www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ÓPERA

El Real renueva La flauta mágica de Mozart con una concepción escénica a la altura del genio salzburgués

Andreas Wolf (Papageno) y Ruth Rosique (Papagena).
Ampliar
Andreas Wolf (Papageno) y Ruth Rosique (Papagena). (Foto: Javier del Real)
lunes 20 de enero de 2020, 18:08h
Se trata de una reposición de la producción concebida por Suzanne Andrade, Paul Barritt y Barrie Kosky presentada por primera vez en el coliseo madrileño en 2016, con gran éxito de crítica y público, tras su triunfo indiscutible en la Komische Oper de Berlín. Se ofrecerán trece funciones de la “Flauta Mágica” entre el 19 de enero y el 24 de febrero.

Este domingo el público aplaudió –no incansablemente- esta producción. No obstante la acogida fue positiva, y es habitual -es cierto- encontrar una recepción más fría en los estrenos de producciones que en funciones sucesivas, cuando el público y la prensa ya han comentado la actuación.

Dicho esto, este diario reconoce que la apuesta de Andrade, Barritt y Kosky -de una brillantez fuera de discusión- estuvo a la altura del genio de Mozart. Estos tres artistas han sabido mirar la obra de este genio con la imaginación de un niño, pero con el trasfondo espiritual de una sofisticada mente adulta. La escena se presenta sobre un fondo –una proyección de cine mudo- donde el dibujo y el colorido, en dos planos, apenas resulta alterado por la única representación tridimensional: los propios personajes. Estos aparecen como bajorelieves incrustados en la pantalla de proyección; muchas veces a una altura considerable y, a primera vista, en una disposición temeraria, si no fuera porque, sabiamente disimuladas, unas bridas o correas los sujetan a la mínima plataforma semicircular sobre la que se sustentan (las plataformas van apareciendo y desapareciendo con la ayuda de puertas que se abren y cierran en el mismo lienzo de proyección de la película, como si fueran un recortable). En esta precaria posición, poco propicia a la expresión corporal más allá del propio canto, los artistas deben expresar todo con su voz, sin mover ni los pies, so pena de quedar suspendidos del decorado.

No hubo incidentes; incluso los tres niños cantores (de los Pequeños cantores de la JORCAM), que en la ópera aconsejan a los personajes –a modo de ángeles buenos- sobre cómo proceder, demostraron una indudable madurez cantando en esa difícil disposición, no apta para acrófobos. Así, en un universo repleto de color, con multitud de criaturas inventadas, de deliciosos dibujos efervescentemente animados, con alusión también a las nuevas tecnologías, con los cantantes interactuando con los dibujos en perfecta sincronización, la célebre ópera de Mozart transcurrió como una exhalación en el estreno del domingo.

Pequeños cantores de la ORCAM, junto a Andreas Wolf (Papageno) | Javier del Real

También como una exhalación –y esto agradó menos a quien escribe- transcurrió la célebre aria de Pamina “Ach, ich fühls”, conducida por el maestro Ivor Balton a un tempo superior al que -al menos quien suscribe- ha solido escuchar: el aria principal de Pamina en el Segundo Acto, la más intimista de la obra, viene introducida en la partitura por dos acordes en Sol menor, tonalidad ésta, según Carpentier, asociada a lo severo y magnífico, pero también, según otros músicos, ligada al descontento, la preocupación e, incluso, al resentimiento.

El ritmo de esta pieza evoca los latidos del corazón de una Pamina rechazada –cree ella- por Tamino, pero también desconsolada, que ve la muerte como única salida a su sufrimiento. Por esto mismo, el tempo debe ser grave, acorde con la tremenda idea que se está fraguando en su mente; es decir: más en el sentido descrito por Carpentier. Solo al final de la citada aria, en la frase “so bist Ruh, im Tode sein” (en donde la voz alcanza el Sol5), el tempo impuesto por Bolton pareció ceder algo y permitir que los oyentes se deleitaran con la que posiblemente sea el aria más conseguida, el momento más íntimo y serio –quizás, el único verdaderamente triste- de toda la ópera.

Tampoco la interpretación como Pamina de la soprano alemana Anett Fritsch supo transmitir la delicada amargura que Mozart parece haber pensado para este momento. Lejos de presentarnos una Pamina etérea, los responsables de escena optan por un personaje alegre, por una moderna y seductora hija de la Reina de la Noche; algo coherente con los cánones y la sociedad actuales, pero –creemos- bastante lejos de la intención del autor. La soprano satisfizo lo impuesto por este nuevo personaje creado por Andrade –como una especie de prolongación de ella misma, a juzgar por la fotografía mostrada de la directora de escena en el programa de mano, con expresión segura y decidida y con un corte de pelo estilo años veinte-, pero el color de voz de la soprano, y su fuerza anímica, se habrían ajustado más a lo querido por Mozart para su Reina de la Noche… (Claro, de tener Fritsch un Fa6 en su rango vocal -algo que desconocemos- y de tener la agilidad necesaria).

Andreas Wolf (Papageno), Anett Fritsch (Pamina) y Mikeldi Atxalandabaso (Monostatos) | Javier del Real

Fritsch ha interpretado papeles tan distantes como Marie en La Fille du Régiment de Donizetti, Doña Elvira en Don Giovanni o la Condesa de Las bodas de Figaro, de Mozart. Incluso sorprende constatar que ha sido Cherubino en la última de las óperas citadas, papel que actualmente suelen desempeñan mezzosopranos. En definitiva, estamos ante una soprano lírica llena -quizás una spinto-, con una voz potente y con un relevante dramatismo, a la que parecen ir mejor papeles denominados “de línea”. Esto se evidencia, no solo en su presencia vocal, sino en la poca definición que imprimió a las notas picadas en la première del domingo, si tomamos como ejemplo el aria ahora comentada.

La soprano madrileña Rocío Pérez sustituía ayer, por enfermedad, a Albina Shagimuratova en el papel de la Reina de la Noche. Dejando aparte el hecho de que la apuesta escénica de Andrade, Barrit y Kosky quita mucha fuerza a este malvado personaje (aparece, en lo alto del lienzo arriba comentado, como un insecto que produce más repugnancia que miedo), la actuación de Pérez estuvo a la altura de las exigencias del papel, abstracción hecha del ataque al famoso Fa6, que acometió, tras un correcto picado de notas, con cierto golpe de glotis, lo que velaba y ensuciaba el sonido; no su altura, que era correcta. No obstante, hay que valorar como se merece la improvisada y obligada sustitución, que le obligó a cantar con compañeros de reparto distintos de aquellos con los que ha venido ensayando, y hay que aplaudir –en el sentido defendido muchas veces por este diario- la apuesta de la producción por esta joven soprano española –los artistas españoles son “aves raras” en los papeles principales del Real-, que tiene una buena voz de lírico-ligera y que ha sido, por ejemplo, Lucia de Lammermoor en la Deutsche Oper de Berlín, aunque también Zerlina –este papel lo hacen sopranos ligeras y soubrettes aparte de mezzos de coloratura- en Don Giovanni de Mozart.

 Rocío Pérez (La Reina de la Noche) | Javier del Real

Los aterciopelados gravísimos del bajo italiano Andrea Matroni sobresalieron en el panorama vocal de la première de ayer en el Real. Clarenitista de formación, como cantante ha sido, por ejemplo, Rigoletto en 2015 en el mismo teatro madrileño que ahora tiene el placer de escucharle en la Flauta Mágica.

El tenor lírico Stanislas de Berbeyrac fue el domingo un satisfactorio Tamino: de voz clara, con presencia, con lirismo.., este tenor francés ha sido Don Ottavio en Don Giovanni en la Metropolitan Opera House de Nueva York.

También merece a este diario una opinión muy favorable la actuación, en todo su conjunto, del barítono alemán Andreas Wolf como Papageno: buen cantante y buen actor. Él y la soprano barcelonesa Ruth Rosique, una lírico ligera que ha sido Musetta en la Bohème (Puccini) –papel éste muy adecuado a su presencia escénica-, Nanetta en Falstaff (Verdi) o Juliette en Romeo y Julieta de Gounod- protagonizaron el delicioso dúo “Pa, pa, pa, pa”; una pieza cómica que, en las antípodas del romántico y emotivo dúo del Segundo Acto entre Pamina y Tamino (antes de la Prueba Final, cuando ambos se declaran su amor pensando que pueden morir), confirma que La Flauta Mágica de Mozart es una ópera de profundos contrastes, no solo en cuanto a personalidades de los protagonistas, sino también en cuanto a su carácter, a caballo entre lo cómico y lo serio, entre lo llano y ligero (Papageno es presentado como un trasunto mozartiano del inmortal Sancho cervantino), y lo complejo, como fue el mismo Mozart.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.