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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Click, de Laura Molpeceres: ¿Amores cibernéticos?

Click, de Laura Molpeceres: ¿Amores cibernéticos?
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miércoles 03 de octubre de 2018, 13:23h
La joven dramaturga firma y dirige una divertida comedia, con su mordiente crítica, que aborda la cada vez mayor influencia de las redes sociales en todos los ámbitos de nuestra vida.

Ficha técnica


Click, de Laura Molpeceres

Directorade escena: Laura Molpeceres

Intérpretes: Pedro G. Marzo, Esther Rivas, Cristina Soria (voz Paqui)

Lugar de representación: Teatro Lara (Madrid)

La cibercultura está cada vez más presente en los argumentos de las obras teatrales recientes, sin duda debido a su avasalladora comparecencia en nuestra vida diaria. Hoy, con gran frecuencia, los dramas la recogen en sus múltiples manifestaciones para someterla a la diversión analítica que caracteriza al arte escénico. Hemos ido contemplando en los últimos tiempos cómo se exploraban en escena los aspectos más hirientes y destructivos de esa cibercultura, a través del acoso a adolescentes mediante grabaciones, de chantajes de depredadores cibernéticos o de jóvenes solitarios violentamente enloquecidos por el narcisismo de las pantallas de internet. Ahora una joven dramaturga, Laura Molpeceres, nos ofrece por el contrario una perspectiva menos torva y angustiada de la era digital en su pieza Click. Aunque, por cierto, la amenidad jocosa con que se aborda este universo no le reste ninguna mordiente crítica.

Los dos protagonistas de Click, Martín y Lucía -interpretados con solidez por Pedro G. Marzo y Esther Rivas-, son adeptos empedernidos a todos los modelos de las redes sociales de moda, sin faltar ninguna de las más populares como Facebook, Instagram, Twitter o WhatsApp. No son precisamente dos adolescentes inmaduros -las redes dejaron de ser hace tiempo una barrera generacional-, pero distintas circunstancias singulares les han conducido a entrar en contacto mediante estos mecanismos. En contra de la creencia más extendida, saber cosas del otro por este medio no es ni mucho menos sinónimo de “conocerse”. Por ello la acción de la obra da comienzo en ese instante en el que ambos abandonan el espacio virtual para conocerse de forma tridimensional y en persona. Momento crucial este de la tridimensionalidad, pues obliga a hacer caer todas esas cibermáscaras tras las que han mantenido una larga batalla de identidades.

Lucía ha exigido un lugar de encuentro un tanto extravagante: un paraje remoto, solitario y casi inaccesible en medio de una dehesa. La autora de la comedia no lo ha elegido, por supuesto, al azar. Para esta hora de la verdad ha buscado un escenario en el polo opuesto de las falacias de las redes sociales. Frente al enredo tecnológico, hace que sus personajes se den cita en una naturaleza sin artificios y en estado puro. Frente al simulacro digital, los coloca ante la crudeza descarnada, en tres dimensiones, del uno delante del otro. Frente a la apariencia virtual, la dura verdad desnuda de lo humano. Territorio perfecto para que las mentiras minuciosamente fabricadas por uno y otro, vayan cayendo al compás de nuestras carcajadas cada vez que una verdad sale a la luz en ese implacable andurrial. No se trata de una hilaridad cruel, pues la autora inspecciona con humor y compasión las debilidades de sus criaturas, animándolas a quitarse las caretas con las que se protegían, y alentando a que lo afronten sin dramatismos.

Planteada en estos términos, Click enfoca la cibercultura con los resortes de una comedia costumbrista a la que se le ha aplicado unas décimas de fiebre iniciales, para que los grados de temperatura vayan en aumento a paso ligero hasta alcanzar esa calentura que raya con el delirio, muy próxima a esa mordacidad heredada de un Miguel Mihura o un Jardiel Poncela.Se trata de un costumbrismo que se escora hacia la quimera satírica. La vertiente de la obra más próxima al costumbrismo gira en torno a la imposibilidad de concertar una verdadera “cita a ciegas”. La cantidad de información que podemos almacenar sobre otra persona en la era digital resulta insospechada. Lucía y Martín lo saben. Y antes de encontrarse ambos han acumulado infinidad de datos el uno sobre el otro en laboriosas pesquisas cibernéticas que de nada sirven porque cada pista conduce a una inmensidad de caminos y cada pormenor puede interpretarse, en realidad, de mil formas diferentes y casi todas falsas. Y de nuevo, saber mucho del otro no significa en absoluto conocerlo.

En esta vía de descubrirse y sincerarse, las mayores lecciones recaerán sobre Martín, un hombre ya maduro, lleno de complejos, controlado todavía -a través de vídeo y WhatsApp- por su madre y al que la báscula inteligente de su casa le revela la infidelidad de su esposa con el instructor del gimnasio. En una coyuntura muy distinta, este Martín no deja de evocarnos al Andrés de Ninette y un señor de Murcia de Mihura. Tan interiorizado lleva Martín su complejo de inferioridad que se ofende por encontrarse, en su peculiar cita a ciegas, con una chica joven y guapa como Lucía. Esto le enoja sinceramente. Tiene la firme convicción de que solo se merece una mujer mayor fea y amargada.

El chisporroteante diálogo de Lucía, vivaz y animado por vitales incongruencias, le ayudará a cuestionarse sus rutinas, los hábitos estereotipados que atenazan su existencia, los prejuicios que le atan de pies y manos dentro de un nuevo provincianismo del siglo XXI. Laura Molpeceres nos atrapa con una charla rápida, con réplicas ágiles y punzantes, golpes de humor insospechados, fintas verbales que desatan nuestras continuas carcajadas, como cuando los dos personajes, frente a frente, ¡se hablan por WhatsApp y deben esperar a ver lo que han dicho en el momento en que retorne la cobertura!

El dinamismo de Lucía desarma los convencionalismos de Martín y representa un soplo de vida que le ayuda a desdramatizar sus miedos y heridas. Mensaje clave en Click, porque tener al alcance muchísimas cosas con solo hacer “click” a través de la tecnología contemporánea no nos convierte en más cosmopolitas ni más sabios, ni nos libra de muevas convenciones estériles.

Lucía, a su vez, representa el contrapunto de Martín. Excéntrica, contradictoria, incoherente, recuerda a esas mujeres deliciosamente ilógicas pero vitales que fascinaban a Jardiel Poncela o al propio Miguel Mihura. Encarna una fuerza vital propensa al disparate. Definitivamente, hay que quitarse de la cabeza el intentar comprenderla. Con ella llega la mordacidad alucinatoria a la comedia. Esta podría estar sintetizada por la canción favorita de ambos: The Funny Funeral, composición musical que desconozco, pero cuyo título no solo resulta muy apropiado para el desarrollo de la acción, sino que también viene a sintetizar la visión del mundo que Laura Molpeceres nos propone.

Un “funeral divertido” constituye un oxímoron, una contradicción incompatible entre la muerte y el placer. Pero se da la circunstancia de que Lucía ha seleccionado ese inhóspito paraje campestre porque allí, en vasijas bajo tierra, están las cenizas de sus padres, a quienes quiere presentar a Martín. No son, sin duda, dos muertos sigilosos y taciturnos. Porque en el límite de la alucinación festiva, se comunican, a través de truenos, cacareos y aullidos, estableciendo así un diálogo desternillante con los vivos, pues la sepultura anónima no les ha arrebatado precisamente el sentido del humor. Hasta lo que pudiéramos prever como lo más siniestro se transforma en un deleite si manejamos la dosis conveniente de excéntrica locura. Un ingrediente -parece decirnos la autora-, indispensable para una vida saludable. Un arma infalible contra la muerte en vida por sensatez. Un pertrecho decisivo para librarnos de la esclavitud de la cibercultura y recobrar la imprescindible incoherencia vital de lo que es espontáneo y genuino.

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