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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La verdad de los domingos, de Juan Bey: los autoengaños en el punto de mira

La verdad de los domingos, de Juan Bey: los autoengaños en el punto de mira
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viernes 17 de marzo de 2017, 11:10h
El dramaturgo emergente Juan Bey nos regala una pieza fresca, arriesgada y divertida, en un montaje dirigido por Sara Pérez e interpretado por Íñigo Asiain. Atrevánse a conocer cuál es “la verdad de los domingos”. Se sorprenderán.

La verdad de los domingos, de Juan Bey

Directora de escena: Sara Pérez

Intérpretes: Íñigo Asiain

Lugar de representación: Teatro Galileo (Madrid)

Por Rafael Fuentes

¿Qué ocurriría si un autor, en la presentación pública de su nuevo libro, sufre un ataque de sinceridad, rasga las páginas engañosas de su recién impreso ejemplar, y nos cuenta lo que verdaderamente piensa? Este es el hecho insólito con el que comienza La verdad de los domingos, un acontecimiento que nunca sucederá, por supuesto -quiténselo de la cabeza-, en otro sitio que no sea el teatro, ya que éste es por el lugar por excelencia donde ver aquello que precisamente se desea mantener oculto. Desde el primer instante, Héctor Sinisterra, el peculiar escritor protagonista de esta pieza de Juan Bey que nos hará vivir un momento tan inhabitual, sale poco convencido al escenario -pese a estar animado por una orquesta triunfal-, se viene abajo, recupera fuerzas, se desespera y confiesa finalmente abatido que su obra La resistencia de los globos carece de cualquier valor y es una simple estafa.

¿Por qué? Este quimérico Sinisterra, que tenía el propósito de difundir una obra de tan enigmático título, se siente en la repentina obligación de declarar que se trata de un libro de autoayuda sustentado en todo tipo de trampas y falsedades, cuyo único objetivo no es auxiliar al lector, sino más bien sacarle el dinero recurriendo a todo tipo de supercherías. El autor del drama, Juan Bey, ya ha situado a su personaje, Héctor Sinisterra, e implícitamente al público, en el terreno que quería. En primer término, los escrúpulos de conciencia de Sinisterra nos lo colocan en el plano del estafador de guante blanco, que sin descender al rango de timador perseguido por la ley, se desenvuelve en el fraude legal tan lucrativo como aplaudido y bien visto por una sociedad mediocre y entontecida. Y a nosotros espectadores, en la tesitura del auditorio crédulo y predispuesto a dejarse embaucar. Un trance constantemente repetido en nuestra vida social, en nuestras costumbres políticas, en las relaciones económicas o en el mundo del espectáculo. Un universo gobernado por la falsedad y el ardid, del que renegamos un día sí y otro también, pero en el que nos desenvolvemos con más soltura de la que nos atreveríamos a confesar.

Contra él estalla Héctor Sinisterra, en busca de un punto de apoyo en alguna sólida verdad desde la que destruir esa tramoya de embustes. La gradación ha sido muy bien regulada por el dramaturgo. Primero nos encontramos con una explosión próxima a la ira contra la sociedad del espectáculo y la cultura de la imagen del pop nacional, incluyendo frikis, chonis televisivas, famoseos múltiples orquestados desde las pantallas de plasma, vídeos en la red y páginas en colorín del papel cuché. Cada vez que una de estas fraudulentas figuras es desenmascarada, nuestro atribulado Héctor Sinisterra pincha un globo, que estalla con toda su sonora vacuidad. Aquí averiguamos cuál es la auténtica “resistencia de los globos”, el emblemático título del libro que nos iba a vender. ¿Resistencia? ¡Ninguna! Su lustrosa apariencia subsiste gracias a la pereza mental ante los tópicos y los artificios de los medios de comunicación, pero estos son globos que explotan vacíos en cuanto a la farsa social se le clava el alfiler de la inteligencia, la reflexión o del más mínimo sentido común.

A partir de aquí, la pieza inicia una hábil escalada. Pues de esas triviales farsas, Sinisterra va acercándose cada vez más a la pantomima que a diario representamos en la vida social, desde los más infantiles fingimientos hasta las más elaboradas patrañas que nos son habituales en la selva colectiva. Es aquí donde La verdad de los domingos y su autor, Juan Bey, muestran su cariz más joven, atrevido, audaz, sin ortopédicas inhibiciones ni fórmulas prediseñadas. Comenzamos a transitar desde el ámbito más festivo de las convenciones gregarias, para pasar a la esfera mucho más sensible del universo personal. La obra se aventura a partir de ese instante en un arriesgadísimo cuerpo a cuerpo con los espectadores. No se trata de una ruptura convencional de la cuarta pared, sino de su aniquilamiento sin paliativos en una acción donde el actor envuelve, empuña e involucra a su público, lo mantiene en vilo, le lanza a pensar, le apremia a mirarse interiormente y obtener de él una respuesta que siempre resulta imprevisible. La directora de la pieza, Sara Pérez, no ha ahorrado incentivar ninguno de todos los decididos movimientos escénicos que favorezcan este propósito, ni de inhibir -presuponemos-, los recursos rutinarios que hubiesen amortiguado el continuo efecto sorpresa en el auditorio.

Llegados a este punto, no deja de percibirse en La verdad de los domingos el intenso pulso que el autor ha sostenido en los últimos años con los más diversos e insólitos públicos a través de su compañía La Mafia Rosa, desenvolviéndose en espacios siempre insospechados. Inmejorable adiestramiento. Esa relación auténticamente viva con el auditorio, interpelándolo, se conserva aquí de forma admirable. Quizás en términos convencionales deberíamos decir que estamos ante un monólogo, pero en realidad se va mucho más lejos de esta receta teatral cuando se interroga y exhorta al espectador, y en su caso se le responde con una pura improvisación al hilo del guión previsto. Vimos hacerlo la temporada pasada al propio autor de la pieza como intérprete, con su audacia vehemente, y lo vemos ahora en la actuación de Íñigo Asiain, que introduce un toque de inteligente ironía a su representación, dos temperamentos con sus propias cualidades, embarcadas en ambos casos en romper las inercias del público y conseguir que el disfrute de la función se transforme en una mirada nueva de los espectadores sobre sí mismos.

Porque esa es la diana última a la que se dirige La verdad de los domingos. El ingenio, la diversión del pim pam pum contra el famoseo y las costumbres hipócritas asciende casi imperceptiblemente para adentrarse de lleno en los autoengaños más frecuentes que se han instalado en nuestras vidas. Aquí nos encontramos con cuestiones graves que, lo queramos o no, nos atañen íntimamente. Así, por ejemplo, los efectos en nuestra existencia de la maternidad -o de la paternidad-, la verdadera dimensión del amor entre padres e hijos, la naturaleza oculta de los afectos en la pareja, las ficciones fabricadas y creídas a pies juntillas para mantener a flote vínculos muertos. Hemos pasado, de forma casi imperceptible, de la falsedad social al fraude íntimo con el que nos mentimos a nosotros mismos. Las preguntas acuciantes y las respuestas rápidas, individuales o a coro, del auditorio, así como el sentido del humor graduado con una precisión milimétrica, hacen posible que esa profunda exploración en el ámbito secreto del espectador salga victoriosa, siempre en el alambre del equilibrista que amenaza con un traspié inminente que nunca se llega a producir.

Una experiencia teatral intrépida, valiente, arriesgada, distinta, tan gratificante como esclarecedora. Quizá en ello resida la clave del éxito que está teniendo tanto en México como en España. Especialmente indicada para quienes deseen conocer de primera mano el modo de proceder de las más jóvenes promociones teatrales, que vienen a ofrecernos otra perspectiva diferente sobre nuestra propia vida. Un tratamiento tan singularmente novedoso que no se extrañen de reencontrarlo en formato webserie a través de plataformas de internet. Algo que ya está en proyecto y en vías de realizarse. Lo que a su vez subraya el carácter universal de esta nueva mirada: a fin de cuentas ese impostor converso que protagoniza La verdad de los domingos, metamorfoseado en adalid contra esos engaños y autoengaños ovacionados socialmente posee una serie casi infinita de patrañas contra las que arremeter.

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