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CRÍTICA DE ÓPERA

Éxito del nuevo estreno de Aida en el Teatro Real

Éxito del nuevo estreno de Aida en el Teatro Real
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jueves 08 de marzo de 2018, 19:19h
El miércoles se volvió a estrenar Aida en el Teatro Real después de veinte años. Esta ópera fue la más programada por el Teatro durante su primera época.
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El nuevo estreno de Aida, de Verdi, este miércoles 7 de marzo, ha generado una tremenda expectación en las últimas semanas. La presente producción es una adaptación de la que el mismo director de escena, Hugo de Ana, presentó en 1998, casi recién reinaugurado el Teatro Real.

Con un despliegue de artistas que supera los tres centenares entre personajes, coro, bailarines y figurantes, la Aida de ayer no decepcionó.

Hay que reconocer al escenógrafo y figurinista argentino, Hugo de Ana, el laudable mérito de haber satisfecho las exigencias visuales de esta ópera sin tener que recurrir al excesivo gasto en material escénico que suele rodear sus producciones: tomando como ejemplo el caso patrio, el montaje de Aida de Giuseppe Raffa de 1996, en la Plaza de las Ventas de Madrid, contó con 1.200 artistas en escena, además de cuatro elefantes, seis camellos, ocho caballos y una serpiente pitón; todo lo cual, por cierto, quedó bastante deslucido por las bajas temperaturas y el viento que tuvimos que soportar esa noche de finales de junio quienes habíamos comprado localidades y no dudamos en asistir a la espectacular cita. En claro contraste con Raffa, De Ana echado mano de las siempre socorridas proyecciones -a cargo de Sergio Metalli-, para llenar los fondos de escena, lo que tiene la indudable ventaja de situar a los personajes en el escenario real - aunque filmado- que Aida recrea.

Aún así, el argentino ha sabido imprimir la fastuosidad necesaria a esta producción, que, más que de minimalista, hay que calificar de pragmática, porque el vestuario y la más que acertada coreografía de Leda Lojodice, han colmado con creces la escasez de presupuesto, problema habitual hoy en día de los teatros de ópera que, como el Teatro Real, programan un variadísimo elenco de títulos dentro de la misma temporada. Leda Lojodice ha acertado de pleno -con una ópera situada argumentalmente en la era de cobre, si no en la de piedra- con una danza claramente contemporánea (que, por cierto, combina muy bien con las minimalistas representaciones graficas que perviven del antiguo Egipto). En una de las escenas del primer acto, bailarines desnudos simulan momias que van enrollándose en vendas blancas y que entrelazan unos cuerpos a otros, que a su vez giran como conducidos por una fuerza extraña y ajena a sus cuerpos sin vida. Lo mismo se repite en otra de las escenas, pero con las vendas rojo fuego; y es Amneris, la hija del faraón, quien, vestida de rojo carmesí, simula controlar los vendajes con sus manos. El resultado es de una bellísima plasticidad. El cuidado de los responsables de esta producción por el aspecto visual llega hasta el mismo telón, que asemeja una elaborada obra de orfebrería en plata y oro, que Vinicio Cheli ilumina desde el escenario con diversos resultados visuales: el dios Horus, faraones tocados con el disco solar…

Hasta aquí el aspecto escenográfico, que no puede pasarse por alto en una ópera de estas características. Pero, en realidad, el aspecto intimista en Aida es muy superior al de masas. Quitados algunos concertantes, donde hay muchos personajes, predominan los duetti o los terzetti, donde los protagonistas, traspasados de lleno por pasiones contradictorias, aparecen también desnudos, pero en lo espiritual: Amneris, la hija del faraón, se debate entre su amor por Radamès, que se convierte, involuntariamente, en traidor, y su deber como hija del faraón; aquél, entre su deber como soldado y su amor a Aída, hija del rey enemigo; y ésta protagoniza el drama mayor de de todos, el drama de Aida, al tener que elegir entre el pueblo que la vio nacer y su tierra de acogida: entre su padre y su amado. Como ella misma reconocerá a éste en el último acto, durante uno de los dúos más apasionantes que ha producido el género operístico, -“¡el futuro para nosotros se ha acabado!” En efecto, el destino les traerá la muerte (Aída aguarda a Radamès en la tumba de éste, porque sabe que se le condenará a morir vivo), pero, llegado el momento, ellos la aceptan, como única salida posible a la dualidad de pasiones que consume sus almas.

Aída es también una crítica política. Esto se ve claramente en el quinto acto: Amneris no puede salvar a Radamès, condenado por Ramfis y el resto de sacerdotes: el poder religioso se impone claramente al poder político. Pero también es una oda al patriotismo: esto es patente cuando Aida se decanta, en la tercera escena del cuarto acto, por su padre y su patria, y propone a Radamès huir con ella, en lugar de quedarse con él en Egipto. Verdi incorpora siempre en sus óperas elementos políticos o sociales de actualidad; en el caso de Aida, el Antiguo Egipto es un pretexto excelente para mandar un mensaje claro: “el poder político debe ser superior al religioso” y “la patria ante todo”. Verdi (acrónimo que significa Vittorio Emanuele Re D’Italia) no dejó pasar la ocasión, en ninguna de sus óperas, para defender su patriotismo.

Desde el punto de vista formal, Aida es una ópera claramente francesa, con sus diferentes números artísticos durante los intermezzi: procesiones, marchas triunfales, piezas de ballet… En estos Verdi aprovecha para incluir melodías modales, cromatismos y otras exóticas pinceladas, pero sin dejar de ser muy italiano: El dúo entre Amneris y Radamès del quinto acto recuerda, en lo argumental y en lo musical, al de Norma y Pollione durante el segundo acto de la famosa ópera de Bellini, por mencionar solo alguna de las similitudes entre ambas. En definitiva, pese a que Aida es una ópera francesa en lo formal, se aleja del modelo francés y se acerca al italiano al conceder más importancia a la inspiración que a la construcción. Gracias a esto Verdi se impone claramente sobre las óperas de estilo francés de inspiración oriental (Sansón y Dalila de Saint-Saëns, La Africana de Meyerbeer…).

El genio de Verdi queda aún más patente cuando se analizan con algo más de detenimiento las arias de los personajes, perfectamente adecuadas a su psicología: el aria “Celeste Aida” de Radamès -militar, de mente ordenada y disciplinado- es simétrica en su forma, tiene un compás ternario..; en cambio, el aria “Ritorna vincitor”, de Aida, es multiforme: en ella se suceden pasajes en tres tonalidades distintas, con evidente contraste melódico, como corresponde al amalgama de sentimientos que se agolpan y suceden en su mente. En el último acto, antes de saberse que Radamès será condenado muerte, ya la orquesta anticipa, con unos marcados acordes descendentes, el contenido de la sentencia. Pero, sin duda, es el tema que representa el drama de Aida el que impregna toda la obra de principio a fin. Estos elementos y otros muchos que no pueden citarse aquí justifican que se haya dicho de esta ópera que es perfecta, que en ella no sobra ni un solo compás.

En el reparto de ayer, día del estreno de esta reelaboración de Aida, intervinieron Liudmyla Monastyrska como Aida, Gregory Kunde como Radamès, Violeta Urmana como Amneris, Roberto Tagliavini como Ramfis y Gabriele Viviani como Amonastro. Monastyrska fue muy aplaudida. Su potentísima voz, pese a que sobresalía claramente por encima de la orquesta y el coro, se lució mucho más en los pasajes más intimistas, concretamente en los agudos pianísimos.

El público también aplaudió mucho a Violeta Urmana, mezzosoprano dramática. El tenor estadounidense Gregory Kunde brindó al público algunos de los momentos líricos más conseguidos. El bonito timbre de sus agudos y el lirismo con el que cantó el dúo final “O terra addio” delata que este tenor inició su carrera como lírico ligero (destacó en el rol de Arturo, de Puritani, para luego derivar a roles dramáticos). Como tenor dramático debutó en La Fenice como Otelo, de Verdi. Otros de sus roles verdianos han sido Rodolfo (Luisa Miller), Riccardo (Un ballo in maschera) o Don Álvaro (La forza del destino). Pero, sin duda, el más aplaudido de la noche fue el director musical, el maestro Nicola Luisotti.

Luisotti es director musical de la Ópera de San Francisco desde 2009 y del Teatro de San Carlo de Nápoles desde 2012. En papeles secundarios, el público madrileño pudo escuchar a dos cantantes hispanos: la soprano granadina Sandra Pastrana (Gran Sacerdotisa) y el mexicano Fabián Lara (un mensajero), un tenor dramático con un timbre más que importante. Resulta decepcionante que en los últimos años se esté recurriendo en teatros principales, casi de forma permanente, a cantantes extranjeros para los papeles principales, en lugar de explotar la savia patria. Justamente, con ocasión de esta reproducción de Aida, el Teatro Real rendía homenaje a Pedro Lavirgen, tenor que debutó con Aida en México al inicio de su carrera. Sin embargo, aún más que este tenor, cuya carrera ha sido excelente, otro extraordinario tenor dramático español, Francisco Ortiz (Badajoz 1938), ha cantado Aida más de trescientas ocasiones; claro, casi siempre en el extranjero, cuando Madrid no contaba con su propio teatro de ópera. ¿Por qué ahora, que Madrid cuenta con teatro propio, no se potencia más al cantante español y se le relega, sobre todo en los últimos años, a papeles secundarios? ¿Es un problema de intereses? ¿O es un problema de técnica vocal? Sin duda, esta es una pregunta que merece una detenida reflexión.

El tenor Francisco Ortiz con la soprano estadounidense Martina Arroyo, en Aida, en Toronto.

Francisco Ortiz, como Radamès de Aida en Bogotá.

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