www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

El señor Ye ama los dragones, de Paco Bezerra: los señuelos del monstruo

jueves 30 de abril de 2015, 14:50h
Actualizado el: 05/05/2015 11:14h
El señor Ye ama los dragones, de Paco Bezerra: los señuelos del monstruo
Ampliar
Juan Carlos Pérez de la Fuente ha decidido inaugurar su gestión de las Naves del Español con la puesta en escena de un joven representante de la dramaturgia española: Paco Bezerra, hasta ahora clasificado entre nuestros autores emergentes, pero cada día más próximo a un valor consolidado. El nuevo director del Teatro Español de Madrid refrenda así a los nuevos autores que se afirman en nuestra escena aportando novedosos asuntos.

El señor Ye ama los dragones,
de Paco Bezerra

Director de escena: Luis Luque

Intérpretes: Gloria Muñoz, Chen Lu, Huichi Chiu y Lola Casamayor

Lugar de representación: Matadero / Naves del Español (Madrid)

El joven dramaturgo Paco Bezerra ha demostrado poseer un fino instinto para detectar temas, conflictos, de nueva planta surgidos en el hoy más inmediato e imposibles de imaginar incluso en el pasado más reciente. Su obra mira de frente al futuro, ese que se avecina y se filtra en el ahora sin que a veces tomemos plena conciencia de él. Así sucedía en Grooming sobre los chantajes y las perversiones vía internet, estrenada y dirigida por José Luis Gómez en La Abadía y traducida ya al alemán. Y así ocurre otra vez con El señor Ye ama los dragones, encubierta fábula política en torno a la incidencia más oculta y oscura que sobre nosotros tiene la globalización.

Si en Grooming la pantalla del ordenador cobraba una decisiva importancia en la escena, ahora otra gran pantalla -quizá televisiva, quizá cinematográfica- asume un extraordinario protagonismo en El señor Ye ama los dragones. Desplegada por encima de la cabeza de los personajes, abarcando toda la anchura del escenario, su enorme superficie no deja de emitir imágenes reiterativas mientras la acción de las cuatro protagonistas se desenvuelve humildemente bajo su resplandor. En un primer momento, la sátira del drama parece dirigirse contra la xenofobia hacia los inmigrantes chinos que llegan a nuestra tierra para ocuparse de las labores modestas y sacrificadas. Bajo la pantalla, el escenario ha sido dispuesto por el director Luis Luque y la escenógrafa Mónica Boromello con arreglo a distintas plataformas con diferentes alturas, indicativas del régimen de poder que cada personaje ostenta. La señora Wang y su hija Xiaomei ocupan el rango más bajo en los sórdidos sótanos del edificio -un apartamento poco más que un húmedo e infecto trastero en el subsuelo-, despreciadas durante décadas por la indiferencia y los sarcasmos de los inquilinos de escaleras arriba. En particular: Amparo, desquiciada madre de una yonqui, alzada en una plataforma intermedia, y Magdalena, una ridícula vecina altanera y trasnochada, a quien se sitúa en la plataforma más elevada, atrapadas las dos en minúsculos hogares. Un siniestro episodio que aterroriza a ambas, les obliga a recabar información y al fin requerir la colaboración de Xiaomei y su madre.

Todo un acierto que el trayecto entre las plataformas sea distante, peligroso, con eslabones inseguros en la penumbra, encarnando el largo camino de desafecto, frialdad y amenazadora lejanía que separa a unos personajes de otros. El tono cómico con que se nos presentan inicialmente las actitudes castizas de Amparo y Magdalena se envuelve, de esta forma, en un clima de desprotección, absurdo, tétrico y maligno. Lo que hubiera podido deslizarse hacia un sainete social, adquiere así el carácter de un sainete siniestro donde se cierne una inquietante e inconcreta amenaza. Ciertamente que la solicitud de cooperación a las dos desvalidas orientales refugiadas en el sótano, posibilita al autor desenfundar una acerada mordacidad crítica contra cualquier arrogancia xenófoba. Pero Paco Bezerra pocas veces permite avanzar su línea de acción en el recorrido previsto, sino que gusta de introducir un zig-zag súbito que reconduce los acontecimientos a su auténtico desenlace.

Este se anticipa a través de la en apariencia angelical Xiaomei mediante una fábula oriental. El señor Ye era un incondicional admirador de los dragones, por lo que compraba telas estampadas con ellos, pequeñas esculturas y adornos de dragones, que atestaban con sus figuras su casa. Enterado el rey de los dragones de esta lealtad del señor Ye, decidió hacerle una visita y al llegar a su morada vio que era tan pequeña que solo podía introducir en ella el enorme hocico de su cabeza. Allí el señor Ye descubrió repentinamente la verdadera naturaleza horrible del dragón que adoraba para huir por siempre de aquel engendro monstruoso. A veces la belleza de estilizados señuelos oculta desgarradoras verdades.

Faltará solo que la obra nos proporcione unas breves y sorprendentes revelaciones para comprobar que el encantador rostro de Xiaomei es también el rostro brutal de un destructor dragón. El sainete siniestro adquiere ahí su plena fisonomía de una lúgubre fábula política. Xiaomei y su madre la señora Wang nos evocaban en un principio los abnegados orientales de hace dos décadas que trabajaban de sol a sol en fábricas clandestinas, vendiendo rosas con una perenne sonrisa en tugurios nocturnos u ofreciendo bocadillos y cervezas a pie firme en la calle durante las madrugadas del fin de semana a los alegres trasnochadores. Pero ahora ya son otra cosa: la disciplinada avanzadilla del dragón oriental que avanza con un poder financiero imbatible.

Amparo y Magdalena poseen algo de esos personajes castizos vueltos del revés por el humor absurdo de Miguel Mihura. Solo que ahora no hay juegos semánticos ni falta de coherencia, del mismo modo que el drama no se interrumpe al hacer mella satírica en los anticuados convencionalismos de ambas españolas. La parábola se desarrolla más allá, mucho más allá, hasta convertirse en una alegoría del choque entre Oriente y Occidente, del poderoso avance planetario del Dragón chino. La pantalla que se alza sobre las cabezas de las protagonistas evidencia ahí todo su sentido informativo. Al principio nos traducían en ella al español las palabras que pronunciaban los personajes chinos. Después nos adelantaba el hacinamiento de una humanidad futura. Por fin, nos muestra rituales orientales y altivos desfiles de ejércitos asiáticos -lo lúdico y lo amenazante del dragón-, antes de arrojar espectaculares palabras chinas con una estética que no deja de evocar las imágenes ideadas por Álex de la Iglesia para su filme El día de la bestia: unos anagramas inequívocamente apocalípticos. Es el verdadero rey de los Dragones que nos visita y muestra el hocico de su auténtico poder.

En ese contexto, Amparo y Magdalena no son una maruja junto a una señorona engreída, sino la encarnación de un país -el nuestro-, quizá de un continente -el europeo-, de espaldas al cambio global, resistiéndose a ver cara a cara la auténtica realidad, negándose a afrontar las necesarias transformaciones e incapacitado para reconocer el futuro que ya comienza a instalarse en el presente. El principio de una destrucción que no llegará de forma violenta, a sangre a fuego, sino en forma de una simbólica niebla que se apodera de una sociedad que solo pide y no da, que solo exige pero no se sacrifica, que se cree intocable cuando comienza a diluirse. La niebla que se adueña de la ciudad, es la niebla en la que su rostro se irá borrando, evaporándose como un vaho que no dejará huella.

Nos habría gustado que este siniestro sainete político hubiera tenido más densidad verbal, pero es un rasgo de estilo propio de Paco Bezerra favorecer la concisión, la brevedad coloquial desprovista de cualquier énfasis o efectismo. El autor tampoco se adentra por el camino del enfrentamiento entre las psicologías oriental y occidental, dejando que los personajes conserven el depurado perfil de los protagonistas de una parábola. Gloria Muñoz y Lola Casamayor clavan con total pericia a esas dos castizas atónitas que son Magdalena y Amparo, en el nombre de todos nosotros. A su vez, Huichi Chin construye con maneras delicadas y terrible dureza interior, ese ambivalente personaje que simboliza un dragón con apariencia bella y refinada. El público ríe sin interrupción las pullas contra la xenofobia y la simplicidad de Magdalena y Amparo, sin percatarse de que ambas están representándole a él. Paco Bezerra sigue teatralizando esos nuevos conflictos propios de la flamante era que ahora emerge.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (10)    No(0)

+
0 comentarios