominada a la que llega su personaje en una noche de abril “cargada de nubes y preñada de lluvia”, y de la que poco después partirá hacia Nueva York. Hay un profundo vitalismo en esta historia, con un punto de misterio y melancolía, donde, no obstante, acecha que “todo en la vida envejece y se deteriora: las palabras y las situaciones”. Afortunadamente, las palabras de la gran literatura, como la de Roth, nunca envejecen.

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