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ORIENT EXPRESS

"Antifascistas"

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 19 de septiembre de 2021, 18:33h

La mentira se propagó ayer por las redes sociales, pero provenía de titulares de prensa que, a su vez, eran vertidos automáticos de agencia de noticias. A veces, la manipulación llega servida a las redacciones. El caso es que la noticia se titulaba “Incidentes entre manifestantes de Vox y grupos antifascistas en Mondragón”. La trampa del lenguaje es bastante clara: si unos son “antifascistas”, los otros han de ser “fascistas”. Por otro lado, si uno dice que hubo “incidentes”, una palabra del campo semántico de las discusiones y los problemas -una discusión acalorada, unas palabras de más, tal vez un forcejeo- oculta lo que realmente sucedió: que a los de Vox, asistentes a una concentración legal y autorizada, los insultaron, los rodearon, les tiraron piedras y otros objetos contundentes. Lo que sucedió en Mondragón fue una agresión en toda regla a manos de los simpatizantes de ETA. El lenguaje del titular no cuenta la verdad, sino que contribuye a ocultarla.

El gran filólogo Víctor Klemperer (1881-1960) escribió uno de los libros más interesantes del siglo pasado sobre política y lenguaje, mejor dicho, sobre manipulación política a través del lenguaje. Me refiero, naturalmente, a “LTI. La lengua del Tercer Reich”, que en España publicó felizmente Editorial Minúscula en 2004. Catedrático de literatura francesa en la Universidad de Dresde- la ciudad arrasada por el bombardeo aliado de 1945-, hijo de un rabino, hermano de un médico y primo de Otto Klemperer, el célebre director de orquesta, nuestro autor representa la tradición de la alta cultura alemana y europea enfrentada a la barbarie nazi. Su libro es un monumento de lucidez e inteligencia en medio de la tiniebla que se cernía sobre Europa.

En sus primeras páginas, “La lengua del Tercer Reich” advierte que “el nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”. Poco más adelante señala que “el lenguaje no sólo crea y piensa por mí, sino que guía a la vez mis emociones, dirige mi personalidad psíquica, tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que me entrego a él”. Añade que “las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico”.

Dosis ínfimas de arsénico.

Así nos están envenenando en España.

Los agresores de Mondragón no son antifascistas. El antifascismo tuvo una línea revolucionaria y otra conservadora. He escrito varias veces sobre ello en esta misma columna (por ejemplo, aquí, aquí y aquí). Ninguno de los movimientos antifascistas reivindicaría la memoria de Henri Parot, un terrorista nacionalista de izquierda revolucionaria responsable de 82 asesinatos. Su historial delictivo está empapado en sangre. Mató al teniente general Guillermo Quintana Lacaci (1916-1984). Hizo estallar un coche bomba cargado con 250 kilos de amonal contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza (1987): 11 muertos, entre ellos cinco niños, y 88 heridos. Henri Parot es un asesino, un terrorista y un cobarde, pero no es un antifascista. Tampoco lo son sus seguidores, sus jaleadores, sus nostálgicos.

El antifascismo, en cuyas filas militaron verdaderos héroes y auténticos villanos, no justificaba el asesinato de niños. No buscaba “ataúdes blancos”. Era un movimiento contradictorio nacido en un tiempo apocalíptico. Secuestrado por los partidos comunistas después de la II Guerra Mundial, hoy no queda nada de aquellos hombres y mujeres, muchos de los cuales cayeron en manos de la OVRA y la GESTAPO entregados por sus propios camaradas. El uso del término para describir a los amigos de ETA es una mentira y una injusticia.

El titular de la noticia era, pues, falso, pero más falso aún es el marco del antifascismo aplicado a ETA y a sus amigos, los de antes y los de ahora. Situarse en él fue uno de los éxitos más duraderos y fructíferos de la propaganda nacionalista vasca (y catalana, por cierto). Todavía hoy hay quien piensa, en el resto de Europa, por ejemplo, que el tiro en la nuca, el coche bomba y el secuestro eran parte de la lucha “antifascista”. Los nacionalistas vascos y catalanes lograron subirse al carro de los “movimientos de liberación” que, desde la doctrina Zhdanov (1947), venían gozando de la aprobación de la izquierda. Se envolvieron en la bandera del “antifascismo” y la mancillaron para blanquear sus crímenes.

Ahí siguen.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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