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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Lulú, de Paco Bezerra: la demolición de un mito

Lulú, de Paco Bezerra: la demolición de un mito
sábado 31 de marzo de 2018, 11:49h

El dramaturgo almeriense lleva a cabo en su última pieza una réplica a la idea de la “femme fatal”, que sube a las tablas en un excelente montaje dirigido por Luis Luque y donde brilla la interpretación de María Adánez.

El estreno de Lulú confirma la solidez del universo dramático de Paco Bezerra, autor que mostró ya una admirable madurez en sus primeras piezas juveniles, y que ahora, en plena juventud ha consolidado una amplia y vigorosa trayectoria. Por fortuna, hemos podido constatar la coherencia interna de su dramaturgia tras la reciente puesta en escena de la verdadera obra inaugural de su mundo escénico -más allá de sus primeros ejercicios de estilo-: Dentro de la tierra, estrenada hace pocos meses en el Centro Dramático Nacional, con una excelente dirección de Luis Luque acompañada por un formidable diseño escénico de Mónica Boromello. Dentro de la tierra obtuvo con justicia el Premio Calderón de la Barca 2007 y acto continuo el Nacional de Literatura Dramática del 2009, aunque haya debido de aguardar una década hasta subir al fin a las tablas.

Ahora comprendemos que Dentro de la tierra resulta imprescindible para entender cabalmente obras posteriores como Grooming o Mi pequeño poni. Y más aún para apreciar todas las dimensiones simbólicas y poéticas de la actual Lulú, donde vemos vínculos reveladores con Dentro de la tierra. Esta se ambientaba en los inmensos invernaderos de plástico de Almería, bien conocidos por Paco Bezerra, tomando de ellos muy significativas anécdotas de la vida cotidiana de su tierra de origen, utilizadas como plataforma visionaria para intuir el trasfondo de brutales verdades ocultas, que solo la imaginación poética del dramaturgo puede extraer de su soterramiento y hacer ver al público que asiste a la representación. Los faraónicos invernaderos de Almería constituyen la mayor construcción que los astronautas que orbitan en torno a la tierra ven en la Península Ibérica. Pero esa inmensa percepción desde los satélites, esconde la paradoja de encubrir lo más trascendental para las vidas humanas que allí habitan.

Lo más visible cumple la irónica función de hacer invisible la experiencia humana que sucede en ese señalado lugar. Bajo el techo de los invernaderos, el autor de Lulú pone el foco en el subrepticio pero feroz territorio de ambición, dinero y mentira que germina bajo los plásticos, unido a fraudes, abusos, explotación, marginalidad y silencio, sufridos en primer término por los inmigrantes, introducidos ilegalmente allí en condiciones infrahumanas, cuya suerte es compartida por igual por los diferentes, por los que no se acomodan a los patrones, por los disidentes. Todos ellos condenados a ser abono simbólico o real de una tierra seca hambrienta de sacrificios, a contemplar sepultado su dolor real “dentro de la tierra”.

Este planteamiento da a la dramaturgia de Paco Bezerra su singular trasvase del realismo más costumbrista a otra escala onírica, de un simbolismo de pesadilla donde se expresa la verdad enterrada bajo tierra. Esto estaba expresado en Dentro de la tierra por el fabuloso árbol arrancado de raíz que la escenógrafa Mónica Boromello -que firma también la escenografía de Lulú-, colocó en el fondo del escenario: no solo su robusto tronco y la frondosa copa de sus ramas, sino también sus raíces deliberadamente retorcidas expuestas a la visión pública. Como la existencia bajo los invernaderos. Como el desenlace imprevisible del chantajista y la policía en Grooming, como el niño maltratado en Mi pequeño poni. Raíces de un mal oculto a la mirada social que se desentierran en el escenario y exponen ante la mirada de los espectadores su enrevesada y repulsiva verdad. Quizá por ello, el universo mítico y poético hacia el que evolucionan estos dramas no sea precisamente sonrosado e idílico, sino repleto de una poesía oscura y desolada, intensa para punzar el corazón, pero llena de locura, disparates, visajes propios de una pesadilla.

Lulú se desenvuelve en los parámetros de esta dramaturgia. Solo con una particularidad: no parte del realismo para evolucionar hacia lo legendario revelador, sino que sigue el camino justamente inverso. Se inicia en una inquietante atmósfera mítica para dar paso después, de forma brusca, a la realidad que está camuflando.

El comienzo de Lulú no deja de evocar a Dentro de la tierra. Un territorio rural con tintes de fábula y una familia de hombres, padre e hijos, duros, sombríos, obsesivos, impulsados por una ira a duras penas contenida. Empuñando las mismas hachas -¿no sugieren quizá a los leñadores del bosque siniestro de Bodas de sangre, de García Lorca-, así como los mismos picos y palas de las faenas agrícolas -¿puede que recuerden a los sepultureros de Hamlet?-, cuyo sentido simbólico de homicidas y enterradores se hará a cada instante más indudable. La madre de la familia ha fallecido trágicamente tras ser mordida en el cuello por una serpiente, muerte con la que Paco Bezerra se propone crear un clima legendario, ya que nos remite a la culebra Ningizzida de la cultura sumeria, a los innumerables reptiles míticos de las religiones precolombinas, a la serpiente del Jardín del Edén, al áspid que muerde a Eurídice y obliga a Orfeo a descender a los infiernos. Un carácter mítico acentuado al ocurrir al pie de un manzano.

Poco después, el padre de la estirpe hallará, en sustitución, a otra mujer herida desmayada junto a otro manzano, que solo recuerda llamarse: “Lulú”. A los amantes de la ópera este nombre de Lulú les remitirá de inmediato a la pieza dodecafónica de Alban Berg, de título homónimo, basada en la refundición de dos tragedias de Frank Wedekind: El espíritu de la tierra y La Caja de Pandora. De hecho, la Lulú de Paco Bezerra se sustenta en la Lulú tanto de Alban Berg como de Frank Wedekind, pero no en un sentido de veneración o recreación laudatoria, sino muy al contrario, al modo de una réplica crítica.

La “Lulú” de Wedekind y de Berg encarna una fuerza de la naturaleza cuyo poder destructivo desconoce ella misma. Partiendo de la más baja extracción social, se encumbra al aniquilar de forma indirecta la vida de sucesivos hombres, desde su anciano primer esposo al pintor al que seduce, pasando por el aristócrata que arruina o su amante Schoen que se suicida. Lulú impone su atmósfera de perdición, como una caja de Pandora que se abre ante los hombres-faunos que caen bajo su hechizo.

No es otra cosa lo que sucede con la “Lulú” hallada junto a un manzano en el drama de Paco Bezerra. La bella desconocida fascina por igual a los rudos componentes de la familia que controla grandísimas extensiones de manzanos. No hay palabras, sobran los diálogos, su mirada y belleza atrapa de manera idéntica a padre e hijos, que quedan orbitando sin voluntad en torno a esta nueva fuerza de la naturaleza. A partir de ahí, la voluntad de los hombres se quiebra, sus tareas pierden sentido, las catástrofes van en aumento camino de la bancarrota, como la estela funesta que deja tras de sí la “Lulú” de Berg y de Wedekind. La acción no se desenvuelve aquí en un ambiente realista, sino en una esfera mítica, cuyo elemento escenográfico predominante -si no único- es un arcón situado en el centro del escenario. No estamos, pues, ante ninguna tragedia rural.

Más bien ante un espacio fabuloso. La actividad de esta Lúlu de Paco Bezerra se desarrolla de forma casi exclusiva sobre esta arca o baúl. Parece, al principio, un lecho de seducción. Aunque poco a poco va adquiriendo, en parte, los rasgos de un altar de sacrificio. También, conociendo los gustos cinematográficos de Paco Bezerra, ya expuestos en su anterior drama, Grooming, no deja de aludir al arcón omnipresente en la película La soga, de Alfred Hitchcock, que sirve a la vez de mesa de banquete y de ataúd del cadáver del amigo que han asesinado.

Este mismo sentido adquirirá el tálamo, altar, tabernáculo, sarcófago o féretro que es el arca central de la Lulú de Paco Bezerra. Pues de ella saldrá, en el segundo acto de la obra, el personaje a la vez familiar y por completo novedoso que hará añicos la historia aparente de Lulú. La de la Lulú de la primera parte del drama del autor de Dentro de la tierra, como la Lulú de las tragedias de Frank Wedekind, o la Lulú de la ópera de Alban Berg. Y a través de ella, toda la tradición de las leyendas destructivas de las femme fatal, remontándose a las mujeres vampiro de Edgar Allan Poe en “Ligeia”, a la Clarimonde de Théophile Gautier, la Carmilla de Le Fanu, o “La novia de Corinto”, de Goethe, pues en sus orígenes anteriores a Polidori y Bram Stoker, el vampiro poseyó siempre un género femenino, que a su vez se remonta a las lamia de origen grecolatino o a la Litith judeocristiana.

El personaje que se sienta sobre el sarcófago en la segunda parte, realiza una frontal refutación de esta extendida creencia ancestral. Habla directamente al público, rompe la cuarta pared para ser más didáctica, explica cómo esa inmensa saga de leyendas ha sido creada y recreada a lo largo de los tiempos por los varones para justificar su reacción violenta contra la mujer, estigmatizarla, y absolverse a sí mismos de cualquier responsabilidad o culpa ante las agresiones y crímenes llevados a cabo. Por supuesto que esta mujer ya no es mítica, sino muy real, aunque haya salido de entre el polvo de la greda con la que se ha tratado de sepultar su verdad “dentro de la tierra”. Se cumple así el viaje entre lo mítico y lo real característico de Paco Bezerra, yendo esta vez de lo último hacia la falsedad enmascaradora de lo primero.

Esta propuesta contiene un duro enfrentamiento trágico, con la posible carencia de que los descarnados conflictos propiamente dichos no se vean en escena, sino que sean narrados al espectador por los actores (lo que vieron, lo que pensaron, lo que hicieron). Algo que resta en gran medida la intensidad dramática que hubiesen tenido si sucedieran directamente sobre las tablas. Lo narrativo domina muchas veces sobre la lucha propiamente escénica. Contrarrestra este déficit la dirección de Luis Luque, quien logra un enorme impacto visual, sonoro, dramático, cada vez que los focos se encienden, trasmitiendo la máxima potencia poética, tétrica y aciaga, a cada uno de los personajes, aunque ocupen una posición estática. Esta dureza lúgubre se encuentra muy bien respaldada por la interpretación del grupo masculino con Armando del Río, César Mateo, David Castillo y Chema León. Mención aparte merece la actriz María Adánez, que si bien mostró en la anterior pieza del autor, Mi pequeño poni, ciertas indecisiones, aquí alcanza por el contrario una gran fuerza y precisión. Su presencia escénica como mito a la vez seductor y destructor es firme, convincente, absorbente. Tanto como humana, entrañable y fraternal resulta en su segundo papel. María Adánez brilla a gran altura en su doble interpretación en esta réplica al “mito de Lulú”.

Lulú, de Paco Bezerra

Director de escena: Luis Luque

Intérpretes: María Adánez, Armando del Río, César Mateo, David Castillo y Chema León.

Lugar de representación: Gira por España

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