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ÓPERA

"Dead Man Walking": la pena capital conmueve a Madrid en el Teatro Real

'Dead Man Walking': la pena capital conmueve a Madrid en el Teatro Real
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(Foto: Javier del Real)
sábado 27 de enero de 2018, 15:03h

Ayer se estrenó en el Teatro Real Dead Man Walking, una ópera que llega a España con casi dos décadas de retraso, pero cuyo relato, sin duda, permanecerá.

Ayer la cuestión de la pena de muerte volvió a conmover en Madrid, durante el estreno de Dead Man Walking en el Teatro Real. La producción, basada en el libro autobiográfico de Helen Prejean, guía espiritual, durante su misión como religiosa católica, de presos en el corredor de la muerte, fue llevada al cine por Tim Robbins (con Susan Sarandon y Sean Pean) y después a la ópera. La primera producción operística se estrenó en San Francisco en 2000, bajo la dirección de Joe Mantello y escenografía de Michael Yergan. Entonces la mezzosoprano Susan Graham encarnó a la hermana Helen y el barítono John Packard a Joseph De Rocher. El estreno golpeó fuerte en Estados Unidos: “las críticas fueron de todos los colores –dice Jake Heggie, el compositor-, pero nadie quedó indiferente.., las entradas se agotaron y tuvieron que añadirse dos funciones más.”

Por lo tanto, pese a no ser una ópera muy representada, todo parece indicar que este es un proyecto que se creó para quedarse, para permanecer en la conciencia colectiva. De hecho la misma Helen Prejean confiesa que la pena capital ha perdido muchos defensores en su país desde que su libro salió y le siguieron la película y la ópera. Durante las dos entrevistas que ha concedido en la sede del Teatro Real se ha mostrado bastante optimista sobre la posibilidad de que en no mucho tiempo la condena de un preso a la pena capital sea algo del pasado.

Ayer Dead Man Walking volvió a no dejar indiferente a nadie de los asistentes al estreno. Tras la ejecución del reo, durante la que el público contuvo, durante unos minutos que se hicieron eternos, la respiración –se hubiera escuchado el vuelo de una mosca-, Joyce DiDionato, Helen Prejean en esta producción, entonó un aria que era, en realidad, un espiritual negro, a capella, y el telón bajó. Se comenzaron a escuchar los aplausos, rítmicos, constantes, que indicaban que el público daba su aprobación, pero al principio las muestras no eran de júbilo. Tras subirse el telón, comenzaron a salir a saludar los artistas secundarios… Algunas personas que ocupaban la primera fila del patio del teatro, sin duda amigos o allegados de los protagonistas, giraban la mirada hacia atrás, temerosos, sin saber si esos aplausos, en claro ostinato rítmico, sin sobresalir la frecuencia de unos sobre la de otros, indicaban que la acogida era fría o que el público estaba consternado. Enseguida se vio que era lo segundo cuando en escena apareció Measha Brueggergosman, que en la obra interpreta a la hermana Rose, compañera de la hermana Helen. En el historial de esta excelente soprano de voz carnosa figuran papeles como Elektra (Idomeneo), Liù (Turandot), Bess (Porgy and Bess) o Giulietta (Les contes de Hoffmann)… Se oyeron los primeros “bravos”..., pero fue cuando salió Maria Zifchak (señora de Rocher –madre del condenado-) cuando el público se desató en muestras de reconocimiento (bravos.., silbidos de aprobación…). Esta mezzosoprano conmovió (el día de la ejecución, en el último encuentro con su hijo, en un momento canta: “llevo toda la mañana haciendo pasteles para ti, pero no me han dejado pasarlos…”, “de pequeño eras un niño muy feliz…”). Su extraordinaria interpretación fue quizás la más emotiva de toda la sesión, la que más llegó al corazón de los asistentes. En su carrera ha sido, entre otros personajes, Dorabella (Cosí fan tutte), Isabella (L’italiana in Algeri) o la protagonista de La cenerentola). Sale a continuación Michael Mayes –Joseph De Rocher en la obra- (el público ya está entregado.., los vítores se suceden y se superponen). Este barítono, originario de Texas, encarna a la perfección, en lo físico, en lo vocal y en lo interpretativo, al convicto de nuestra obra. “No soy un cantante típico…” -nos decía durante el Desayuno que el Teatro Real ofreció el pasado día 22 a algunos medios-; sin embargo, tras ésta, que –confesaba- fue su primera ópera (con ella debutó en la década de 2000 en Estados Unidos), ha encarnado papeles tan decisivos como Figaro (Il barbiere di Siviglia), Scarpia (Tosca), Silvio (Pagliacci) o el de los protagonistas de Don Giovanni y de Rigoletto.

Le tocó el turno de saludar a Joyce DiDonato (la protagonista): el público le dedicó innumerables gritos de júbilo y los “bravos” se oyeron por toda la sala. DiDonatto demostró ayer, una vez más, que puede encarnar con igual convicción al Caballero de la Rosa (Der Rosenkavalier) –ópera cómica de Richard Strauss con la que vino en 2010 a Madrid- que a la hermana Helen dentro de una creación, a la que asistimos ayer, que va más allá de lo dramático y que entra en el terreno de lo desgarrador. No solo su interpretación fue convincente (durante la rueda de prensa del pasado día 23 Joyce, también de Texas, comentaba que ha experimentado una profunda transformación interior con esta obra), sino que su color vocal estaba perfectamente adaptado a la profundidad del personaje, muy distinto a la brillante voz de mezzo de coloratura a la que nos tiene últimamente acostumbrados.

La música de Dead Man Walking es bellísima. Esto se aprecia desde el primer momento, desde la obertura, aspecto éste –no el único- en el que la obra se ciñe a los moldes clásicos. Enseguida se escucha un insistente minitema -un intervalo de segunda disminuida-, que nos acompaña toda la obra. Es solo uno de los recursos que Jake Heggie utiliza para contarnos la profunda inquietud que viven todos los personajes. En algunos momentos, acordes ascendentes desplegados y de tonalidad indefinida –a modo de interrogación- acompañan acontecimientos decisivos de la ópera. Otras veces Heggie se sirve del viento metal, con predominio sobre la cuerda frotada, para describir la desesperante agonía; o, como ocurre con las dos escenas de la muerte -la de las víctimas, al comienzo, y la ejecución, al final-, utiliza acordes secos, a modo de atronadores golpes, coincidiendo y conectando en lo musical ambos acontecimientos, que no tienen otro objetivo que denunciar lo absurdo, lo inútil de que, al crimen inicial se sume la muerte del asesino, y que sean otros, los funcionarios de prisiones encargados de ejecutar la pena, los que ocupen el lugar de éste –presentes los padres de las víctimas- en cumplimiento de una primitiva Ley del Talión, que ya no existe en ningún país civilizado excepto en Estados Unidos. También deben resaltarse los concertantes: la superposición de voces y tonalidades es magistral, de una gran fuerza, en los momentos culminantes. Una nota de alivio a todo este sufrimiento la pone sin duda el coro de niños, recurso que enlaza también con algunos clásicos del género -Bizet en Carmen o Puccini en La Bohème-, a cargo de los Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid, bajo la dirección de Ana González, que, desde la temporada 2010-2011, participan en toda la programación del Real que requiera la presencia de un infantil.

La configuración escénica, sin embargo, actúa sabiamente de bálsamo dentro de todo este sufrimiento: en lugar de optar por una escena inundada de tonos fríos y grises, Leonard Foglia nos sorprende con un escenario en donde predomina el dorado -los barrotes de la prisión- y, en el fondo de la escena, el amarillo ocre o el azul -entre heráldico y cobalto-, dando a entender que aún hay esperanza, que se puede hacer algo para cambiar esta realidad. A menudo Foglia utiliza varios pisos dentro del mismo escenario para hacer coincidir varias experiencias simultáneas: la noche previa a la ejecución, el reo está en la cama de su celda de la prisión, en el plano inferior, mientras podemos ver a Helen en el plano de arriba durmiendo en su celda del convento.

En definitiva, ayer asistimos en Madrid a una gran producción durante el estreno de Dead Man Walking; un acontecimiento que, sin duda, da pie a muchas reflexiones. Veremos otros estrenos esta temporada seguramente más amables con el público, pero difícilmente podremos olvidar a Helen Prejean, que ya es “nuestra hermana Helen”, y que nos ha dejado, a quien hemos tenido oportunidad de conocerla, con el corazón encogido, pero con esperanza en el ser humano.

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