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Novela

J. M. Coetzee: La muerte de Jesús

domingo 26 de mayo de 2019, 21:23h
J. M. Coetzee: La muerte de Jesús
J. M. Coetzee: La muerte de Jesús. Traducción de Elena Marengo. Literatura Random House. Barcelona, 2019 192 páginas. 17,90 €. El premio Nobel sudafricano cierra brillantemente su trilogía con un título que se publica, por deseo expreso de su autor, antes en español que en inglés y donde asoma Don Quijote. ¿Es el pequeño David un álter ego de Jesús? Por Ángela Pérez

El pasado año John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) publicó Siete cuentos morales, donde recuperaba a su heterónimo femenino Elizabeth Costello en relatos sobre la vejez y la infidelidad, entre otros asuntos. El escritor sudafricano tomó la decisión de que este libro viera la luz primero en edición española en primicia mundial. La historia de amor del Premio Nobel de Literatura con nuestro idioma prosigue ahora con La muerte de Jesús, donde repite la jugada, apareciendo primero en español, tanto en España como en Hispanoamérica. No es que el escritor abomine del inglés, que, según ha explicado en ocasiones, le permitió salir del reducido mundo afrikáner, pero sí le molesta que se haya apoderado del mundo y de alguna forma impuesto una visión anglosajona con la que no comulga.

Pero no únicamente es esta la relación del autor afincado en Australia con el español. Precisamente es en su trilogía comouesta por La infancia de Jesús (2013), Los años de Jesús en la escuela (2017) y La muerte de Jesús, recién llegada a las librerías, donde está más presente. Recordemos que en su primera parte, David y su padre adoptivo, Simón, han aprendido español en el desierto en su caminar hacia una ciudad, Novilla, en la que se habla este idioma, y sobre todo, hay en toda la trilogía un homenaje a Cervantes y su Don Quijote. El niño protagonista aprende a leer con la inmortal novela cervantina, se empeña en no leer otros libros y Don Quijote es para él un héroe absoluto.

Y en La muerte de Jesús vuelve a aparecer a menudo el personaje cervantino y asistimos a un maravilloso diálogo entre Simón y su hijo, cuando a este le acecha la parca. Entre otras cosas, David le pregunta a Simón si “va a ver a Don Quijote en la vida nueva” Y Simón le responde que hablará en español con él y que, por supuesto, que le verá: “Don Quijote estará esperando en el muelle para saludarte. Cuando los hombres uniformados intenten detenerte y prenderte en la ropa una credencial con tu nuevo nombre y nueva fecha de nacimiento, él dirá: ‘Dejadlo pasar, caballeros. Este es David el famoso, en el que me complazco’. Te alzará y te pondrá en las ancas de Rocinante, y los dos saldrán cabalgando para emprender nuevas hazañas. Tendrás oportunidad de contarle algunas de tus historias, y él te contará alguna suya”.

Con La muerte de Jesús, J. M. Coetzee cierra de manera brillante una deslumbrante trilogía, que, no obstante, puede leerse de manera independiente, si bien, claro, el disfrute intelectual es mayor y todo adquiere una superior riqueza leyendo las tres partes y más ahora que ya están a nuestro alcance. En esta tercera parte, David ha cumplido diez años. Él y sus padres adoptivos, Simón e Inés, permanecen en Estrella, la ciudad a lo que se trasladaron desde Novilla, y en la que el pequeño ha estudiado en la Escuela de Danza. Ahora se nos cuenta su afición por el fútbol, y cómo esta incidirá en un drástico cambio de vida. El equipo de David, Las Panteras, jugará un partido con Los Halcones, formado por niños de un orfanato que dirige el Dr. Fabricante. David toma una determinación extraña: irse a vivir al orfanato. Algo que causa una profunda tristeza y desazón en sus padres adoptivos. Pero David le espeta a su madre: “No soy tu hijo. No soy hijo de nadie. ¡Soy huérfano!” En el orfanato contrae una rara enfermedad, que le golpea de improviso. “Estábamos en mitad de un partido, me caí y no pude levantarme; entonces me llevaron a la enfermería. Pensaban que me había quebrado, pero vino el médico y dijo que no”.

No esperen que en esta última entrega de la trilogía se desvele explícitamente quién es en verdad el pequeño David, lo que tampoco en ningún momento ha revelado Coetzee. Y que, naturalmente, despierta la intriga. Por ejemplo, Carol Joyce Oates en su reseña de la primera parte nos dice: “Por un tiempo especulé que La infancia de Jesús podría ser una novela de ideas en la que se contrasta la quietud de la visión budista de la iluminación y la lucha por la salvación cristiana: una esencialmente cíclica, otra ‘progresista’; la meta de uno, la aniquilación de la personalidad individual en una especie de vacío universal, y la meta de la otra, la ‘salvación’ de una personalidad individual y su garantía de vida eterna y reunión con los seres queridos en el cielo”. Está claro que el nombre de Jesús que aparece en los tres títulos, pero que luego no se menciona nunca, no es casual. Pero tampoco es evidente que David sea una suerte de álter ego de Jesucristo, que, de serlo, resultaría sumamente peculiar. En la trilogía se pueden escudriñar signos en el sentido de esa identificación, y no olvidemos cómo llama Coetzee a al niño protagonista, David, y a su padre, Simón. ¿Pero y si Coetzee lo que pretende es desconcertarnos? Desconcertar puede ser una de las bazas de la literatura, de la gran literatura. Y lo que sí es palmario es que la del Nobel sudafricano lo es.

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