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NOVELA

Tina Vallès: La memoria del árbol

domingo 19 de noviembre de 2017, 18:55h
Tina Vallès: La memoria del árbol

Traducción de Carlos Mayor. Anagrama. Barcelona, 2017. 232 páginas. 16,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Francisco Estévez

Tras los excelentes fallos de algunos premios en estas últimas semanas (Alejandro Morellón obtuvo el premio Hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez por los relatos de El estado natural de las cosas (Caballo de Troya, 2017) y en poesía Ben Clark el prestigioso Premio Loewe 2017) tocaba que chafaran la alegría con el gordo del Pr​e​mio Nacional a las Letras, recaído en Rosa Montero: si observamos que el premio se da a la trayectoria literaria poco justifica la inane literatura producida en los últimos años, acaso decenio, por las muñecas de la periodista madrileña. Muestra tangible es aquel corta y pega paraliterario de La ridícula idea de no volver a verte (2013) ya desgranado en esta columna. A Tina Vallès también le sonríen los premios, en su tierra catalana​ con el Premio Mercè Rodoreda en 2012 y este año el Premio Llibres Anagrama con el presente libro (no confundir con el Premio Herralde de Novela, que este año se decanta por la escritura audaz de Andrés Barba con República luminosa). Por más señas, la autora tiene publicados en catalán un “cuento para primeros lectores” y un “álbum ilustrado”, según consigna la breve biografía en contraportada del texto. Por si no bastase, La memoria del árbol viene precedida por el aplauso cerrado de la crítica catalana que subraya a coro el mismo mantra de profundo lirismo y delicadeza conmovedora. Así las cosas, este es el primer texto que disponemos en lengua española de Tina Vallès.

La trama es sencilla de revelar, pero el manuscrito tiene un serio problema a la hora de transitar género literario. Dese el punto de vista de un niño de 10 años, Jan, se cuenta al lector la llegada de los abuelos a casa debido a esa odiosa enfermedad que es el alzhéimer. La transmisión de la memoria del abuelo al nieto y su conservación serán el motor narrativo. En estas páginas escritas en tono menor, con un esquema repetitivo de breves capítulos, apenas página y media o dos cuando más, el fluir del pensar del niño se modela en observaciones anecdóticas que se desean alegorías para rematar el cierre con do​s​ o tr​e​s frases metafóricas jugando con el principal ​campo semántico del capítulo.​ Estas ficcionales memorias en prosa, a las que la mayoría de críticos le otorgan máximo lirismo y decantación (salvo la honrosa excepción del agudo y valiente Josep Maria Nadal Suau) usan la estructura discontinua, el valor de la naturaleza y, parte del lenguaje pero no el sentido de un género oculto e inusitado: el relato poético. La cima del siempre mal interpretado Platero y yo (1914) introdujo el género en España, después secundado con aquella finura de Luis Cernuda, Ocnos (1942), que colinda con el poema en prosa, y más recientemente con el logrado De una edad tal vez nunca vivida (2010) de Jorge Urrutia. Sin embargo, en La memoria del árbol el uso de símbolo hueco del sauce llorón por parte del abuelo Joan y el niño Jan carece de todo punto de la transustanciación del paisaje y de las estaciones presentes y necesarias en aquellos textos.

¿Se avecinan, pues, las presentes páginas a aquella obra imperecedera que es Industrias y andanzas de Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio (1951)? Nada más lejos, hay en esta obra de Tina Vallès de fondo una delicadeza de trampantojo donde se delata más el grosor y la retórica, que la esencia y el hallazgo. Cierto es que en el remate de cierre de cada capítulo tiene en contadas ocasiones su gracia, incluso algún acierto, pero en demasiadas el almíbar, en casi todas, las costuras por delante. Por si fuera aún necesario, observemos la inexistente caracterización lingüística de los personajes. Todos hablan igual, sea el padre, el niño, la abuela. Y, por fin, fíjese el lector en los capítulos referidos a la “o” que separa los nombres del abuelo y del niño. Si el objetivo era alcanzar la sencilla candidez infantil no se logra más que un desconcertante y azucarado simplismo. ¿En qué género narrativo habrá querido insertarse Vallès, desde qué tradición nos habla?

En definitiva, son estas páginas como la trastada s​i​n maldad y sin conciencia plena del primer infante​, carente de la agudeza de aquel niño sabio, de ese fanciullino que proclamara el gran poeta italiano Giovanni Pascoli por 1902 en su Tratado del chiquillo y que tuvo vital trascendencia en nuestro país, ese niño que todos alberguemos dentro capaz de ver con su mirada adánica en todas y cada una de las cosas “su sonrisa y su lágrima.

Es famosa aquella respuesta que ofreció el puntilloso pero casi siempre acertado Juan Ramón Jiménez cuando por enésima vez una periodista le preguntó por el carácter infantil de su Platero y yo. Observó nuestro mejor poeta del siglo XX que, en realidad, no hay literatura infantil o literatura juvenil y de mayores sino simplemente mala o buena literatura.

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