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Poesía

Antonio Carvajal: Extravagante jerarquía (1968-2017)

domingo 24 de febrero de 2019, 19:55h
Antonio Carvajal: Extravagante jerarquía (1968-2017)

Edición de José Luis López Bretones. Fundación Jorge Guillén. Valladolid, 2018. 2 vols., 772 y 716 páginas. 62 €.

Por Inmaculada Lergo

Los seis primeros libros de Antonio Carvajal se reunieron y publicaron en el año 1983 bajo el título de Extravagante jerarquía: poesía 1968-1981 y el sello editorial Hiperión, a la espera de un segundo volumen que no llegó a realizarse. Fue aquella una edición de singular importancia, pues difundió sobremanera una obra tan valorada por los poetas y la intelectualidad del momento. Ahora, esta nueva Extravagante jerarquía (1968-2017), editada en dos volúmenes y presentada por José Luis López Bretones, retoma ese proyecto de obra total presente en la trayectoria unitaria y siempre fiel a su propia voz de Antonio Carvajal. Extravagante jerarquía está compuesta por todos los libros “que el autor considera suyos”. Son, nos dice López Bretones, unas “poesías recopiladas”. Un compendio poético que, además, por deseo expreso del autor, se publica limpio de todo lo que no sean los poemas, dejando fuera cualquier aparato crítico, así como los prólogos, notas u otros textos que acompañaron a algunos poemarios en sus primeras ediciones. Esto resulta ser un acierto para el lector, no porque dichos textos desmerecieran de estar en ellos, sino por permitir un conjunto de casi 1.500 páginas en las que no existe nada que distraiga de la pura poesía, no habiendo tampoco en la de Antonio Carvajal nada que se desvíe de ese propósito.

Hace solo unos meses se cumplieron los 50 años de la publicación de su primer libro, Tigres en el jardín. El entonces jovencísimo Antonio Carvajal deslumbró a todos con un esplendor verbal que contrastaba con las formas que se imponían en la poesía española por esos años, la de los llamados Novísimos, y trastocó con él la poesía al uso. El “resplandor sonoro”, como lo define Dionisio Pérez Venegas, de estos versos, una completa trastienda de todos los grandes (Aleixandre, Darío, García Lorca, Baudelaire, Mallarmé, Juan Ramón, Alberti, Otero..., más los clásicos) y un rigor formal que había quedado en esos años en un segundo plano o directamente relegado, hicieron cimbrear el esquema a que se ajustaban los poetas del momento, con unas nuevas formas de hacer, que resultaron chocantes y que casi lo siguen siendo hoy día: “Déjame que consiga tu insomnio de taberna, / chófer de los ocasos amansados del vino, / para olvidar que existen una amenaza eterna / y un instinto en el cuerpo rebelde a su destino. […] Y -arcángel de mis ansias- en tu copa me muero, / y me duele en la carne la quietud de tu frente, / y tu embriaguez de sangre prende fuego en la mía”, dice en uno de sus primeros poemas; y muchos libros después: “Aunque aquí he levantado tu sepulcro con rosas, / no yaces extinguida pues, cierva vulnerada / de lejos por las flechas del cazador, reposas / en la aurora sin tiempo de un alma enamorada”.

Por el camino, con el amor como tema dominante y la naturaleza y la amistad siempre presentes; y con el ejercicio continuo de variedades rítmicas, estróficas y métricas, Carvajal ha dominado todo tipo de formas, nuevas y recuperadas, desde el extremo de la compleja sextina a la perfección del soneto o la suavidad de la poesía popular; forzándola en muchos casos en juegos retadores, como, por ejemplo, ese verso final de diez sílabas tónicas del poema “Canción del sol en primavera”: “Te añoro entre los humos y las hondas / palabras del silencio, con los ritmos / de la mar sonorosa y de los astros, /, mientras el sol me cana en tu recuerdo: / Sed sal, sed flor, sed luz; sí, os sé: ¡Yo os amo!”. También se ha recreado de continuo en la música de otros poetas, con los que dialoga acomodando los versos a sus propios ritmos. En definitiva, se produce “un fluido trasvase entre pasado y presente, entre acervo y renovación” -como observa López Bretones-, reinventando a través de ellos. La extrema sensibilidad con que percibe lo que ve, y ese continuo y portentoso derroche de sensualidad, aunque se muestren revestidos con el esplendor de su lenguaje, encierran, en sus juegos de contarios, una intensa carga de profundidad, en la cual anida realmente toda esa fuerza poética.

En esta misma columna de «Los Lunes» de El Imparcial, he seguido y comentado las últimas publicaciones Antonio Carvajal: Un girasol flotante (2011), Cuerpo lento del tiempo (2013), El fuego en mi poder (2015), Antorchas de solsticio (2017) y Setiembre en los jazmines (2017). A ellas remito al lector inquieto para consideraciones más precisas sobre otros muchos aspectos de la obra de nuestro Premio Nacional de Poesía. Para terminar, solo quiero incidir -puesto que cada vez es menos común y más un lujo- en las características físicas de la edición, pues es de ley resaltar el buen hacer de la Fundación Jorge Guillén, que ha conseguido unos libros de factura, maquetación, caja de texto, papel y encuadernación impecables, creando un conjunto bello que, en resumidas cuentas, es un verdadero placer tener entre las manos.

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