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LOS REYES PRESIDIERON EL ARRANQUE DE LA TEMPORADA DE ÓPERA EN EL TEATRO REAL

Roberto Devereux, el apoteósico tormento de una reina

miércoles 23 de septiembre de 2015, 08:31h
Sus Majestades los Reyes han presidido la inauguración este martes de la decimonovena temporada de ópera del Teatro Real con el exitoso estreno de la obra de Gaetano Donizetti, Roberto Deveraux.

  • Saludo de Sus Majestades los Reyes, en el escenario del Teatro Real, a los artistas / Foto: Javier del Real


  • Mariella Devia (Elisabetta) / Foto: Javier del Real


  • Gregory Kunde (Roberto Devereux) y Silvia Tro Santafé (Sara, duquesa de Nottingham) / Foto: Javier del Real


  • Mariella Devia (Elisabetta) y Gregory Kunde (Roberto Devereux) / Foto: Javier del Real


  • Mariella Devia (Elisabetta) y el Coro Titular del Teatro Real / Foto: Javier del Real





No podía empezar con mejor pie. La andadura operística madrileña correspondiente a este nuevo curso, 2015-2016, ha arrancado con fuerza en una velada que nadie ha querido perderse y que se ha saldado con ovación y aplauso unánime, ya desde el comienzo de la primera de las 11 funciones programadas, para todos los participantes en esta producción procedente de la Welsh National Opera. Para los solistas, pero también para el Coro Titular del Teatro Real y para el veterano maestro belcantista Bruno Campanella, que dirigía en el foso – templando con decisión los metales - a la igualmente premiada Orquesta Titular del Teatro Real.

Y, especialmente, para la soprano Mariella Devia, que ha mostrado a un público cada vez más entregado su inmensa calidad vocal y escénica a la hora de dar vida a la reina Isabel I de Inglaterra en la recta final de su reinado y de su pasión amorosa. Uno de los roles más difíciles de la literatura belcantista, considerado casi “intocable”, apto solo para las pocas “elegidas” por la naturaleza y el talento, que exige, recursos vocales y, además, temperamento para interpretar el profundo retrato psicológico que Donizetti trazó en la partitura de su obra más oscura. Melódica, sí, pero de tono angustioso y apremiante. Sin permiso para bajar las pulsaciones, que obliga a digerir la tragedia que se avecina ya desde las primeras notas, desde que se descubren sobre el escenario los tenebrosos lugares donde va a tener lugar la trama que bebe de la historia más íntima de la última reina de la dinastía Tudor, la reina que nunca quiso casarse ni tener descendencia, a pesar de las exigencias y ruegos de su Parlamento.

Marcada desde niña por la ejecución de su madre, Ana Bolena, que ordenó su propio padre, Enrique VIII, y declarada ilegítima, Donizetti nos presenta a Isabel en su doloroso ocaso como mujer, que trata de seguir ligada a las emociones a través del Roberto Deveraux, conde de Essex. O mejor dicho de lo que ella siente por Roberto, porque todo parece girar en torno a ella. Donizetti marca con eficaz trazo este rasgo egocéntrico y paranoico de su perfil: no importa que Deveraux, interpretado por uno de los mejores tenores del mundo, el espléndido Gregory Kunde - felizmente recuperado de una grave enfermedad -, se queje de haber sido enviado a Irlanda en contra de su voluntad o de tener enemigos por su condición de favorito. Tampoco que Sara se apague de profunda tristeza sin aparente razón que lo justifique: la reina solo se extraña de que no acuda a consolarla en su padecimiento, mientras que la joven duquesa de Nottingham, interpretada eficazmente en el primer reparto por la mezzosoprano Silvia Tro Santafé, intenta in extremis salvar la cabeza de su amado. O que el fiel amigo de Roberto, el duque de Nottingham, a quien da vida el barítono italiano Marco Caria completando el magnífico cuarteto de protagonistas, se haya visto doblemente traicionado: por su amigo a quien ha intentado salvar de la ejecución y por su esposa Sara, enamorada de Roberto.

Siempre a vueltas con el amor, que nunca parece querer ir solo. Su estela deja celos, odios, deseos de venganza, rechazo o enfermiza posesión. Y era el sentimiento que reclamaba para sus obras el prolífico compositor de Bergamo. “Quiero amor”, solía decir, “que sin él los argumentos son fríos”. Donizetti se vuelca en la desgarradora destrucción de los cuatro protagonistas de la obra que alumbra, precisamente, en el momento más duro de su vida. En 1836 fallecieron sus padres con pocas semanas de diferencia, su esposa Virginia había dado a luz a su tercer hijo muerto al poco de nacer igual que los dos anteriores y ella misma moriría meses después durante la gran epidemia de cólera que asoló Nápoles en esas fechas.

“Esta será para mí la ópera de las emociones”, escribió Donizetti antes de su estreno el 28 de octubre de 1837 en Teatro napolitano de San Carlo. El compositor, a su vez, empezaba a temer los episodios de enfermedad mental que terminaron por llevarle a un manicomio donde pasaría el resto de su vida. Por eso, la puesta en escena del sudafricano Alessandro Talevi y la escenografía de Madeleine Boyd – a la que no sería de justicia afear ciertos detalles expresionistas en un conjunto que a la postre funciona – apuestan por las tinieblas, por un sobrio vestuario negro en el que únicamente destaca el traje rojo de la reina, convertida en una araña atrapada en su propia red de viuda negra.

En Roberto Deveraux no hay ni un solo rayo de esperanza, una oportunidad para imaginar un final distinto a la total debacle de sus personajes. Y los deseos imperiosos que brotan de la lúcida Obertura marcada por una variante del himno God Save the Queen y por la cabaletta impetuosa de Roberto en la Torre se ven truncados antes de brotar por completo. Cortados de raíz. Como la vida de los hijos del famoso compositor belcantista, que firma en esta obra extraordinarios duetos y un apoteósico final: la reina se lamenta al borde de la desesperación, aunque culpe a los duques de Nottingham en un nuevo ejemplo de recalcitrante egocentrismo, de la derramada sangre de Roberto, mientras los cortesanos le replican “Qui regna, lo sai, non vive per se”.
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