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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Animales nocturnos, de Juan Mayorga: sobre amos y siervos

jueves 18 de febrero de 2016, 12:17h
La compañía El Aedo recupera este sugerente drama de Juan Mayorga sobre la inmigración y la esencia de las relaciones de poder. Los jóvenes componentes de El Aedo exploran con sobriedad los múltiples conflictos que se bifurcan en la pieza del recientemente galardonado con el Premio Europa de Nuevas Realidades Teatrales, quien ha revisado su texto al hilo de los ensayos, trasmitiéndole aún más vivacidad y brío.

  • Moisés F. Acosta


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  • Moisés F. Acosta

Animales nocturnos, de Juan Mayorga
Director de escena: Carlos Tuñón
Intérpretes: Pablo Gómez-Pando, Jesús Torres, Irene Serrano y Viveka Rytzner
Lugar de representación: Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Animales nocturnos, de Juan Mayorga, explora la condición de los que son forasteros clandestinos a consecuencia de la inmigración. Un asunto de máxima actualidad cuando las deportaciones de hispanos baten récords en Estados Unidos y a las puertas de Europa se hacinan cientos de miles de refugiados en una situación cada día más insoportable. La obra fue ideada, sin embargo, mucho antes, a propósito de la Ley de Extranjería de 2002. Una circunstancia que no atañía en exclusiva a España sino que adquiría dimensiones continentales cuando Europa abolió las fronteras interiores entre los distintos países, pero simultáneamente intensificó una paralela fortificación interior que dividía -que divide- a los ciudadanos en legales dotados de plenos derechos frente a los extranjeros ilegales desprovistos de ellos. Es decir, otra frontera, más solapada, más profunda, más oculta, con ese carácter invisible de una divisoria nocturna. Todo en la pieza sucede con el marchamo simbólico de lo furtivo y clandestino asociado a la noche.

Lo que más llama la atención en el drama de Mayorga es el modo en que el autor lleva a cabo lo que pudiéramos denominar un despojamiento de los factores circunstanciales y episódicos de la inmigración, que suelen ser el centro de interés de la mayor parte de las obras dedicadas a este conflicto. Si pensamos en un inmigrante solemos presuponer otra manera de hablar, hábitos de vida distintos o creencias divergentes al modelo nacional establecido. Es, por ejemplo, una teoría ampliamente difundida la hipótesis de Todorov según la cual odiamos y agredimos al Otro por el miedo que nos produce la ignorancia de su diferente cultura. La aproximación y el conocimiento serían la vía para desarmar ese miedo, y, por consiguiente anular la aversión, la fobia y la violencia hacia el Otro.

Sin embargo, Animales nocturnos nos sorprende radicalmente porque nada de esto ocurre. Los extranjeros, representados por un matrimonio que recibe la simple denominación de Hombre Alto y Mujer Alta, no hablan de un modo ajeno, no visten de forma atípica, no poseen costumbres singulares, salvo por la particularidad de que su vecino, el Hombre Bajo, descubre que son extranjeros en situación ilegal y decide sacar provecho chantajeándolos y sometiéndolos a su poder. Juan Mayorga realiza un replanteamiento insólito que nos permite percibir con claridad el sustrato último de esta extorsión tan inaceptable como velada a la mirada del día a día. El autor de Reikiavik ha extraído el problema de la inmigración de la lucha entre las identidades nacionales para situarlo, de una forma desnuda, en el de las relaciones de poder. Alejado de las cuestiones identitarias que suelen prevalecer en la mayoría de las obras sobre este asunto, Animales nocturnos evidencia cómo quienes se encuentran en situación legal sí son ciudadanos, pero aquellos expulsados de la ley se convierten en súbditos. Personas relegadas a la obediencia, a la capitulación de cualquier derecho, al humillante sometimiento en la sombra. Más allá de la pugna de las identidades, la Europa más avanzada vuelve a reproducir así la medieval existencia de vasallos, sirvientes, siervos sometidos que presumía haber abolido.

El director de escena, Carlos Tuñón, acierta al colocar a los cuatro protagonistas dentro de un gran arcón de madera que evoca un viejo vagón de carga, o quizá la jaula de un zoológico, con una placa que indica: “Animales nocturnos”. Cuando se abre el arcón ante el público comprobamos que en su interior están los dos apartamentos donde viven ambas parejas. Sus vínculos se han sintetizado a lo esencial en sus relaciones de poder, esencialidad que se traslada, asimismo, a sus denominaciones. Los inmigrantes carecen de nombre propio, tal vez como reflejo de la deshumanización y saqueo de su personalidad. Simplemente son el Hombre Alto y la Mujer Alta, del mismo modo que el matrimonio al que rinden vasallaje ha perdido muchas de sus cualidades humanas para quedar reducidos a Hombre Bajo y Mujer Baja. Quizá se pudiera deducir que el carácter “bajo” de estos últimos hace referencia a su estatura moral, pero sea esto así o no, en cualquier caso sí alude simbólicamente a una pequeña diferencia que es crucial por sus enormes consecuencias: unos están dentro de la ley y los otros han sido expulsados de ella, lo que origina unas brutales relaciones de dominio y sumisión. Todos ellos constituyen, en efecto, dentro de ese arcón saturado de secretos, los metafóricos animales nocturnos de la obra. Pero cada uno de ellos vive su propia nocturnidad singular, distinta a la de los demás.

La ciudad representa una selva y en ésta el Hombre Bajo se comporta, ante todo, como un depredador que aprovecha la penumbra de la noche para efectuar su particular cacería. No se trata de un noctámbulo, sino de alguien que se desenvuelve en todo momento con la alerta de la fauna en la oscuridad. Queda muy patente cuando visita una y otra vez el zoo para contemplar, precisamente, la sección de animales depredadores nocturnos. La lechuza, la jineta, el zorro, el erizo, el murciélago, alimañas con las que siente una rara empatía y con las que se muestra identificado. Aunque sea pleno día en esa selva de la urbe, su instinto depredador le posibilita rastrear todo lo que queda en la sombra con esa visión penetrante, audición hipersensible y olfato afilado de un carnívoro nocturno. Características que le permiten detectar con precisión a sus presas, en este caso al inmigrante ilegal, el Hombre Alto, allí donde cualquier otra persona habría percibido solo a un vecino más.

Juan Mayorga sorprende de nuevo al espectador al refrenar las acciones de ese depredador que es el Hombre Bajo. Habría resultado fácil presentarlo como un psicópata, un engendro, un perverso capaz de las mayores vejaciones. Algo que sería efectista y habría convertido este drama en un subproducto de los thrillers comerciales. El autor, por el contrario, ha tenido la inteligencia de evitar la desmesura: el depredador, una vez atrapada su víctima, no le exige terribles humillaciones. Ni siquiera la truculencia secreta, de puertas adentro, de un guión de Harold Pinter como El sirviente, filmado por Losey. Gran hallazgo este de jugar con el capturado con peticiones que se diluyen en la vida cotidiana. Nos hace comprender que lo esencial no estriba en la naturaleza de las imposiciones a las que obliga el chantaje, sino en el hecho desnudo de la imposición misma, en la relación de poder fraudulenta, sean cuales sean sus consecuencias.

Ese poder, aunque se ejerza con un rostro amable y civilizado, encarna ya de por sí una degradación que ofende y agravia. El actor Jesús Torres ha entendido a la perfección esa doble cara de su personaje, el Hombre Bajo, alguien de modales impecables y cortesía estricta, tras la que se esconde una envilecida violencia por dominar a su entorno. Una ambivalencia que provoca una emoción auténticamente siniestra. De ahí la tensión inquietante de la pieza con la que se avisa a los espectadores de que el mal no actúa solo en las catástrofes y las crónicas de sucesos que nos suministran a diario los medios de comunicación sino también en la opacidad de las vidas cotidianas aparentemente más anodinas.

Esa coacción, hábilmente disfrazada de falsa cordialidad, rebasa los límites propios del inmigrante desprotegido para adentrarse en el territorio de cualquier otra relación donde un factor -cualquiera: una información, un talón de Aquiles, una necesidad- pone a una persona en manos de otra, quien ejerce sobre ella un dominio solapado y una violencia psíquica degradante. Es lo que ocurre con su esposa, la Mujer Baja. Aquejada de insomnio y adepta a programas de la madrugada con charlatanes televisivos, su nocturnidad posee ingredientes distintos a los de su cónyuge. Las peripecias de su insomnio no son casuales. Le resulta imposible dormir por la inconsciente vigilancia a la que se ve obligada día y noche. Tras la aparente amabilidad de su marido intuye a un manipulador, un agresor mental, un extorsionador emocional. Irene Serrano la interpreta con el abatimiento depresivo de una mujer maltratada, aunque no existan golpes ni violencia física en ningún instante. Es como un animal del bosque que yace con un ojo abierto, medio cerebro insomne y los sentidos en perpetua vigilia porque no confía en quien duerme a su lado. Los embaucadores televisivos a los que escucha son un pálido reflejo espectral de la tergiversación con puño de hierro que ejerce su pareja. Quizá se podría potenciar la irritación y el sarcasmo que brotan conforme va tomando conciencia de su situación real.

Idéntica sutileza psíquica acompaña a la evolución del Hombre Alto y la Mujer Alta, que sobreviven, en este caso, en una nocturnidad de otra índole: la de los clandestinos. Su apartamento está atestado de libros, bagaje cultural que debería ser un arma en su lucha por la existencia. Pero se da la gran ironía de que la cultura y las abundantes lecturas del Hombre Alto no le sirven para ganarle la partida al que será su amo. Más que conocimientos necesita una astucia y un coraje que se van disolviendo en la aparente trivialidad de la existencia diaria. El Hombre Alto cae en una trampa que se tiende a sí mismo al idealizar a quien le domina. Hay un momento en que confiesa: “Es muy difícil estar a la altura de lo que él espera.”

Y con esa autoexcusa de no decepcionarlo, se convertirá en un involuntario siervo que bailará para él. La lectura tendrá otros efectos, bien distintos, en su esposa, la Mujer Alta. Dedicada a la traducción, la traslación de palabras de un idioma a otro le permite estar atenta a algo más allá del significado literal de los vocablos, para percibir su sentido más profundo, el eco de una verdad que no deja de llegar a sus oídos. Precisamente debe traducir novelas populares cuyos títulos ponen al descubierto, con total crudeza, la violencia cautelosa y camuflada de la que son objeto: Diez balas de oro, La ciudad sin ley o El tren fantasma. En una de esas novelas se encuentra una difícil traducción: “En algunos de aquellos vagones, en apariencia vacíos, se hallaba, armado hasta los dientes, su peor enemigo…”. Con la particularidad de que ella sabe que en el original la expresión “su peor enemigo” contiene también el significado antagónico de: “su mejor amigo.” Exactamente el tipo de vínculo en el que su esposo está atrapado.

Ante esa clarividencia que le otorga su condición de traductora, será ella la encargada de poner las cartas boca arriba, cuando se encare ante su marido con estas duras palabras: “Ahora entiendo por qué su mujer tiene esa cara de vencida. Porque no puede competir. Ninguna pareja puede compararse a un esclavo. ¿Es eso lo que has elegido ser, su esclavo? Yo no voy a verlo. Contigo o sin ti, mañana cogeré un tren.”

El director Carlos Tuñón y el actor Pablo Gómez-Pando han cuidado de no trasmitir una imagen de vil sumisión del Hombre Alto, sino más bien la de una persona predispuesta a autoengañarse al no dar trascendencia a sucesos morales clave y creer que los puede reconducir con facilidad. Viveka Rytzner encarna, por el contrario, la dignidad clarividente de esa traductora en busca de la verdad esencial que es la Mujer Alta. ¿Existe además un desengaño amoroso, un enamoramiento pasional, un espejismo oscuro en su huida? Juan Mayorga ha dotado a esta y a otras escenas de la suficiente polisemia para que el público deba realizar su propia interpretación personal de los hechos. El carácter onírico del tren en que se aleja, siguiendo a un enigmático hombre con sombrero, me ha recordado la exégesis psicoanalítica del “sombrero” en Freud, quien ve en él una trasposición de los genitales. Quizá como emblema del coraje, valentía e ímpetu que su esposo, el Hombre Alto, ha perdido, y que ahora ella busca en su saturnal viaje.

El don de saber utilizar -instrumentalmente- el lenguaje adquiere otro sentido muy diferente en el Hombre Alto. Los balbuceos casi incoherentes del Hombre Bajo son embellecidos con palabras elevadas por el Hombre Alto, que le escribe un falso diario. Con él le regala una ilusoria vida al otro, a cambio de sobrevivir. Se convierte así en una Sherezade contemporánea que ha de inventar episodios biográficos de su déspota particular para salvar el pellejo. La dialéctica del amo y el siervo ha consumado sus transacciones.

Este ejercicio no se efectúa, pues, solo en las tragedias de las grandes migraciones o en los expolios criminales de los que nos informan las crónicas de sucesos, sino también en nuestro día a día, siempre proclive a encubrir una vertiente en penumbra. Esto se revela en la escena cuando los protagonistas visitan el pabellón de animales nocturnos del zoológico. Al hablar de una u otra especie señalan directamente a los espectadores que observan el drama en la oscuridad, convertidos así en otros animales nocturnos más, alertándonos sobre el lado oscuro que puede esconder nuestra vida y sus relaciones de poder. Animales nocturnos nos ayuda a observar con más lucidez ese universo velado, revelando lo oculto y cumpliéndose así la finalidad prioritaria que el propio Mayorga atribuye al arte dramático en su libro de ensayos Elipses: “Extender lo visible es el fin del teatro. El objetivo de toda auténtica experimentación teatral no es la oferta de novedades como las que busca la industria de la moda, sino la extensión de lo visible.”

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