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Ensayo

Jordi Cuixart y Gemma Nierga: Tres días en la cárcel

domingo 19 de abril de 2020, 22:30h
Jordi Cuixart y Gemma Nierga: Tres días en la cárcel

Plaza & Janés. Barcelona, 2019. 206 páginas. 17,90 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En Tres días en la cárcel. Un diálogo sin muros, encontramos una obra dinámica, de fácil lectura y en la que a través de una “entrevista dialogada”, la periodista Gemma Nierga nos acerca de manera sobresaliente la personalidad política, social y humana de Jordi Cuixart. Éste se explica sin ambages lo cual es de agradecer, aspecto que combina con el recurso a tópicos y lugares comunes de sobra conocidos, en particular cuando ofrece su visión del “procés”.

El libro está estructurado en tres capítulos que corresponden a los encuentros mantenidos por ambos protagonistas en la prisión de Lladoners, escenario donde Cuixart cumple una pena de prisión por delito de sedición. Previamente, se celebró el correspondiente juicio en el que se observaron escrupulosamente todos los requisitos característicos de un Estado de Derecho.

Al respecto, hacemos esta advertencia porque en la obra que tenemos entre manos, Cuixart desprecia sin ambigüedades el sistema político y jurídico de nuestro país, del cual se siente una víctima. De hecho, se compara con auténticos perseguidos políticos, como el chino Ai Weiwei, concluyendo que se encuentra preso por defender la democracia. Como se deduce, nos encontramos ante el relato canónico del independentismo, al que acompaña de otros mantras emitidos por el soberanismo catalán, como el que alude al menosprecio que supuso el recorte del Estatut llevado a cabo por el Tribunal Constitucional en 2010 o los intentos fallidos de Artur Mas por obtener reformas del gobierno central, obviando que lo que propuso el político convergente a Mariano Rajoy fue simple y llanamente un “trágala”.

Esta argumentación de Cuixart supone un desplazamiento de responsabilidad de manual con el que transforma a los victimarios en víctimas. Asimismo, para el presidente de Omnium Cultural, el fin está por encima de los medios, sin importarle que esto implique una vulneración de la legalidad vigente, es decir, la ruptura unilateral de las leyes que permiten la convivencia o maltratar los derechos de los no independentistas, un aspecto que le recuerda con acierto Gemma Nierga.

Por el contrario, para Jordi Cuixart: “Lo que hicimos el 20 de septiembre y el 1 de octubre fue reaccionar ante una situación injusta. Y con mis actos de esos días no solo legitimé mi desobediencia civil, sino que lo hice para preservar mis derechos fundamentales, como el de manifestación (20 de septiembre) o el derecho a la disidencia política (1 de octubre). Y si esto va en contra de la ley, entonces tengamos en cuenta que hay derechos, derechos fundamentales como estos, que están por encima de la ley” (p. 109). Pero, ¿cuál es ese fin al que se entregó sin importarle las consecuencias? La celebración del “referendo” (ilegal) del 1 de octubre de 2017, requisito previo para la puesta en marcha de la República catalana independiente, esto es, un nuevo actor político que para Cuixart solventaría casi de un plumazo todos los problemas que afectan a la citada comunidad autónoma.

Con todo ello, sí que debe ponerse de manifiesto que en el proyecto de Jordi Cuixart el componente social tiene prioridad frente al político. Bajo su punto de vista, “el procés” sería la reacción a la crisis económica desatada a partir de 2008, rechazando la presencia de elementos identitarios en aquél. En este sentido, ante la pregunta de Nierga de si poner la bandera por delante había supuesto un error, responde en los siguientes términos: “Han sido los intereses de los medios estatales los que han pintado el procés como un movimiento identitario” (p. 149).

En definitiva, una obra en la que Jordi Cuixart ratifica en todo momento la perversa y falsa interpretación del secesionismo catalán que identifica puerilmente votar con democracia, percibiendo sólo ventajas en la celebración de referendos, entre otras razones porque parece no contemplar la posibilidad de que el resultado sea contrario a sus expectativas: “Yo quería que se votara, quería que votaron siete millones de personas y que el resultado fuera vinculante. Y le dije a Txell que llegaría donde hiciera falta para que se hiciera el referéndum. Yo no quería 1 de octubre como moneda de cambio” (p. 55).

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