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ÓPERA

La prohibición de amar, Wagner en los tiempos de Twitter

sábado 20 de febrero de 2016, 09:37h
El Coro y la Orquesta Titulares del coliseo madrileño han sido, junto al maestro Bolton, al bajo Christopher Maltman y la soprano Manuela Uhl, los más premiados en la velada de estreno de la ópera menos conocida de Wagner.

El Teatro Real ha estrenado este viernes una original y trabajada versión de la obra más desconocida de Wagner, La prohibición de amar, en una coproducción del teatro de la Plaza de Oriente con la Royal Opera House de Londres y el Teatro Colón de Buenos Aires. Se trata, además, no sólo de una ópera desconocida de Wagner sino también por completo inesperada. Porque pocos imaginan al serio compositor escribiendo una comedia de enredo que recuerda en su final a Las Bodas de Fígaro y con una partitura que bebe del belcantismo y de la opéra-comique francesa, sin que ello impida, no obstante, descubrir en ella a Wagner, aunque se trate del Wagner que aún estaba empezando su carrera hacia el éxito. De “pecado de juventud” calificó el propio compositor esta ópera, que no volvió a representarse desde su accidentado estreno en marzo de 1836: la premier se saldó con un desastre porque algunos intérpretes no habían acabado de aprenderse el papel y la segunda noche, el intento quedó sólo en eso, frustrándose la representación por culpa de un violento ataque de celos del marido de la soprano, que andaba, al parecer, coqueteando con uno de los tenores. De líos amorosos va precisamente la obra para la que Wagner se basó en la censurada comedia de Shakespeare, Medida por medida, para hacer su personal crítica de la hipocresía y el puritanismo de la sociedad centroeuropea del siglo XIX. O, más bien, podría decirse que Wagner utiliza dichos líos de faldas y pantalones para denunciar cómo hasta el más rígido en sus leyes y convicciones cae, si así se tercia en un momento dado, ante la tentación que él mismo ha tachado de inmoral llegando a castigarla, incluso, con la pena de muerte.

A pesar de tratarse de un tópico, esta joven ópera de Wagner vuelve a demostrarnos lo poco que los sentimientos, las pasiones, los pecados y las miserias del ser humano han cambiado a lo largo de los años, por mucho progreso que podamos reivindicar en otros aspectos de la vida. Así, acierta el director de escena danés Kasper Holten – director de la Royal Opera House londinense - al subrayar que en lo que se refiere a las relaciones amorosas o sexuales lo único que realmente ha cambiado es la forma utilizada por los amantes para concertar sus citas. Holten pone en manos de los palermitanos del siglo XIX de esta producción los actualmente indispensables Smart-phone con sus múltiples funciones y, cómo no, las redes sociales, que sirven incluso para proclamar bandos o prohibir, como en este caso, los carnavales y las relaciones amorosas. De modo que en un decorado diseñado por Steffen Aarfing, caracterizado por distintos niveles de escaleras y pequeñas habitaciones que sirven, gracias a una estudiada iluminación, para albergar los abarrotados bares del barrio rojo de Palermo – Wagner trasladó la acción de la obra de Shakespeare de Viena a Sicilia – y también las celdas del convento, los intérpretes se envían whatsapp o se llaman con sus móviles, sin que al hacerlo nos resulte demasiado extraño lo que dicen, porque hoy en día también podrían decirlo amantes, más o menos ocasionales, en ese crucial momento en el que se enciende la conocida y por desgracia fugaz pasión que todo lo domina. Es decir, para convencer al que más se hace rogar.

Holten, salvo los primeros momentos de la obra en los que recurre a un ir y venir caótico y absurdo que no aporta nada, encuentra enseguida el rumbo y la escena ya no se pierde, sino que incide de forma inteligente en el aspecto más humorístico de la ópera con evidentes guiños a la actualidad, convirtiendo al rey de Sicilia, que vuelve a casa para regocijo de sus habitantes, hartos ya de la hipocresía de Friedrich y sus acólitos al mando de la ciudad en ausencia del monarca, en la mismísima e inconfundible Angela Merkel. Una generosa versión de la misma, por cierto, ya que llega repartiendo billetes, magnánima y comprensiva ante las ganas de carnaval de los sicilianos. Holten hace referencia, precisamente, a esta eterna diferencia entre el Norte y el Sur de Europa para reafirmar la vigencia de un tema que ya trató Wagner en su propia visión de la época que él vivió y que aún sigue provocando que unos y otros, europeos todos, sigamos mirándonos con desconfianza. En definitiva, austeridad frente a hedonismo siguen siendo los tópicos que no logramos congraciar para hacernos fuertes como Unión.

También es mérito indudable de Holten la magnífica dimensión actoral que demuestran los intérpretes de la obra. En el primer reparto, encargado del estreno, han destacado, como decíamos, el barítono inglés Christopher Maltman, carismático y de gran voz, en su papel del gobernador que dice a los demás cómo vivir, aunque él sea incapaz de seguir sus propias reglas, y la soprano alemana Manuela Uhl, generosa y potente en su interpretación de Isabella, verdadero motor de la historia que la ópera nos cuenta. Junto a ellos, la soprano española María Miró ha sido muy premiada por su rol de Marian y, en especial, por la escena que protagoniza sentada sobre la luna mientras lamenta que sea “en nombre de otra mujer” como vaya a atraer a su propio marido. El Coro Titular del Teatro Real ha vuelto a lucirse en los momentos que más nos dejan adivinar a Wagner, es decir, en esos poderosos momentos corales que ya no dejarían nunca de caracterizar sus obras. Por su parte, Ivor Bolton, aún en los inicios de su nuevo cargo de director musical del coliseo madrileño, quiso subrayar que la Orquesta Titular del Teatro Real está en un gran momento, aprovechando su salida al foso después del entreacto, para recibir el primer aplauso de la noche dedicado a los músicos, a quienes hacía ponerse en pie antes de volver a tomar los mandos de sus instrumentos y continuar con una obra que ha dejado, en general, un buen sabor de boca en un público, el madrileño, considerado wagneriano, frente a una ópera que esconde al genial compositor. Aunque no del todo.
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