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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La comedia de los enredos, de Shakespeare: una cura de ansiedades

La comedia de los enredos, de Shakespeare: una cura de ansiedades
domingo 06 de agosto de 2017, 17:11h

En una escala popular, a William Shakespeare se le recuerda por sus tragedias. Su obra cómica nos llega a rachas, de tarde en tarde, sin una visión unitaria. Gran error, porque el gran dramaturgo inglés innova y avanza prodigiosamente en la comedia. No se pierdan esta “Comedia de los enredos”, donde un joven Shakespeare aprende de los recursos de Plauto, y, a la vez, llega portentosamente más lejos, en una pieza en la que lo dramático de fondo impulsa una risa irrefrenable.

La comedia de los enredos, de William Shakespeare

Traducción y adaptación: Carlota Pérez-Reverte Mañas

Director de escena: Alberto Castrillo-Ferrer

Escenografía: Anna Tusell

Intérpretes: Rafa Blanca, J.J. Sánchez, Julián Ortega, Silvia de Pé, Antonia Paso, Javier Ortiz, Irene Aguilar y Angelo Crotti

Lugar de representación: Teatro Bellas Artes (Madrid)

Por Rafael Fuentes

Sigue en escena La ternura, donde Alfredo Sanzol desarma el andamiaje de las comedias de William Shakespeare, para adueñarse de sus procedimientos y reutilizarlos de una manera personal. Resulta que hace siglos el propio autor británico había llevado a cabo una tarea similar, en su caso deconstruyendo las tácticas del genial comediógrafo clásico latino Plauto, para asimilarlas, aprender de ellas e imprimirles una visión del mundo propia, manteniendo íntegra su energía cómica.

El resultado de esta maniobra estratégica de un Shakespeare juvenil no es otro que La comedia de los enredos, que ahora recala en nuestros escenarios estivales, adaptada con acierto para el público de hoy por la joven dramaturga Carlota Pérez-Reverte Mañas. La comedia romana de Plauto que sirve de trampolín para las asombrosas piruetas de un Shakespeare primerizo es Los gemelos, también conocida por su nombre más exacto: Los dos Menecmos. De esta, aprende a darle la vuelta a las comprometidas situaciones dramáticas para transfigurarlas en auténtica diversión. Los errores bufos, las paradojas jocosas, el bufonesco mundo al revés, el quid pro quo, los burladores burlados, el ir a por lana y salir trasquilado, los contrasentidos díscolos, los disparates festivos, el absurdo desternillante. Todo esto lo descubrió Shakespeare en Los gemelos, doblando incluso la apuesta. Si en la comedia de Plauto nos encontramos con dos gemelos separados al nacer, Menecmo 1 y Menecmo 2, que viaja por el Mediterráneo para reencontrarse con su hermano, Shakespeare posee la suficiente confianza en sí misma para duplicar el envite y poner en el escenario cuatro gemelos -¿quién da más?-, dos ricos y sus dos pobres criados, separados por igual al ver la luz.

Las posibilidades de equivocaciones, quid pro quo y situaciones paradójicas se multiplican por cuatro, según un formidable juego de combinaciones que Shakespeare trenza de un modo asombrosamente hábil. Si ya el tejido de momentos alternos en Los gemelos había maravillado al público de Plauto, su efecto redoblado hasta el infinito, en la partida de ajedrez festiva ideada por el futuro autor de Macbeth, nos deja boquiabiertos. Carlota Pérez-Reverte ha tenido la precaución de depurar algún que otro personaje secundario, y, sobre todo, hacer que dos de ellos recapitulen de tanto en tanto la febril acción y aclaren cualquier duda que pudiera asaltar al veraniego espectador. Recurso, por cierto, que no desdeñaba utilizar con frecuencia el mismísimo Plauto para contrarrestar las críticas a las complejidades de sus líneas argumentales.

Por su parte, el director de escena Alberto Castrillo-Ferrer ha insuflado vida a La comedia de los enredos acelerando su ritmo, con acciones vertiginosas, rápidas y precisas que no permiten al público recuperarse de una carcajada sin caer instantes después en la siguiente. Maneja con maestría un repertorio de movimientos cómicos casi inagotable que inyectan una vitalidad eufórica a un texto ya de por sí lleno de nervio y vivacidad. Se vislumbra que Castrillo-Ferrer ama ese humor físico que despliega sin tasa. Se suceden los contrapuntos de personajes opuestos con ingenio, la mujer brava y ruda vestida de roja, frente a su hermana melosa y remilgada ataviada de azul, el gobernante engolado e inflexible frente a su taimada y clemente esposa, el sagaz mercader frente al granuja embrutecido, el negociante sin escrúpulos frente a su gemelo soñador y supersticioso. Cada uno gesticula, se desplaza, vocea o gime según su condición, dentro de todo aquello que el extraordinario Jacques Lecoq denominase “cuerpo poético”.

El trabajo corporal que Alberto Castrillo-Ferrer obtiene de los actores posee mucho de la magia circense, los payasos listos y los payasos tontos, las cabriolas imposibles en la pista, el funambulismo de las piruetas de los sueños, todo lo que de equilibrista entre lo real y lo quimérico tiene de por sí la esencia de la comedia, la alucinación desternillante de la comedia dell’arte, la mímica alucinada que desemboca en la risotada. Los personajes crean el efecto de una multitud, virando sin descanso bajo las jarcias y velámenes en el puerto de Éfeso, espacio escenográfico cargado de amplios significados metafóricos.

Aun ejerciendo Shakespeare, en La comedia de los errores, de discípulo de Plauto, supera genialmente a este en dos cuestiones esenciales. Una de ellas, sin duda, concebir una compleja personalidad interior para sus protagonistas. Plauto diferencia el comportamiento de sus gemelos en un único asunto. Menecmo 1, enamoradizo y voluptuoso, se deja desplumar por las meretrices del puerto. Su gemelo, Menecmo 2, por el contrario, lleva la iniciativa y es él quien desvalija a las prostitutas. Shakespeare aprecia el valor de esta contraposición pero la juzga quizá minúscula, o en cualquier caso intuye grandes posibilidades de ampliar y profundizar extraordinariamente más en el universo íntimo de ambos. Los dos se llaman Antífolo, uno criado en Éfeso y el otro en la rival ciudad de Siracusa. La complejidad de sus almas se hace más honda. Antífolo de Éfeso es un pragmático comerciante, un burgués que urde interesadas alianzas, incluso en el corazón del Palacio, que favorezcan la prosperidad de sus ganancias. Volcado en el lucro de sus finanzas, conoce a la perfección los puntos flacos de las leyes y cuando sus objetivos tardan en alcanzarse, no vacila en cambiar su simulada cortesía por una contundente violencia. En todas sus acciones, encarna una dura lucha del burgués con el pragmático principio de realidad.

Su gemelo Antífolo de Siracusa es de otra índole. William Shakespeare crea una originalísima premisa. Esta puede resumirse en la idea: dos hombres con idéntica fisonomía esconden bajo su rostro gemelo dos personalidades diferentes y contrapuestas. Antífolo de Siracusa ha comenzado un viaje iniciativo, casi homérico, tras el rastro de su hermano, aunque, en realidad, se busca a sí mismo. El principio de realidad no opera en él, cualquier suceso ilógico encuentra en su mente una explicación mágica. Optimista, hedonista, risueño, persigue una felicidad sin compromisos ni esfuerzos.


Más distintos no pueden ser los que disfrutan de un cuerpo literalmente igual al otro. El autor de Romeo y Julieta subraya la singularidad de cada vida, más allá de parecidos episódicos. La diferencia de caracteres permite, asimismo, una bienaventurada suplantación de la personalidad que inconscientemente realiza Antífolo de Siracusa sobre su hermano Antífolo de Éfeso. Confundiendo al primero con el segundo, Antífolo de Siracusa se acuesta con la esposa de su gemelo sin consecuencias, come los manjares de su casa, goza de sus riquezas, seduce a su cuñada, recibe regalos carísimos allí por donde pasa. Pareciera que gozase de carta blanca en todos los principios de realidad, llevando a cabo sin culpas ni castigos todos sus deseos. Esa victoria sobre las angustias que producen las obligaciones es la fuente última de la que brota la risa feliz de la comedia. Su gemelo Antífolo de Siracura se queda a las puertas de su casa, sin comer y sin disfrutar del tálamo conyugal, señalado como cornudo y maltratado por la justicia al no sufragar las joyas que están en poder de su hermano. Segunda fuente de carcajadas en un público que ve penitencias y castigos justos a un comerciante sin escrúpulos.

No menos contraposición establece Shakespeare para los criados gemelos, Dromio de Éfeso frente a Dromio de Siracusa, separados por igual en el instante de nacer. Dromio de Siracusa es hábil y sumamente astuto para salir con bien de sus peripecias, mientras que Dromio de Éfeso no pasa de ser rudo penco. En el presente montaje, este contraste de personalidades en los dos Dromios se difumina, al ser interpretados ambos personajes por un mismo actor: Julián Ortega. Problema, sin embargo, que se ve sobradamente compensado por sus excepcionales dotes para ser omnipresente, realizar inverosímiles acrobacias -casi levita-, modular infinitos registros y hasta cantar a capella inmortales canciones de amor italianas, que el público premia con entusiastas aplausos. En un elenco que trajina como una orquesta en perfecta sintonía, no deja de destacar la gran vis cómica de Silvia de Pé, como la iracunda y corajuda esposa de buen corazón del Antífolo de Éfeso, y los Antífolos, Rafa Blanca y José Joaquín Sánchez, que clavan esas dos personalidades antagónicas que tanto partido humorístico atesoran.

La maravillosa intuición dramática de William Shakespeare se percató en esta pieza de otra gran verdad del género cómico que desarrolló, más allá de Plauto, con una formidable sagacidad. El dramaturgo inglés descubrió aquí que las obras cómicas no suponen, en realidad, una visión rosa de la existencia. Sino que más bien la risa se desataba con más fuerza cuando se planteaban situaciones angustiosas para que la línea argumental triunfase –al menos imaginariamente- sobre esa amenaza destructiva. La catarsis cómica, olfateó, procedía de una victoria ilusoria sobre la ansiedad.


Por ello, inicia su comedia, genialmente, sobre una -o una variedad- de situaciones trágicas a vencer. Nada más comenzar, Egeonte, que ha venido en busca de sus hijos gemelos, es condenado a una ejecución pública. Apenas tiene un día para encontrarlos. Los gemelos no se separaron por azar, sino en una tormenta marítima que parte en dos el barco donde viajaban. La “tormenta” ya adquiere aquí un intenso carácter simbólico, que reaparecerá con todo su vigor en El rey Lear o en La tempestad. La condena a una pena de muerte del inocente Egeonte se mantiene en pie hasta el último segundo de la obra.

La formidable creatividad dramatúrgica de Shakespeare había descubierto que la risa nacía de un triunfo sobre la zozobra angustiosa del espectador, y que la carcajada se alimentaba de las más agudas desazones. Genial avance en esa colaboración secreta entre contrarios. El aborrecimiento en el matrimonio, la violencia entre clases sociales, el sangriento y obsesivo estado de guerra entre dos ciudades -Éfeso y Siracusa-, que pudieran ser dos naciones o dos bloques enfrentados a muerte, son desesperadas congojas que encuentran una calma psíquica en la “catarsis cómica”. Ese es potente camino abierto a la comedia moderna. Reímos a mandíbula batiente, pero como ha escrito recientemente Alan Ayckbourn en Arte y oficio del teatro: “La mejor comedia surge de lo más serio”.

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