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ÓPERA

Un 'Elisir d´amore' con sol playa y mojitos

Ópera L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti
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Ópera L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti (Foto: Javier del Real)
miércoles 30 de octubre de 2019, 17:14h
Este martes se ha estrenado en el coliseo madrileño la ópera L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti, con una atrevida y divertida puesta en escena de Damiano Michieletto y con la dirección musical de la Orquesta Titular del Teatro Real a cargo de Gianluca Capuano. Se trata de una producción del Teatro Real en coproducción con el Palau del Arts Reina Sofía de Valencia.
Ópera L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti
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Ópera L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti (Foto: Javier del Real)

Se abre el telón y una pareja, que hace tiempo que peina canas, toma el sol y un refresco, relajada pero animosa, bajo una sombrilla al pie de un chiringuito de playa donde puede leerse: “BAR ADINA, Sándwiches, Cócteles”. Sobre un fondo negro se ha dispuesto a todo color, sobre la arena de la playa, el bar, varias líneas tumbonas, sombrillas… En una de ellas puede leerse que está reservada al socorrista, mientras al fondo del escenario se ve a éste, encaramado a su caseta, en plena forma física y esbozando distintas posturas mientras sostiene sus prismáticos.

Este es el escenario que Michieletto nos propone para una de las composiciones más famosas de Donizetti (1797-1848), Elisir d’Amore, que ha pasado a la memoria colectiva por albergar la célebre aria “Una furtiva lacrima”, inmortalizada por los mejores tenores líricos desde que la obra viera la luz hacia 1832.

Sobre la apuesta escénica nada hay que reprochar, en principio. Michieletto adapta a un contexto actual, lúdico, desenfadado, un argumento -el de la ópera del genio de Bérgamo- bastante simplón (no siempre los argumentos de óperas bufas son simplones, pues suele haber en ellos un tremendo enredo, pero éste lo es): El galán de la historia, Nemorino, un “infeliz” joven de pueblo, está enamorado de Adina, una rica terrateniente que, a su vez, ama al sargento Belcore, el arquetipo de “guaperas metrosexual”, al que no hay moza que se le resista. Pues bien, en esta producción, Adina es quien regenta el bar de la playa, Nemorino el chico de las tumbonas, y Belcore, el sargento, se nos pinta alla italiana, por el uniforme… y porque va en Vespa. Adina desprecia reiteradamente los ingenuos intentos de Nemorino por ganarse su amor. Así las cosas, cuando en el pueblo (en el libreto original, éste está situado en la campiña vasco francesa) aparece el charlatán Dulcamara promocionando su milagroso elixir, un brebaje “que mata ratas y otras alimañas, pero a los viejos los vuelve jóvenes”, aparte de tener la virtud de volver a quien lo toma deseable por las personas del otro sexo, Nemorino ve la oportunidad de conquistar a Adina y compra a Dulcamara el preparado, que no es sino vino de burdeos y que en la escena tiene el formato de una moderna bebida energética. El conflicto del clásico trío amoroso se resolverá, al final de la ópera - como no podría ser de otro modo en una obra de estas características-, a favor del bueno -de Nemorino-. Sin embargo, hay que poner algún que otro pero a esta apuesta escénica y la principal es que, lejos de ser una primicia, constituye una reposición de otra de 2013, de Paolo Fantin. Luego está el problema que aqueja a la producción operística mundial y que no parece tener solución en el corto plazo: que los escenarios son nuevos, pero los materiales, viejos. Y esto último no se apunta aquí como crítica, sino como tema de reflexión: ¿Ha muerto la ópera, como género de creación?

El reparto del martes contó con la soprano Brenda Rae en el papel de Adina, el tenor Juan Francisco Gatell -en sustitución de Rame Lahaj, a quien respondía la función del estreno- como Nemorino, el barítono Alessandro Luongo como Belcore, el barítono bajo Erwin Schrott como Dulcamara y Adriana González como Giannetta.

Brenda Rae es una soprano lírico-ligera estadounidense que ha sido Violetta en La Traviata de Verdi o Lucia en Lucia di Lammermour, del mismo Donizetti. Domina la agilidad, tan necesaria en esta obra, y tiene bonitos agudos. No obstante, estas cualidades no le libraron el martes de sufrir un “accidente vocal” al cantar el sobreagudo de final del primer acto, que no consiguió apoyar suficientemente. El resultado fue un desplazamiento de la laringe hacia arriba, que le privó del centro de la voz (cuando esto sucede, la laringe tarda unas horas en volver a su posición) y le obligó a cantar todo el segundo acto en piano y pianísimo, incluso en su célebre aria, que cierra la ópera, “Prendi, per me sei libero”, que requiere, no solo agudos y agilidad, sino auténtica presencia vocal. Este diario reconoce su valentía al afrontar con resolución y gusto artístico la comprometida situación, que dejó los decibelios de la citada aria reducidos a los de una nana.

El tenor lírico hispanoargentino Juan Francisco Gatell interpretó muy bien, en lo dramático, al joven inocente, despistado y pánfilo de Nemorino. Gatell ha sido Tamino en la Flauta Mágica, de Mozart, pero también Almaviva en El Barbero de Sevilla, de Rossini, o Fenton en Falstaff, de Verdi. Su ejecución vocal y su técnica son buenas. Pero el martes se echó en falta una mayor presencia vocal al cantar la célebre aria, “Una furtiva lacrima”. Dejando aparte la dicción –“lagrima”, en lugar de “lacrima”- seguramente atribuible al inconsciente, que suele jugar malas pasadas-, habría sido necesario dar mayor amplitud al fraseo, apurar más el legato y, sobre todo, dar más pasión, más identidad, por encima del intimismo, a esta célebre aria.

El barítono bajo uruguayo Ersin Schrott estuvo magnífico en el papel de Dulcamara: descarado, provocador, embaucador.., e impecable vocalmente. Schrott ha sido Roucher en Andrea Chénier, de Giordano, Don Giovanni, de Mozart, o Mefistófeles, de Boito. Posee una tremenda presencia vocal y un talento dramático extraordinarios. También merece destacarse a Adriana González en el papel de Giannetta. Esta soprano guatemalteca, que ha encarnado papeles que suelen interpretar tanto sopranos ligeras como mezzosopranos de coloratura, tiene una voz que se adaptaría y luciría bien con papeles más dramáticos.

Finalmente, es necesario destacar, una vez más, el trabajo del Coro del Teatro Real, dirigido por Andrés Máspero. Es un privilegio –y este diario no se cansará de repetirlo- contar en nuestro amado teatro de ópera madrileño con un equipo tan excelente de profesionales, que además de buenísimos cantantes, muestran, en cada nueva producción, que son artistas integrales.

El Teatro Real ofrecerá doce funciones de esta ópera, entre el 29 de octubre y el 12 de noviembre.

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