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El retrato de Cervantes que Jorge Francisco Jiménez Jiménez no quiso mostrar es verdadero

jueves 11 de mayo de 2017, 16:31h
Por Santiago González Villajos.
El retrato de Cervantes que Jorge Francisco Jiménez Jiménez no quiso mostrar es verdadero
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Hay un lugar de La Mancha del que muchas personas no se acuerdan y no quieren acordarse. Y no es precisamente por tratarse del que Cervantes no quiso recordar al comenzar a escribir Don Quijote, sino más bien por todo lo contrario. El sitio en cuestión es Quintanar de la Orden y pese a estar muy próximo a la provincia de Ciudad Real y haber dependido eclesiásticamente de Cuenca durante siglos, por ser toledano lo es tanto que su barrio popular es llamado Toledillo. Es el último lugar de La Mancha del que Cervantes se acordó en las líneas de su hiperconocida novela y también en las de su obra literaria, al ser escenario de Los Trabajos de Persiles y Sigismunda.

Han pasado ya doce años, tiempo suficiente como para que a un bebé le dé tiempo a convertirse en adolescente, desde que a bombo y platillo se conmemorase el cuarto centenario de la publicación de Don Quijote mediante la presentación en sociedad de un gran itinerario cultural. No podía, tratándose del Quijote, faltar la megalomanía. El itinerario era y es gigante, el conjunto de rutas más grande de toda una Unión Europea que destinó una importante cantidad de sus fondos a desarrollarlo junto al gobierno castellano-manchego y otras entidades. Fue en Quintanar de la Orden, con una gran feria como las que a lo largo de su historia conocida caracterizaron a la localidad y la hicieron famosa en toda la península Ibérica, que se celebró el Día de Castilla-La Mancha. También hubo conciertos. La estrella fue Melendi, un producto de márketing musical perroflauta descafeinado que durante aquel año conmemorativo, tan importante para la región, sonaba a bombo y platillo en los medios de todas las Autonomías.

La fiesta acabó y entonces vino la resaca. Como fósil del evento quedó la conversión de la antigua carretera N-301, construida por Carlos III para unir Madrid con Cartagena, en una avenida que recibió el nombre de Cuarto Centenario. La acción fue acompañada de un proyecto pionero en la rotondización del espacio, auténtico antecedente del proyecto de parcheado supuso el Plan E para la economía española. Se concibieron así numerosas rotondas para los cruces y una nueva circunvalación con salida a la recién estrenada autopista de peaje AP-36. En pleno apogeo de la Ley del Suelo, la intención no era otra que urbanizar esa gran avenida después de un par de décadas de gran crecimiento urbano en el extrarradio del municipio. Se pretendía además hacer esto con mucho arte. Cada rotonda iba a albergar la obra de un artista contemporáneo, pero el coste resultó demasiado elevado. A día de hoy, doce años después, la realidad es bien distinta de la esperada. El proyecto de transformación de la antigua carretera en avenida todavía no ha terminado y la tendencia migratoria es bien distinta a la que existía por aquel entonces. Las personas que pasan por el pueblo se marchan, no se instalan en él. La tendencia es al abandono y ha cambiado el concepto de mano de obra barata.

Por intentonas no ha sido. Se le dio toda la oportunidad a la localidad en aquel 2005. Ubicada a una longitud equidistante de 120 kilómetros aproximados de las cuatro capitales de provincia manchegas – Toledo, Cuenca, Ciudad Real, Albacete – y del área metropolitana de siete millones de personas con centro en la Puerta del Sol desde la que se gobierna España, Quintanar de la Orden estaba llamada, por mero determinismo locacional a ser centro impulsor de aquel producto turístico. Conocida como la Capitalilla en la región, se le unía además al lugar la circunstancia histórica de haber sido capital de La Mancha en los años en que Cervantes escribió el Quijote. Pese a ello, es cierto, que el mundo académico no ayudó demasiado. La Complutense de Madrid, por ejemplo, no tuvo problema en asegurar, placa conmemorativa incluida, que Villanueva de los Infantes es el lugar de la Mancha del que no quiso acordarse Cervantes, a pesar de que Infantes dista más de cien kilómetros de Quintanar de la Orden y de que Cervantes ubicó el tan archiconocido como impreciso Lugar de La Mancha en las inmediaciones de la Capitalilla.

Aquellas Rutas del Quijote, herederas de Azorín y la Generación del 98, tenían como mantra la sostenibilidad. Para ello, la puesta en valor del patrimonio natural y cultural se erigía en fundamental. La realidad fue, no obstante, bien distinta en Quintanar de la Orden. Quitando algún que otro estudio de la Universidad de Brooklyn, poco se hizo en España para explotar el potencial turístico y patrimonial del enclave. Al parecer, no se entendió que el turismo es una industria que incentiva el comercio. Las inversiones europeas fueron a parar al campo y a las naves industriales. El ayuntamiento estuvo durante años pagando una multa mensual de seis mil Euros en Toledo por haber dejado caer en la ruina el antepenúltimo de los edificios modernistas que engalanaban su paisaje urbano, con el fin de mantener en pie su fachada mediante el mantenimiento de un andamio. De nada sirvieron las voces que desde hacía más de veinte años venían llamando la atención sobre la necesidad de crear un museo. Se pensó que monumentalizando las rotondas la sostenibilidad vendría por sí sola, como cuando los hombres de Altamira pintaban búfalos para poder cazarlos.

Existe hoy, eso sí, doce años después, lo que llaman un museo. No obstante, carece de la función de archivo que caracteriza a este tipo de instituciones. Hubo un coleccionista local que ofreció la donación de sus fondos al Ayuntamiento, pidiendo a cambio un puesto de trabajo en el punto de información del edificio. Los representantes de las ciudadanas lo desestimaron. El lugar en cuestión, parte de una casa palacio del siglo XVII, abrió sus puertas en 2014, cerró al poco tiempo y fue reinagurado el año pasado. Para ello se eligió una exposición de fotografías de la Hispanic Society of America que llevaba siete años guardada en cajas. El encargado de llevarla al pueblo fue Jorge Francisco Jiménez Jiménez, el primo hermano del concejal de Cultura. De nada sirvió que la persona que escribe estas líneas, historiador del arte, educado en la localidad hasta los 18 años y que había regresado de formarse en Madrid, Oxford, Granada y Londres, hubiera obtenido permisos de la Biblioteca Nacional de España para realizar una exposición sobre Los Trabajos de Persiles y Sigismunda tras más de tres años realizando la propuesta al consistorio.

De nada sirvió tampoco que esta misma persona, en su condición de técnico de Patrimonio contratado por el Ayuntamiento tras haber sido profesor universitario en Guayaquil, hubiera recomendado al concejal de cultura José Ángel Escudero realizar una exposición sobre el proyecto de muralismo público que desde 2013 había estado desarrollándose en el municipio. De nada sirvió, en definitiva, que el proyecto hubiera aparecido en publicaciones de referencia internacional del mundo del turismo como Condé Nast Traveler, en diarios influyentes como The Huffington Post o el canal educativo coreano NBS en 2014.

Así, el año pasado, en pleno auge de conmemoraciones de la muerte de Miguel de Cervantes, la sala de exposiciones Casa de Piedra, mal llamada museo, permaneció cerrada a la espera de que el primo hermano del concejal reabriese unas cajas que llevaban siete años cerradas en Ciudad Real y llenase algunas de las salas del espacio con su contenido. Fue de esta manera que el Ayuntamiento de Quintanar de la Orden decidió comenzar a festejar el aniversario de la muerte del escritor. También así Jorge Jiménez, en estrecha colaboración con las Nuevas Generaciones del Partido Popular, celebró una visita guiada a la muestra y al municipio con la intención de ilustrar a los asistentes. El recorrido incorporó una visita a la fachada sur de la Iglesia parroquial, pues nadie gestionó la apertura del templo al público para el evento. También incluyó una visita a la parte residencial del inmueble en el que se ubica el museo que resultó un tanto invasiva para la intimidad de la propietaria. Y es que Jiménez no tuvo en cuenta la capacidad de carga.

Para recordar a Cervantes, el primo del concejal de Cultura no consideró de interés incluir ninguna de las pinturas murales que habían atraído el interés de medios internacionales. No hubo, por tanto, referencias al retrato del escritor que había sido pintado a escasos metros del espacio hacía menos de un mes por el toledano Core246, Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Castilla- La Mancha y artista bastante influyente en Londres. El retrato iba a ser parte de aquella exposición sobre el Persiles que no llegó a celebrarse. Es una interpretación personal del artista de un grabado que ilustra la portada de la edición londinense de 1854 de Los Trabajos de Persiles y Sigismunda y fue publicado acompañado de una anotación en el prólogo que firmaba la traductora asegurando que es auténtico. Había permanecido olvidado por la historiografía española desde los años 1940.

Pese a esta circunstancia y de que se les dio noticia de ello, en pleno año conmemorativo de Cervantes, prácticamente todos los medios de comunicación que fueron avisados desatendieron la relevancia de este acontecimiento cultural. No fue hasta el pasado mes de enero que El Imparcial se hizo eco de la circunstancia. Desde entonces y de forma más precaria que nunca han continuado las investigaciones en torno al retrato. Ha sido posible dilucidar así la existencia de Arthur Aston, a quien los estudiosos del retrato habían confundido siempre con Walter Aston para darlo por falso. Sirven estas líneas para rectificar la afirmación vertida por mi persona en el mencionado artículo de enero, donde traté de identificar a Arthur Clifford con este Arthur Aston del que hasta entonces no se tenía noticia.

Resulta ser que sir Arthur Ingram Aston fue un diplomático británico de gran relevancia en la historia del siglo XIX, que desempeñó las labores de embajador en lugares importantes de Europa como París. Entre 1840 y 1843 estuvo destinado en Madrid, donde reunió un importante elenco de obras de arte español. Su colección fue subastada íntegramente en 1862, tres años después de su muerte. Dado que según Louisa Dorothea Stanley, la traductora del Persiles, el retrato de Cervantes en cuestión pertenecía a Aston en 1853, éste debió haber sido parte de la subasta. Gracias a Philip McEvansoneya, historiador del arte del Trinity College de Dublín ha sido posible saber que los periódicos de la época se hicieron eco de la subasta, aunque por desgracia únicamente mencionaron de ella las obras de los pintores más reconocidos. El retrato de Cervantes, de tratarse del que según el mismo escritor realizó Juan de Jáuregui, debió omitirse por esta circunstancia, si no porque la información que la traductora del Persiles dejó escrita gracias a Aston hubiera sido desconocida para las personas que organizaron la subasta.

Existen, no obstante, numerosos documentos en archivos de Reino Unido relativos tanto a la traductora como a Aston en los que seguramente es posible encontrar referencias al retrato y rastrear su paradero. Por desgracia, el autor de la investigación se encuentra sin recursos para poder seguir avanzando, refugiado en Reino Unido al amparo de amigos que como él han emigrado porque no pueden acceder a un reconocimiento profesional, ni tienen primos para hacerlo, mientras trabaja por terminar una tesis doctoral que ha realizado con grandes complicaciones y espera que las autoridades políticas encuentren una solución a la situación insostenible por la que atraviesan muchas de laspersonas que solicitaron préstamos universitarios para cursar estudios de postgrado entre 2007 y 2011.

Pese a todo y como se viene señalando desde el principio, la principal muestra de la autenticidad del retrato de Londres es precisamente lo que algunos historiadores utilizaron para darlo por falso, equivocándose monumentalmente y contradiciendo al académico de la Historia Lafuente Ferrari: la prenda que Cervantes lleva al cuello. Frente a la gola encañonada o lechuguilla que ha sido reproducida hasta la saciedad desde la publicación del primer retrato imaginario de Cervantes en 1738, también en Londres, y sobre todo desde que la RAE diera por auténtica la falsificación de Albiol de 1911, parece ser que el escritor decidió ser inmortalizado con un cuello a la valona. Esta prenda, símbolo entre muchas otras cosas de su vinculación a la infantería de marina, puede encontrarse, por ejemplo, en un retrato pintado por Alessandro Vaiani del caballero Giovanni Andrea Doria, comendador de la Orden de Santiago y comandante de los navíos del ala derecha en la batalla de Lepanto, sin olvidar nunca que cuando Cervantes decidió retratarse mediante palabras en el prólogo de las Novelas Ejemplares hizo énfasis en el hecho de haber tomado parte en la contienda.

Santiago González Villajos

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