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TECNOLOGÍA

Inteligencia artificial, hasta en la sopa: ¿por qué todo el mundo habla de ella?

Inteligencia artificial, hasta en la sopa: ¿por qué todo el mundo habla de ella?
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(Foto: Flickr)
viernes 14 de junio de 2019, 20:49h

Diagnostica enfermedades, dicta sentencias, controla el tráfico o predice el tiempo, pero ¿será tan revolucionaria como algunos dicen?

La inteligencia artificial está por todas partes, aunque para muchos sigue siendo invisible. Esta técnica informática está conquistando el mundo gracias a su eficacia para automatizar tareas, generar patrones y predecir pautas de conducta.

Es la responsable de mostrarnos anuncios de playas paradisíacas, minutos después de que charlemos con algún amigo sobre nuestras próximas vacaciones. Está dentro de cada nuevo ordenador, tableta o smartphone que sale al mercado; ya sea en forma de aplicación o de 'OK Google', Siri, Alexa o Cortana.

También es capaz de diagnosticar enfermedades, dictar sentencias, controlar el tráfico o el alumbrado urbano, pilotar vehículos (o fabricarlos), predecir el tiempo, buscarnos un empleo, concedernos un préstamo o una hipoteca, operar en bolsa, seleccionar nuestro contenido favorito en redes sociales, recomendarnos música, cine, libros...

Pero, ¿por qué es tan importante? Las ventajas de la IA son innumerables: automatiza procesos repetitivos, complejos o peligrosos, analiza ingentes cantidades de datos, carece de emociones, nunca duerme ni se cansa, (casi) no se equivoca, realiza simulaciones de cualquier ámbito (desde el médico al espacial), es increíblemente rápida... Pero todas ellas pueden resumirse en una: es un gran negocio.

Todos los analistas coinciden en que la IA será el motor central para el desarrollo económico. Gracias a esta tecnología, las empresas (y los Estados) pueden no solo reducir costes, sino también ofrecer una experiencia personalizada a los clientes/ciudadanos. La consultora Gartner prevé que las herramientas habilitadas para la Inteligencia Artificial generen 2.900 millones de dólares en valor comercial hasta 2021; mientras que PwC pronostica un aporte de casi 16.000 millones de dólares a la economía global, impulsando el crecimiento del PIB hasta un 20% en 2030.

El petróleo del siglo XXI

Suele afirmarse que el precio que pagamos por utilizar los innumerables servicios que nos proporcionan las nuevas tecnologías somos nosotros, nuestras vidas. Y es cierto. Si el carbón y el petróleo fueron las principales materias primas de las dos primeras revoluciones industriales, nuestros datos alimentan los motores de la tercera y la cuarta. Ninguna parcela de nuestra vida escapa a la IA y todas están sujetas a los cambios que dicte su logarítmica mano.

Por este motivo, en marzo pasado el Gobierno presentó en Granada su 'Estrategia para la Inteligencia Artificial en I+D', apenas un embrión del plan que en estos momentos desarrollan entre bambalinas en el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. El objetivo primordial del Gobierno es adaptar España a la IA. Ni más ni menos. Ya sea en términos de modernización de las propias instituciones públicas, de colaboración empresarial, de formación educativa y profesional, o de ética.

Este plan responde a una iniciativa de la Comisión Europea, cuyo objetivo es aumentar la inversión de la UE en inteligencia artificial en 20.000 millones de euros anuales para 2020. Peccata minuta si se compara con los 150.000 millones a los que China pretende llegar en 2030, para superar a Estados Unidos y situarse como 'rey de la colina artificial'.

En su último policy paper, el Real Instituto Elcano recomienda al Gobierno que se tome más en serio, mucho más en serio, la IA; llegando incluso a sugerir la creación de un ministerio ad hoc, como han hecho en Emiratos Árabes Unidos.

IA, hasta en la sopa

Diagrama de una red neuronal artificial.En los últimos tiempos la palabra IA se utiliza para todo: IA para construir edificios, IA para dibujar cuadros, IA para ayudar a personas mayores... Sin embargo, esta nomenclatura no es, en absoluto, precisa. El nivel de inteligencia de la IA actual (a la que Elon Musk denomina "estupidez artificial") es comparable al de un ratón. Aunque pueda parecernos magia que Siri reserve mesa por nosotros en un restaurante o que al asistente de Google Maps nos guíe a través de las carreteras más recónditas, todo obedece a un proceso lógico y nada complejo, si se compara con cómo opera nuestra mente.

A través de los algoritmos, las reglas que le damos a la IA, ésta es capaz de realizar las operaciones necesarias para conseguir el objetivo previsto. Existen muchas fórmulas para lograr que la IA llegue a la meta propuesta. Algunas se basan en la lógica, otras, en la probabilidad estadística, otras, en búsquedas optimizadas...

Sin embargo, la técnica más avanzada actualmente se basa en lo que se conoce como aprendizaje automático o machine learning. A diferencia de las anteriores, el aprendizaje automático permite que la máquina se cultive 'por sí misma' sin que los programadores tengan que interceder, más allá de haber desarrollado la oportuna red neuronal artificial.

Cobayas humanas para entrenar a la IA

Con cada clic ayudamos a entrenar la IA de Google.El principal problema que plantea esta técnica es que requiere de una ingente cantidad de datos para ser eficiente, puesto que necesita muchos ejemplos para ser capaz de generar patrones. Necesita 'entrenamiento'.

Los humanos llevamos muchos años entrenando redes neuronales artificiales sin tan siquiera saberlo. Seguro que muchos de los lectores, cuando han querido acceder a un determinado contenido en internet, se han topado con el mensaje: "Verifica que eres humano" o "¿Qué animal hay en la foto?", o "Marque las casillas en las que aparecen semáforos".

Aunque se presentan como un método para luchar contra los bots, todas ellas son fórmulas que el gigante de Mountain View ha empleado y emplea para entrenar su IA. Gracias a la colaboración anónima y gratuita de cientos de millones de personas, el sistema reCAPTCHA de Google terminó de digitalizar en 2011 las decenas de millones de libros que abarrotan su biblioteca virtual.

Del mismo modo, cuando hacemos clic en imágenes de semáforos, escaparates, pasos de peatones, señales de tráfico, árboles... ayudamos a la empresa Waymo (la compañía de vehículos autónomos de Google) a perfeccionar el funcionamiento de sus coches.

¿Barreras al mar o puertas al campo?

Si la mayoría de economistas coincide en que la IA revolucionará el mercado y, por tanto, es imprescindible aumentar la inversión en ella (¿profecía autocumplida?), una cantidad no menos despreciable de especialistas del sector cree que es necesario que este proceso se regule convenientemente.

La injerencia de los hackers rusos en las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016 constituye un buen ejemplo de los grandes riesgos a los que se enfrenta la población si las cosas no se hacen bien. Casi 150 millones de usuarios estadounidenses de Facebook e Instagram fueron expuestos a contenido generado por los rusos, debido a las fallas de ambas redes sociales. En un solo día, Facebook protagonizaría un descalabro récord de 19.000 millones de dólares en Wall Street.

La regulación, o más bien la falta de ella, posibilitaron que los datos de millones de ciudadanos quedasen al albur de los cibercriminales, quienes trataron de cambiar el sentido de su voto a través de contenidos manipulados y manipuladores.

La mayor particularidad de la revolución digital es su transversalidad. Estados, empresas, personas... todos convivimos con lo revolucionario cada día. Pero la mayoría no somos conscientes de ello.

Algunos proponen una ley global de internet o una regulación nacional más concreta y diversificada; otros sugieren establecer protocolos más exhaustivos para que situaciones como la de los comicios norteamericanos no vuelvan a producirse; hay quien incluso apuesta ya por dar al usuario el control real de sus datos, para que sea él quien elija.

Las revoluciones industriales previas provocaron profundos cambios socio-económicos que necesitarían décadas para corregirse. Teniendo en cuenta la velocidad a la que se mueve el mundo actual, puede que no dispongamos de tanto tiempo.

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