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EL ABORTO: ¿SEÑUELO O TRAMPA ELECTORAL?

martes 05 de agosto de 2008, 22:23h
El Gobierno ha decidido iniciar los trámites parlamentarios oportunos para llevar a cabo la reforma de la ley del aborto, propósito que ya había anunciado la pasada legislatura que estaría entre sus objetivos de futuro. Los socialistas han optado por dejar la remodelación de la norma en manos del Congreso y no recurrir a un proyecto de ley del Gobierno, a pesar de que saben que, de este modo, el plan contará con la oposición del principal partido de la oposición. No parece que esto preocupe mucho al Presidente, en primer lugar porque nunca en sus ocho años de gobierno el PP movió ficha contra la ley del aborto, y en segundo lugar porque un debate en torno a este asunto es menos peligroso que una discusión económica seria que, sino evita, al menos la distrae ante determinados caladeros de voto radical sensibles para el PSOE.

Independientemente del espinoso contenido que el asunto plantea, en la medida que para una parte de la opinión el aborto es un derecho, mientras para otros muchos, al contrario, se trata de una aberración moralmente intolerable, el tema tiene además una dimensión que atañe al cálculo político, y que es la que en este análisis se intenta reflejar. En este sentido, donde muchos ven en este nuevo proyecto el mero cumplimiento de una promesa electoral, otros adivinan una maniobra de distracción encaminada a descargar el peso de la presión económica y contribuir a movilizar buena parte del voto marginal o radical que normalmente se abstiene. Según esta última interpretación, la medida no es sino una estratagema electoral. Lo peligroso de esta estrategia radica en que extremar el halago al electorado marginal puede conllevar una pérdida considerable de apoyo de los votantes moderados, situados en el centro del espectro electoral. El Gobierno debe preguntarse si la ejecución de esta medida es rentable en términos electorales antes de ponerla en práctica, aunque, en estos tiempos de “encuesteros” y asesores de imagen, no hay detalle que no haya sido calculado al milímetro previamente.

Parece, por tanto, que Zapatero sabe bien las cartas que juega, aunque lanzar demasiados guiños al electorado radical puede poner en serio peligro el codiciado voto de centro, que es el que al final termina inclinando la balanza de uno u otro lado. Hay numerosos ejemplos en otros países que deberían aconsejar a Zapatero medir bien sus pasos. Pasó en Francia, cuando Chirac se vio favorecido por la radicalización del discurso de Le Pen; ocurrió en Italia donde el Partido Democrático intentó tardíamente alejarse de la “izquierda extrema” para movilizar el electorado de izquierda moderada y cristiana y entre nosotros, en Cataluña, donde ERC ha pagado su extremismo en forma de pérdida de escaños.



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