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RELATOS

Francis Scott Fitzgerald: Cuentos rebeldes

domingo 05 de agosto de 2018, 15:57h
Francis Scott Fitzgerald: Cuentos rebeldes

Traducción de V. Campos, G. Martínez y J. L. Piquero. Prólogo de Dolors Ortega. Navona. Barcelona, 2018. 541 págs. 18 €. Se recupera en esta recopilación, con interesante prólogo de la profesora Dolors Ortega, algunos de los más sugerentes y significativos primeros relatos del mítico autor de “A este lado del paraíso”. Por José Miguel G. Soriano

Hijo de un comerciante de clase media, a Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) su familia le procuró todas las oportunidades de educación de las más altas esferas sociales. Niño prodigio de la literatura estadounidense, no le fue fácil entrar en Princeton para continuar su formación artística, y menos aún quedarse allí. Tuvo que repetir parte de su primer año y se alistó en el ejército durante el último, en 1917, sin llegar a graduarse. Quería ser popular y admirado, pero se mostraba más interesado por acceder a un buen club o escribir para The Triangle Club y la Nassau Literary Review que en asistir a clase. Asignado como militar a un campamento en la sureña Montgomery, allí conoció a la que sería su esposa, la popular Zelda, hija de un juez del Tribunal Supremo y la «niña bonita» de la sociedad juvenil de Alabama.

La Gran Guerra finalizaría antes de que Fitzgerald fuera enviado al frente, mudándose entonces a Nueva York con la esperanza de hacer carrera en publicidad y ganar lo suficiente para poder casarse con Zelda. Llegó a trabajar reparando techos de automóviles y pasó dificultades económicas hasta la publicación, en 1920, de su primera novela, A este lado del paraíso, representación semiautobiográfica de sus años de carrera en Princeton cuyo éxito rotundo de ventas lo convertía, a sus veinticuatro años, en un autor rico y famoso.

Como es sabido, todos estos elementos de su biografía son fácilmente reconocibles y conforman de hecho el universo literario de la narrativa de Fitzgerald, como se puede constatar con la lectura de la nueva antología en español de sus relatos breves, Cuentos rebeldes, editada por Navona, «Escribe sobre lo que conozcas», solía aconsejar Fitzgerald a la cronista de sociedad Sheilah Graham, con quien iniciaría una relación sentimental cuando, al cabo de dos décadas, el otrora escritor de moda se encontraba alcoholizado, sin dinero, con su esposa internada en un psiquiátrico y ejerciendo como frustrado guionista de Hollywood. La simbiosis entre lo narrado y lo vivido convierte a Fitzgerald, en palabras de Dolors Ortega dentro del prólogo que encabeza la presente edición, en el autor que mejor captó el espíritu vital de su época: «Fitzgerald narra, describe y textualiza un capítulo de exceso, derroche y desenfreno en la historia estadounidense, al tiempo que saborea, en primera persona, los triunfos y derrotas de la era del jazz».

En ese marco no es difícil sospechar que todo lo que escribe tiene un corte personal y, en el caso de los cuentos seleccionados, asistimos a la recreación de un universo de jóvenes de clase alta, decadentes y triviales, del que Fitzgerald toma parte sintiéndose diferente, reflejando la profunda confrontación entre los nuevos códigos sociales promovidos por la cultura del ocio y los valores tradicionales norteamericanos, el desencanto que sucedió a la Gran Guerra y la acción renovadora de la importantísima «generación perdida» cuyos miembros compartieron tanto el uso de técnicas narrativas rompedoras como una actitud hasta cierto punto rebelde frente a su realidad contemporánea.

Inmerso de lleno en la corriente del consumismo y el glamour, Fitzgerald complementaría sus ganancias económicas alternando, como tantos otros escritores del momento, la producción de su obra mayor con la escritura de relatos cortos para las llamadas «revistas satinadas» de talante comercial, como Collier’s Weekly, Vanity Fair o Saturday Evening Post. Los cuatro primeros textos reunidos en Cuentos rebeldes («El pirata de alta mar», «Cabeza y hombros», «Bernice a lo garçon» y «El palacio de hielo») corresponden a 1920, el año de su irrupción literaria. Estudiantes de Princeton o Harvard, hombres esnobs y mujeres «flappers» con pelo corto, activas y liberadas, protagonizan en ellos escenas sentimentales, festivas y de alcohol; y también, de choque cultural entre el Norte y el Sur -que Fitzgerald conocía bien- como en «El palacio de hielo».

Unos textos que el propio autor repudió en ocasiones (la short story no era un género canónico, los grandes autores creaban novelas…) y no los tomaba muy en serio; y tampoco, por la sensación que dejan al leerlos, al gran público al que iban destinados. Escribía con tal celeridad que algunos relatos no destacan -como apunta la misma Dolors Montserrat- por su especial maestría, como los dos siguientes de la colección, «La parte trasera del camello» y «Un diamante tan grande como el Ritz», quizá los más intrascendentes y menos interesantes de todo el conjunto. Ambos son de 1922 como los tres que siguen, «El gominola», «Primero de Mayo» y «El curioso caso de Benjamin Button» (1922), en la misma línea de los primeros en los subyace el espíritu de época, aunque con un mayor nivel literario y de originalidad.

No obstante, es a partir de «El niño bien» (1926) cuando observamos una mayor evolución en la narrativa breve de Fitzgerald con unos personajes más complejos que el autor desarrolla más allá de las apariencias, como declara al comienzo del relato: «Empiezas fijándote en un individuo y, antes de que te des cuenta, descubres que has creado un tipo; empiezas hablando de un tipo y descubres que has creado… nada. […] No existen tipos, ni plurales. Existe un niño bien, y esta es su historia». El afirmar seguidamente cómo los muy ricos «no son como usted ni como yo» le valió la famosa ironía de Hemingway en Las nieves del Kilimanjaro, cuyo héroe rememoraba la romántica admiración hacia los ricos que experimentaba el «pobre» Scott Fitzgerald que, cuando descubrió que no se trataba de una raza especialmente fascinante, «eso le destrozó como cualquier otra cosa de las que ya le habían destrozado».

Un pasaje que ofendió profundamente a Fitzgerald que, sin embargo, no desmerecería la calidad del relato así como la de los tres que lo siguen, «La última belleza sureña» (1929) inspirado en su propia experiencia como militar y su amor por Zelda, «Un viaje al extranjero» (1930), protagonizado por parejas acomodadas que ocupan sus vidas en viajar por la Europa de posguerra asistiendo a cenas y eventos lujosos, seres que lo tienen todo y que, aparentemente, no han de preocuparse por nada… Y que nos hace desembocar en «Retorno a Babilonia» (1931), último de la antología, de un depurado estilo conciso en el que la apariencia y los excesos dejarán de tener sentido y solo el tiempo pondrá en su lugar a un protagonista que ya no es joven y al que «se habían acabado los sueños y fantasías que alimentar en solitario».

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