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LECCIÓN MAGISTRAL DE CONCHA VELASCO

Reina Juana, de Ernesto Caballero: La deshumanización del poder

Reina Juana, de Ernesto Caballero: La deshumanización del poder
Lección magistral de Concha Velasco, bajo la dirección impecable de Gerardo Vera, que da vida a un bello y clarividente texto de Ernesto Caballero. Un retorno al reverso oscuro de la formación de nuestro país a través de una confesión de la Reina Juana I de Castilla, pata iluminar las carencias éticas de nuestra política actual. Nuevo éxito de La Abadía.

Reina Juana, de Ernesto Caballero

Director de escena
: Gerardo Vera
Intérpretes: Concha Velasco
Lugar de representación: Teatro La Abadía (Madrid). Gira por España.

Ernesto Caballero, después de una fecunda etapa volcado en la dirección escénica, donde brillan los recientes montajes de Rinoceronte o Vida de Galileo, retorna de nuevo a la escritura teatral. Un regreso necesario, pues no debía perderse al Ernesto Caballero dramaturgo, autor de textos dramáticos claves en nuestro teatro contemporáneo. Y lo hace con un formidable monólogo situado en el reverso oscuro de ese periodo histórico crucial en el que nuestro país se constituyó en nación. Con él, desmonta la arraigada leyenda gótica de Juana I de Castilla, la celebérrima “Juana la Loca”, alzada en el teatro español a la categoría de arquetipo romántico en piezas como Locura de amor, de Manuel Tamayo y Baus, cuya impronta fantástica no pudo borrar ni el propio Benito Pérez Galdós con su drama Santa Juana de Castilla, aun interpretada por Margarita Xirgu.

Ahora la Reina Juana de Ernesto Caballero sí logra subvertir profundamente ese enraizado prototipo del imaginario colectivo nacional, dándole la palabra en el sombrío oratorio en el que está recluida. Una palabra que resultará potente, impetuosa, sagaz y al mismo tiempo intensa y refredanamente poética. El autor de Sentido del deber aprovecha un episodio histórico auténtico para poner en boca de Juana I de Castilla ese revelador soliloquio. Fue un hecho cierto que su nieto, el rey Felipe II, quiso comprobar si a su confinada abuela Juana debía considerársela endemoniada o loca, tarea encomendada a quien sería el futuro san Francisco de Borja.

Juana estaba encarcelada de nuevo en Tordesillas, una vez vencida la sublevación comunera desde 1520, por orden de su propio hijo, el emperador Carlos I. Se oirá a la prisionera, la difamada, la amordazada, con voz clara y nítida en este oratorio imaginado por Ernesto Caballero. Su respuesta será contundente desde el primer instante, cuando nos dice, cuando le contesta a Francisco de Borja: “No ajustarse a las reglas del que manda te convierte en alguien extravagante, en un loco.” Aseveración que se transforma en uno de los ejes fundamentales del conflicto en Reina Juana, deudora en buena medida de las tesis expuestas en Historia de la locura, Las palabras y las cosas o Vigilar y castigar, de Michel Foucault. El poder etiqueta a sus propios endemoniados y locos conforme se plieguen -o no- a sus conveniencias y mandatos.

Y tal como la propia Juana expone a su interlocutor Francisco de Borja, ella se tornó en el más incómodo estorbo familiar para los distintos poderes que ansiaban asegurarse el dominio de aquella nación emergente. Poderes que habrían de parecerle espantosamente vejatorios porque procedían de sus más próximos y queridos allegados. Comenzando por su esposo Felipe, archiduque de Austria, duque de Borgoña y Brabante y conde de Flandes con el que tuvo seis hijos, que le usurparía su derecho a la Corona, haciéndose proclamar rey de Castilla en las Cortes de Valladolid, pocos meses antes de morir de un modo más que sospechoso. Continuando por su propio padre, Fernando el Católico, que, a la muerte de Felipe, volvió a confiscar el derecho de Juana al reinado, encerrándola en el palacio de la localidad vallisoletana de Tordesillas, para proclamarse regente de la Corona de Castilla y conseguir así el control absoluto del nuevo país. Encarcelamiento que ratificó su hijo el emperador Carlos I, y mantuvo después su nieto Felipe II. A todos ellos -esposo, padre, hijo, nieto- les iba mucho en aprovechar el desapego religioso de la reina Juana I para catalogarla como “endemoniada”, pues en caso contrario habría quedado al descubierto el carácter ilegal de su poder. Sin duda, aquel fue el envés opaco y criminal del primer país que se configuraba en la Europa moderna.

En su puesta en escena, Gerardo Vera lo visualiza de forma extraordinariamente efectiva mediante la proyección de las efigies de los encumbrados reyes y emperadores, acompañados por la música triunfal de los poderosos, bajo los cuales se agita, cubierta solo por un humilde sayal, la figura modesta, pero de una excepcional fuerza interior de Juana, interpretada de manera sobresaliente por Concha Velasco. Su soliloquio adquiere las cualidades de una verdadera polifonía en la que su voz incluye a otras voces ajenas como en un contrapunto sinfónico, logrando que el verbo veraz y lírico obre el milagro de hacer presentes a los ausentes. Se trata de ese “gran poder de la palabra” en el que cree Juana, vale decir: en el que deposita tanta fe Ernesto Caballero. El ejemplar trabajo conjunto de Gerardo Vera y Concha Velasco obtiene que cada párrafo resuene con toda su intencionalidad, cada frase brille con la sonoridad de lo auténtico, cada vocablo alcance una intensidad inhabitual. Gran teatro en estado puro.

Aunque teatro histórico, es indispensable remarcar que estamos ante un teatro histórico del siglo XXI, lo que viene a entrañar que posee plena conciencia de que al hablar del pasado está, en realidad, refiriéndose también y en primer término al más inmediato presente. No se trata de una reproducción arqueológica de sucesos acaecidos en el siglo XVI, de los que toma solo el significado esencial y los acomoda a una cronología poética para extraer una lección con la que evaluar los acontecimientos más actuales. Cuando la Juana de Ernesto Caballero proclama: “Las razones de Estado, esas razones superiores son las que convierten a los hombres en bestias dañinas”, arranca una enseñanza histórica para apuntar directamente a la política de aquí y ahora. Señala de qué modo la ambición de poder, su ejercicio, el furor por conservarlo hace que la persona se vaya desprendiendo de todo sentimiento humano y actúe con la crueldad y el desprecio del frío cálculo.

Particularmente reveladora es la relación de Juana con la sublevación comunera contra Carlos I. En los sucesos históricos de 1520, los jóvenes comuneros tomaron Tordesillas y expusieron a Juana I que deseaban liberarla de su encierro y restituirla en el Trono del que había sido ilegítimamente apartada. La simpatía de la reina enclaustrada por aquellos rebeldes fue obvia, pero finalmente renunció a encabezar una insurrección contra su propio hijo el emperador. De qué modo se enfoca la obra al presente resulta claro. Hoy sería el movimiento de los indignados el que equivaldría al episodio comunero. La reflexión de Juana es transparente: “Me gustaban esos jóvenes airados y entendía su indignación.” Pero los motivos que aduce para no capitanearlos son por igual traslucidos: “De haber vencido aquellos enardecidos jóvenes, el poder hubiera terminado convirtiéndolos en despiadados cuervos.” Algo de lo que acabamos de tener una comprobación en cuanto los airados que ocupaban las plazas públicas del país han mordido la manzana del poder en Ayuntamientos y Comunidades.

Reina Juana realiza, pues, una terminante denuncia de los efectos deshumanizadores del poder, válida en este mismo instante: “Son pocos quienes no han caído en ese pozo de luz negra: el del poder.” Frente a él, Juana contrapone su experiencia más valiosa, el descubrimiento del erotismo a raíz de su matrimonio con Felipe, lo que supuso, en sus propias palabras, que “el descubrimiento de la carne me ungió como una bienaventuranza.” No duda en expresar con contundencia: “Felipe, mi ángel carnal.” No es de extrañar por lo tanto que grite su particular utopía: “Nada ni nadie debiera ser gobernada sin amor.” Lo que dicho en otros términos implicaría que el poder nunca habría de ejercerse sin sentimiento, sin comprensión del otro, sin empatía hacia los que son diferentes, sin usarlos como un simple objeto para encumbrar los propios intereses.

El gran texto de Ernesto Caballero, la soberbia puesta en escena de Gerardo Vera, la impresionante interpretación de Concha Velasco, conducen al público a lo que pudiéramos denominar una catarsis indirecta. Interesándose por nuestro pasado, indirectamente se produce una expiación hacia nuestro presente y a los saqueos del poder hoy. La obra concluye como los mejores dramas, con un final en punta, con la revelación de un crimen familiar y el desvelamiento íntimo propiciado por la confesión de una reina que se propuso no reinar. Metáfora sagaz de Ernesto Caballero para propugnar otro modelo de ejercicio de la política donde hubiera lugar para un poder humanista. Con la duda de si esa aspiración es humanamente posible o no.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    3224 | Felipe Zebensuí - 07/06/2016 @ 17:16:08 (GMT+1)
    Fui desde Canarias a verla en La Abadía hace un par de semanas. Impresionante.

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